La experiencia es un grado, claro que sí; la experiencia proporciona conocimiento y habilidad, pero… El pero es que, a veces, muchas veces, la experiencia mata la ilusión, y permite que afrontes el compromiso con un aire de indolencia, con una cierta sensación de que ya no hay nada que demostrar, que la faena está hecha. Y, claro, la consecuencia última es que la veteranía se erige en sinónimo de falta de entrega, de que ya no tengo edad para jugármela; ni edad ni ganas ni necesidad.

Dicho en dos palabras: si Talavante se encuentra con los dos toros de hoy hace diez años, ahora estaríamos escribiendo sobre una Puerta del Príncipe clamorosa y arrebatadora; dos mansos de libro en el caballo, codiciosos en banderillas, y encastados, fieros y desordenados en la muleta, que embestían con celo, incansables en la persecución del engaño, exigentes, por supuesto, que clamaban por un oponente humano valeroso y poderoso.

No estuvo mal Talavante. He ahí la clave de la experiencia: capacitado y habilidoso, pero no estuvo grande como la ocasión merecía. Incluso, con cierto atrevimiento, se le podría calificar como conformista.

Comenzó muy torero en los inicios de las dos faenas, con ayudados por alto rubricados con una trincherilla y un molinete en el primero, y con largos y elegantes muletazos por bajo, con la rodilla flexionada, en el quinto. Tuvo tendencia a rajarse aquel, y tras dos aceptables tandas con la mano derecha, se negó a embestir por el otro pitón, por lo que el torero se lució con un adorno cambiándose la muleta de mano en varios pases y un circular que rubricó su labor. Era un toro para jugársela, pero Talavante prefirió la experiencia indolente.

Otro manso en varas y avivado en banderillas fue el quinto, y al torero extremeño se le notó más dispuesto, como si soñara con la salida a hombros. El animal derrochó genio, enganchaba la muleta, y Talavante no acabó de encontrar el camino del triunfo. El público se animó en exceso cuando dibujó un muletazo cambiado por la espalda, pero para entonces había destacado más la encastada fiereza del toro que el poderío del torero. Para acabar el cuadro, mató mal, el animal no le facilitó el descabello y el tercer aviso sobrevoló por La Maestranza.

A Manzanares se le notan aún más los males de la experiencia. No tuvo toro, es verdad. Sosos, nobles y muy descastados los dos, que le permitieron estar cómodo, tranquilo, sin apretura alguna; tan tranquilo que pasó desapercibido, sin entrega, sin el ánimo aparente que se le supone a todo el que se anuncia en esta plaza.

Y Ortega se lució con buen talante en un manojo de verónicas templadas y en un galleo de frente por detrás en su primero, y un chispazo aquí y otro más allá, pero sin la luz deslumbrante que se espera de un artista. Claro que inválido era su primero, que soltaba la cara, y muy soso el sexto, al que le robó hasta tres naturales de empaque.

Pero los simples detalles, tanto de Manzanares como de Ortega, huelen más a apatía que a problema de los toros. Serán figuras, pero no se puede venir a Sevilla con la convicción de que ya no tengo nada que demostrar.

Puerto de San Lorenzo/Manzanares, Talavante, Ortega

Toros de Puerto de San Lorenzo y La Ventana del Puerto, correctos de presentación, mansos, blandos, muy nobles y descastados; mansos y encastados el segundo y el quinto.

José María Manzanares: pinchazo hondo (silencio); estocada contraria (silencio).

Alejandro Talavante: estocada (oreja); pinchazo -aviso- un descabello -2º aviso- y dos descabellos (ovación).

Juan Ortega: pinchazo hondo (silencio); pinchazo, estocada -aviso- y tres descabellos (silencio)

Plaza de La Maestranza. Segundo festejo de la Feria de San Miguel. 25 de septiembre. Lleno de ‘no hay billetes’.