Ilustración de dos figuras: una mujer de pie a la izquierda y un hombre de espaldas a la derecha, tomados de la mano. Una grieta roja divide la imagen. Fondo azul y morado.

Una ilustración muestra una grieta roja intensa que atraviesa la unión de una pareja tomada de la mano (Imagen Ilustrativa Infobae)

La ruptura de pareja es uno de los eventos más estresantes y tristes que vivimos a lo largo de nuestra vida. Las consecuencias de este acto suelen generar un gran impacto emocional en los dos miembros de la pareja, ya que durante la famosa etapa del ‘duelo’ se generan sentimientos contradictorios y un profundo malestar.

Aunque todos conocemos teóricamente las consecuencias de esta decisión y se pasa por una etapa de evitación en la que se observa cómo el conflicto aumenta, lo cierto es que hasta que no lo vives por primera vez. De hecho, en terapia de pareja, es común que uno de los miembros se sienta “sorprendido” o “cegado” por una ruptura repentina. Normalmente, este perfil considera que todo marcha bien dentro de la relación hasta que, de un día para otro, su compañero decide terminar.

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Sin embargo, detrás de este final abrupto existen dinámicas invisibles y silenciosas que van erosionando el vínculo afectivo mucho antes del colapso. Así lo explica Lisa Firestone, psicóloga clínica y directora de investigación de la Asociación Glendon, en Psychology Today. Según la experta, si las parejas aprendieran a identificar estas señales ocultas a tiempo, el destino de la relación podría ser completamente distinto.

Un hombre y una mujer jóvenes en un restaurante, ambos mirando sus teléfonos celulares. Hay vasos de agua con limón, platos con comida y una vela en la mesa.
Una pareja joven en una cena de restaurante se enfoca en sus teléfonos móviles, dejando la comida y bebida a un lado. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Una de las señales de declive es la existencia de historias o narrativas conflictivas sobre la relación. Es habitual que cada miembro construya su propia versión de los hechos. Uno puede sentir que hace más sacrificios, trabaja más duro o se encarga de todo el peso del hogar. En consulta, Firestone ha visto casos donde ambos miembros se consideran el principal sostén económico, o donde cada uno se identifica como el progenitor más cariñoso y entregado.

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Esta discrepancia demuestra que dos personas pueden compartir la misma vida, pero habitar realidades psicológicas distintas. Estas percepciones se originan en la infancia, moldeadas por la estructura emocional y el estilo de apego de cada uno, y se refuerzan con las experiencias vividas. Para evitar que estas historias paralelas se conviertan en un abismo insalvable, la psicóloga aconseja cultivar una “curiosidad genuina” hacia el otro, intentando ponerse en sus zapatos y dejando a un lado las suposiciones sobre sus motivos o intenciones.

Otro comportamiento destructivo, que suele pasar desapercibido porque se confunde con “buena conducta”, es el hábito de sufrir en silencio para no generar conflictos. Muchos creen que hacen algo noble al contener su descontento y adaptarse pasivamente a una relación decepcionante. No obstante, Firestone advierte que la infelicidad siempre sale a la luz como tensión cotidiana, frialdad u hostilidad: “No existe un solo miembro infeliz en una relación; si uno de los dos es infeliz, el otro también lo es”, añade.

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Un hombre y una mujer conversan en una cocina iluminada. Ella está sentada frente a un portátil con una hoja de cálculo, él de pie con una taza.
Una pareja discute en la cocina de su hogar (Imagen Ilustrativa Infobae)

De hecho, la ausencia total de discusiones es un síntoma de peligro. Es imposible que dos personas piensen de manera idéntica; si nunca hay desacuerdos, significa que alguno no está siendo honesto. De este modo, la psicóloga afirma que las relaciones saludables requieren la valentía de mantener conversaciones incómodas, expresar el descontento de manera madura y admitir lo que no funciona. Por lo que discutir abiertamente no es el fin del amor, sino una señal de que ambos se relacionan con honestidad.

Finalmente, cuando el silencio se prolonga, se cae inevitablemente en una orientación de victimización. Al no comunicar sus quejas y optar por la inacción, la persona se siente explotada, poco valorada o atrapada. Paradójicamente, ven su silencio sumiso como algo loable, cuando en realidad adoptan una postura de impotencia que destruye su propia autoestima y la conexión de pareja.

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La experta recuerda que una relación real exige que ambos actúen como adultos autónomos. Así, las dinámicas donde uno asume un rol sumiso, dominante, infantil o paternal rompen la igualdad necesaria para que el amor prospere. “Nadie es una víctima en su propia vida de adulto”, sostiene Firestone, ya que siempre conservamos la capacidad de tomar decisiones. Aunque hablar con honestidad resulte difícil, es la única forma de romper el ciclo de la victimización y recuperar el poder personal dentro del vínculo.

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Aprender a ver estas señales no significa el fin inevitable de la pareja. Al contrario, Firestone propone que las diferencias inevitables —incluso en las que nunca se llegará a un acuerdo total— pueden ser un trampolín para el crecimiento conjunto, la negociación y el humor afectuoso.

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Para lograrlo, es fundamental crear un espacio de comunicación seguro y amigable, donde cada uno pueda expresarse libremente sin temor a ser juzgado. Al desarrollar compasión por el mapa mental del otro, hablar abiertamente de las expectativas y rechazar el rol de víctima, la pareja puede alcanzar una verdadera intimidad: la experiencia de conocer profundamente al otro y, a su vez, sentirse conocido por él. Así, ser tomado por sorpresa por una ruptura deja de ser una opción.