La experiencia busca demostrar que, además de producir energía más limpia, existe otro desafío ambiental: dejar de desperdiciar la que ya fue generada.
25 de agosto 2026, 09:15hs

Lumaa, un sistema desarrollado y patentado por el argentino Sergio Javier Castro, fue implementado en el Palacio Municipal de Adolfo Alsina y permitió reducir un 51,5% el consumo energético.
En la discusión sobre energía y ambiente, gran parte de la atención suele concentrarse en cómo producir más electricidad y hacerlo a partir de fuentes cada vez más limpias. Sin embargo, existe otra pregunta que muchas veces queda relegada: ¿cuánta de la energía que ya generamos se consume sin necesidad?
Esa fue una de las preguntas detrás de Lumaa, una tecnología desarrollada en la Argentina por Sergio Javier Castro que busca detectar y eliminar consumos energéticos innecesarios en oficinas, escuelas, dependencias públicas, empresas y hogares.
Castro dirige desde hace 27 años una empresa de investigación de mercado y es también el desarrollador del sistema, que cuenta con patentes de invención concedidas en distintos países, incluida la Argentina.
La primera experiencia concreta en un municipio argentino se llevó adelante en Adolfo Alsina, provincia de Buenos Aires. Allí, después de analizar el consumo del Palacio Municipal, apareció un dato que sorprendió incluso a quienes habían desarrollado el proyecto. “El Palacio Municipal consumía más energía cuando estaba cerrado que cuando estaba todo el personal trabajando”, contó Castro.
Según las mediciones realizadas, el 53% de la energía se consumía fuera del horario laboral. Después de la implementación del sistema, el consumo energético del edificio se redujo un 51,5%. El resultado convirtió a la experiencia en algo más que una prueba tecnológica: permitió poner números sobre una forma de desperdicio energético que muchas veces permanece invisible.
Ahorrar energía también significa reducir emisiones
El beneficio más inmediato de consumir menos electricidad suele medirse en la factura. Pero el impacto no termina ahí. Castro plantea que reducir el consumo innecesario también puede traducirse en una menor huella de carbono asociada a la generación eléctrica.
En el Palacio Municipal de Adolfo Alsina, el ahorro medido fue de aproximadamente 2.300 kWh en un mes. A partir de sus cálculos sobre la matriz energética argentina, el desarrollador estima que mantener ese nivel de reducción permitiría evitar alrededor de 21,6 toneladas de dióxido de carbono por año.

El cálculo, sostiene, sirve para visualizar algo que suele quedar oculto detrás de una tecla de luz, un equipo encendido o un edificio funcionando cuando ya no hay personas utilizándolo.
Para dimensionarlo de una manera más cotidiana, Castro utiliza el ejemplo de los árboles. Según la equivalencia que toma como referencia, un árbol adulto puede absorber aproximadamente 22 kilos de CO₂ por año, por lo que compensar esas emisiones requeriría alrededor de un millar de árboles adultos.
Desde su mirada, antes de pensar únicamente en generar una mayor cantidad de energía, incluso cuando provenga de fuentes limpias, debería intentarse utilizar de la manera más eficiente posible aquella que ya está disponible.
“Antes de comenzar a producir más energía, por más limpia que esta sea, deberíamos aprovechar, de la forma más eficiente que exista, la energía ya generada”, señaló.
Lumaa no pretende reemplazar otras políticas ambientales. Por el contrario, Castro considera que la reducción del desperdicio debe complementarse con energías renovables, eficiencia energética, recambio tecnológico y otras acciones orientadas a disminuir las emisiones. “El consumo innecesario es apenas una parte de la problemática”, explicó.
Un invento argentino con potencial para escuelas, hospitales y municipios
La experiencia de Adolfo Alsina también abrió la pregunta sobre qué ocurriría si un ahorro similar pudiera reproducirse en otros edificios públicos. Castro realiza una proyección teórica sobre los aproximadamente 1.200 municipios del país. Si todos consiguieran resultados equivalentes a los obtenidos en ese Palacio Municipal, estima que podrían evitarse 27.000 toneladas de CO₂ al año.
Pero el potencial, sostiene, sería todavía mayor si se considerara la totalidad de las dependencias estatales. Según los datos utilizados por Lumaa, existen más de 46.000 dependencias del Estado en el país. Castro calcula que, si todas consiguieran apenas una décima parte del ahorro obtenido en Adolfo Alsina, la reducción podría superar las 100.000 toneladas de CO₂ anuales. Se trata de una proyección realizada por el desarrollador a partir de la experiencia del municipio y no de una medición realizada en el conjunto de esos edificios.
El proyecto tiene además un componente que Castro reivindica especialmente: fue concebido y desarrollado en la Argentina. “Nuestro principal objetivo siempre fue que Lumaa sea instalado en Argentina antes que en otro lugar del mundo, y ya está cumplido. Se puede decir, con total certeza, que es un invento 100% argentino”, afirmó.
La idea surgió a partir de una problemática cotidiana y terminó convirtiéndose en una tecnología patentada. Para Castro, el valor del desarrollo no está solamente en su capacidad de ahorrar electricidad, sino en la posibilidad de que esa reducción produzca un beneficio ambiental.
“Si uno puede realizar, aunque sea, un minúsculo aporte al bienestar de las personas, le estaría dando un sentido muy profundo a todo su trabajo”, expresó.
La tecnología sola no alcanza: también hay que cambiar hábitos
Antes de implementar Lumaa, Castro aprovechó su experiencia en investigación para realizar un relevamiento entre las personas que trabajaban en el Palacio Municipal.
El resultado mostró una situación particular: existía predisposición para cuidar la energía y una comprensión general del problema, pero faltaba información concreta sobre cuánto representaba el consumo innecesario y qué herramientas podían utilizarse para reducirlo.

La experiencia dejó además otra conclusión: disponer de una herramienta tecnológica no garantiza por sí sola un uso responsable de la energía.
“Nos encontramos con un universo bien predispuesto, que comprende la problemática, pero que no cuenta ni con información precisa sobre el impacto del consumo innecesario ni con una herramienta eficaz como para poder reducir ese consumo específico de energía”, resumió. Por eso, considera que la innovación debe ir acompañada por información, educación y toma de conciencia.
El próximo escenario elegido para estudiar este comportamiento son las escuelas. Lumaa está trabajando en la medición del consumo innecesario en establecimientos educativos porque sus responsables consideran que allí existe una doble oportunidad: reducir el desperdicio y, al mismo tiempo, incorporar desde edades tempranas una mirada diferente sobre el uso de la energía.
La experiencia de Adolfo Alsina deja así una pregunta sencilla pero relevante para cualquier edificio, empresa u hogar: antes de buscar producir más energía, ¿sabemos realmente cuánto de lo que ya producimos estamos utilizando sin necesidad?
La respuesta, para Castro, combina tecnología y conducta. Porque el ahorro energético puede comenzar con un dispositivo, pero necesita también de personas dispuestas a entender que cada consumo evitado representa no solo una reducción económica, sino también una manera de disminuir el impacto sobre el ambiente.