Se lo tuvo que explicar un economista, verdaderamente liberal para más datos. Aun así, es posible que no lo entienda. En un modelo mental sesgado y rígido no entran ideas que lo pongan en riesgo.En un video breve y conciso, Roberto Cachanosky le explicó a Javier Milei que la principal y esencial razón por la que se traen hijos a la vida es por amor, no por especulaciones estadísticas, previsionales o fiscales. El esclarecimiento de Cachanosky fue una respuesta a la desenfocada teoría de Milei, según la cual el descenso de la natalidad en la Argentina (413.135 nacimientos en 2024 frente a 770.000 en 2014, de acuerdo con cifras oficiales) es producto de la legalización del aborto. Milei, que acusa de mentirosos, y de cosas peores, a quienes no piensan como él, no suele ser afecto a la verdad a la hora de exponer sus enrevesadas ideas. Habitualmente cita cifras al voleo, sin dar lugar al cuestionamiento o la repregunta, y las acomoda a su gusto. En este caso en particular, pasó por alto que la legalización del aborto se produjo en 2020, seis años después de que la curva demográfica iniciara su descenso, y por lo tanto su exabrupto (uno de los tantos a los que apela para alimentar su odio voraz y su resentimiento indiscriminado) exhibía una seria disonancia matemática. Cosa llamativa en quien se proclama economista.

En la febril imaginación presidencial, proclive a la creación de universos paralelos, la ley 27.610, que legaliza la interrupción voluntaria del embarazo hasta la semana 14 de la gestación, habría disparado entre las mujeres argentinas una especie de adicción masiva al aborto, como si este fuera un juego, como si no tuviera detrás tantas razones e historias individuales como casos se presentan, como si el hecho no acarreara dolor psíquico y emocional, y como si no dejara cicatrices anímicas conscientes o inconscientes. Una vez más exhibió incapacidad para la empatía, para el respeto por el sentimiento ajeno.

Quien se llena la boca con la palabra libertad (y quizás debiera repasar a pensadores como Jean-Paul Sartre, Albert Camus, Isaiah Berlin, John Stuart Mill o Emmanuel Kant, entre otros, para no usar livianamente el término) les niega a sus semejantes la posibilidad de elegir qué caminos tomar en situaciones existenciales complejas y dolorosas.

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Aunque no tengamos padres, hermanos o pareja, todos somos hijos, no nacemos de repollos, según recuerda el psicoanalista italiano Massimo Recalcati en su libro El secreto del hijo. Y como tales lo mejor que nos puede ocurrir es haber sido elegidos, ser el fruto de una unión amorosa entre quienes nos concibieron (sea biológicamente o por adopción). Y ser queridos y respetados por lo que somos. No ocurre así con todos los hijos, los hay que fueron gestados para cumplir expectativas maternas o paternas, para cumplir con mandatos sociales o familiares, para llenar vacíos existenciales, para “salvar” parejas en crisis o disolución, o para preservar o capturar herencias.

Elegir traer o no traer un hijo al mundo son decisiones complejas, tan respetables una como la otra, y requieren madurez psicológica y emocional.

Un ejercicio de responsabilidad, que es condición de la verdadera libertad. Lo último que un hijo debiera ser es un dato en la planilla Excel de un ministerio de economía.

En otra falacia, una más, el presidente liga la baja de natalidad a la crisis del sistema previsional, ignorando que los bebés no trabajan ni hacen aportes jubilatorios. Mientras tanto, los jubilados esperan respuestas que, también a ellos, los consideren como seres humanos. Expectativas difíciles de cumplir cuando quien debe responderlas luce tan ajeno a las más sensibles y cercanas cuestiones humanas.

*Escritor y periodista.