Antes de cazar grandes animales, nuestros antepasados pudieron haber aprendido a aprovechar presas pequeñas. Pequeños vertebrados que pudieron haber saciado el hambre de los primeros homínidos cuando las frutas y las verduras no estaban a mano. Es solo una hipótesis, pero un nuevo estudio sobre los monos capuchinos barbudos (Sapajus libidinosus) acaba de aportar una pieza más a esta idea.
A lo largo de 45 meses, un grupo de investigadores se dedicó a observar a dos grupos de estos primates salvajes en Fazenda Boa Vista, en el nordeste de Brasil, y documentaron con detalle la caza que hacen de pequeños vertebrados. Los resultados acaban de ser publicados en la revista PLOS One y están dando mucho que hablar.
Los investigadores concluyeron que la carne animal forma parte de manera habitual de su dieta y que su consumo aumenta especialmente cuando disminuye la cantidad de fruta que tienen disponible. En total, los científicos registraron 446 episodios de depredación de vertebrados, lo que equivale a una tasa media de 6,4 capturas por cada 100 horas de observación.
Durante la observación, los autores vieron cómo estos monos cazaban y consumían roedores, murciélagos, lagartos, serpientes y aves, entre otras presas. También pudieron documentar por primera vez en esta población el consumo de zarigüeyas, iguanas, así como huevos y polluelos de aves.
¿Cuando no hay plátanos a la vista?
Uno de los resultados más relevantes del trabajo es la relación documentada entre la disponibilidad de alimentos vegetales y la depredación. Los capuchinos recurrieron con mayor frecuencia a la caza cuando había menos fruta disponible, una relación que fue especialmente evidente en el caso de los mamíferos pequeños.
“Durante los periodos de escasez de fruta, los pequeños vertebrados se convierten en una fuente de alimento crucial”, explica Susana Carvalho, investigadora del Parque Nacional de Gorongosa (Mozambique) y coautora principal del estudio, en declaraciones a la Agencia SINC. Conviene preguntarse hasta qué punto el comportamiento de los capuchinos ofrece entonces pistas sobre nuestra propia evolución.
“La caza de pequeñas presas pudo haber sido un recurso nutricional clave para los ancestros humanos en épocas de sequía, sirviendo como un peldaño evolutivo antes de dar el salto a la explotación de animales de mayor tamaño”, apunta la investigadora. En este sentido, los autores del estudio sugieren que estos hallazgos obligan a hacer una revisión fósil sobre la alimentación de los primeros homínidos.