Pablo Alvira Fuertes

Huesca, 6 ago (EFE). – Treinta años después de la riada que arrasó el camping Las Nieves en Biescas (Huesca) el 7 de agosto de 1996, que dejó 87 fallecidos y más de 180 heridos, las secuelas no solo se miden en cifras o en sentencias judiciales, sino en la manera de aprender a volver a vivir cuando se ha perdido todo.

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Para quienes sobrevivieron y perdieron a sus familias, la verdadera reconstrucción ha consistido en aprender a vivir con la ausencia permanente, en levantar la mirada para aceptar que nada volverá a ser como antes y en asumir que hay heridas que no desaparecen, sino que pasan a formar parte de la propia identidad.

La tragedia ocurrió la tarde del 7 de agosto de 1996, cuando una tormenta de intensidad extraordinaria descargó sobre la cuenca del barranco de Arás y provocó una riada repentina de agua, barro, piedras y troncos que arrasó en segundos buena parte de la zona de acampada.

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Más de seiscientas personas veraneaban allí y muchos se refugiaban en sus tiendas y caravanas creyendo que se trataba de una tormenta fuerte, sin saber que el caudal torrencial se les echaría encima con una violencia devastadora, dejando una escena de destrucción total que convirtió el lugar en un paisaje de barro, vehículos volcados y familias buscando a sus desaparecidos.

Sergio Murillo tenía 16 años cuando la riada se llevó a sus padres y a sus dos hermanos. Salvó su vida porque quedó encajado entre ramas de árboles.

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Rechaza la idea de que el dolor pueda borrarse. “Se aprende a vivir con él. No puedes pretender que desaparezcan las experiencias que te han modelado y las que hacen ser quién eres. A lo que puedes aspirar es a que no condicionen tu futuro”, resume conversación con EFE.

En ese camino, la compañía de su entorno resultó decisivo. Una tía paterna lo acogió en su casa como un hijo más y alrededor de sus tíos y primos construyó una red de apoyo que le resultó vital.

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La atención psicológica tras este tipo de tragedias todavía era muy limitada, “estaba en pañales”, y en 1996 apenas existían protocolos de intervención inmediata para víctimas que podrían haber hecho más llevadero el sufrimiento posterior, apunta.

Cuenta que él mismo acudió a tres psicólogos por iniciativa de sus familiares, pero solo la tercera consulta logró cambiar su percepción, porque le planteó cuestiones sobre su entorno afectivo, aunque apunta que es su caso “y no se puede extrapolar a nadie, porque cada persona necesita una cosa distinta”.

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Durante estos treinta años, Murillo ha aprendido que revivir la tragedia públicamente tiene un coste emocional, ya que cada aniversario le obliga a regresar a un episodio que le vuelve “gris”, aunque no se ha planteado dejar de recordarlo.

“Me remueve por dentro, pero decidí contarlo siempre porque las causas que se olvidan dejan de defenderse y estas cosas, además, si se olvidan, se repiten”, explica.

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Esa convicción volvió a ponerse a prueba con la dana de Valencia, donde comprobó que la lección no se había aprendido.

Y es que la experiencia de los supervivientes en Biescas marcó “un punto de inflexión”, según Marta Roche, psicóloga general sanitaria experta en traumas y miembro del Equipo de Respuesta Inmediata en Emergencias psicosocial (ERIE) de la Cruz Roja en la provincia de Huesca.

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Roche explica a EFE que la tragedia de Biescas evidenció que la asistencia emocional debía formar parte de la respuesta desde los primeros momentos de una emergencia y a raíz de aquella tragedia se creó en Huesca el primer ERIE de la Cruz Roja, un modelo que posteriormente se incorporó a otros dispositivos de emergencia.

La psicóloga sostiene que perder a toda una familia es una experiencia de la que “no se vuelve siendo la misma persona” y la recuperación no consiste en borrar lo ocurrido, sino en aprender a convivir con ello. “El dolor no desaparece, cambia de lugar. Deja de ocuparlo todo y permite recuperar proyectos, vínculos y sentido vital”, resume.

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La especialista recuerda además que cada víctima atraviesa un proceso distinto, donde factores como la edad, la red de apoyo o el acompañamiento en las primeras horas pueden condicionar una recuperación que nunca debe compararse entre personas.

Al mismo tiempo que los supervivientes de Biescas trataban de reconstruir su vida debieron afrontar una batalla judicial que se prolongó durante años. El abogado Ricardo Orús, que representó a varios afectados en el procedimiento, recuerda a EFE que la dificultad de defender a las víctimas iba mucho más allá de la complejidad jurídica.

“Tenías que explicar a una persona que lo había perdido todo por qué el proceso encontraba tantos obstáculos. Para mí era difícil entenderlo y después era imposible que lo entendieran ellos”, afirma el letrado, que califica el juicio como “un calvario judicial” por la falta de respaldo institucional con el que tropezaron desde el inicio.

“No tuvimos apoyo del juez, ni de la Fiscalía. Hubo que luchar contra todos los obstáculos”, apunta el abogado, quien admite que el desgaste acabó afectando también a quienes confiaban en la justicia. “A partir de los seis meses, todos perdimos la esperanza. Creo que es uno de los casos más duros de mi vida”, asegura, y agrega: “nadie ha puesto remedios para evitar el mismo calvario judicial”.

La vía penal por la tragedia del camping de Biescas quedó definitivamente archivada en 2000, al no apreciar la Audiencia de Huesca indicios de delito en la actuación de los responsables administrativos que autorizaron su apertura.

Sin embargo, en diciembre de 2005 la Audiencia Nacional declaró la responsabilidad patrimonial de la administración central y del Gobierno de Aragón, al considerar que ambas conocían mediante informes previos el riesgo de instalar el camping en ese enclave. La sentencia obligó a las dos administraciones a indemnizar a las familias de las víctimas.

Casado, padre de tres hijos y satisfecho con su vida profesional y personal, Sergio Murillo asegura con vehemencia desde Pamplona, donde vive, que su historia no está marcada por la tragedia de Biescas y sostiene que la mayor enseñanza de estas tres décadas es que el sufrimiento no impide volver a ser feliz.

“La vida es maravillosa, hay que seguir adelante, te toque lo que te toque. Aunque tengas una época mala, siempre llegará otra buena y por eso merece la pena”, concluye. EFE

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