Cuando Miguel de Cervantes escribió Don Quijote de la Mancha, la obra máxima de la lengua española, estaba rodeado de mujeres que, al pasar de los siglos, aparecen apenas mencionadas en su biografía. Es el caso de Isabel, la hija que el autor tuvo fuera de matrimonio y que las biografías suelen reducir a la etiqueta de “bastarda”.
Tras doce años de investigación, la escritora mexicana Martha Bátiz, radicada en Toronto desde 2003, reconstruye en la ficción la vida de Isabel y de las otras mujeres de la familia cervantina (Andrea y Magdalena, hermanas; Constanza, sobrina; Catalina de Sálazar, esposa) en Las Cervantas (Hachette, 2026), novela publicada primero en Canadá con el título A daughter's place (House of Anansi Press) y luego reescrita en español.
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Crédito: Revista Alquimia
En entrevista, la autora habla de esta novela que nos traslada al ámbito doméstico del Siglo de Oro español, en particular al cuarto de costura, el oficio que permitió a estas mujeres sostenerse en una sociedad que las confinaba al espacio doméstico.
¿Cómo ha sido descrita Isabel por estudiosos de Cervantes y qué lugar querías darle en esta novela?
Fue descrita en ensayos y biografías de Cervantes como una mujer ingrata, malagradecida, conflictiva, ambiciosa, en el mal sentido de la palabra, egoísta. A mí me parece, después de haberme paseado por los sucesos de su vida, que esa mirada es injusta, muy parcial. No era una mujer perfecta, pero tuvo sus razones para hacer lo que hizo; era así porque creció en una taberna, tenía una cierta educación que cambió diametralmente cuando se fue a vivir con la familia de su padre, pero haberla mantenido siempre al margen, al no darle el apellido, al hacerla pasar por la servidumbre, se dio cuenta que estaba sola, que no pertenecía. Fue muy incomprendido el comportamiento hacia su padre. Encontré una novela en España donde hablan de ella como “la bastardilla”. Eso es muy ofensivo y la disminuye. Era una mujer compleja, autónoma, valiente, inteligente y reducirla a su condición de bastarda es hacerle lo mismo que le hicieron en su sociedad. Yo quería ver la historia desde el punto de vista de la mujer, de la hija que recibe esos desprecios y está luchando por pertenecer y explorar las consecuencias de ese esfuerzo infructuoso.
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Y sobre las otras Cervantas, Magdalena, Andrea, Constanza, ¿qué tanto se ha escrito sobre ellas?
No mucho. Lo que hay sobre ellas son menciones en las biografías de Cervantes; hay recibos, se conservan muchísimos recibos.
¿Recibos de qué?
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De sus trabajos como costureras, donde dicen, por ejemplo, que hicieron 10 camisas para un conde; recibos de cuando los hombres que les prometieron matrimonio no cumplieron.
Los documentos de la Corte de Valladolid, donde les tomaron testimonio. Ahí están las voces de ellas mismas hablando, yo uso eso en la escena del juicio en la novela.
Dices que el libro es un tributo a esas hijas, madres, esposas cuyas vidas se han borrado para favorecer a una figura importante de la familia. ¿Tu propia historia personal cómo dialoga con la novela, siendo tu hija del maestro Batiz?
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Yo a mi papá lo amo. Fuimos siempre muy cercanos, es mi columna vertebral en muchos sentidos. Lamento mucho que no esté aquí para ver este libro, tampoco lo vio en inglés. Es el gran dolor de mi vida. Como hija de alguien que hizo historia, porque es innegable que mi padre con su trabajo hizo historia en México, siempre ha sido algo de lo que estaba consciente, por momentos eso ha sido motivo de orgullo, en otros me pesó. Irme a vivir a Canadá, donde nadie sabe y donde he logrado lo que he logrado sola sin que nadie diga: ‘Ah, es porque es la hija de…’, que era lo que me enfrentaba aquí, fue una liberación absoluta y también la prueba de ver si el perico es verde. Así que por supuesto que en esos diálogos de Isabel con Miguel hay mucho de las pláticas y de los enfrentamientos que yo tuve con mi padre cuando era más joven. Hay mucho de eso ahí.
En la novela vemos que, al interior de su hogar, las Cervantas tienen márgenes de decisión, ejercen cierta autoridad, pero salen al espacio público y la opresión es absoluta. ¿Qué significa para ti sacar a la luz esas historias de mujeres que quedaron confinadas en lo doméstico?
Es muy importante recuperar las historias de las mujeres valientes, porque tenemos siempre la idea de que no tenían agencia y que siempre estaban en su casa encerradas, oprimidas y que no tenían voz, opiniones y sí que las tenían. Tenían voz y deseos de libertad que les fueron cortados, como las Cervantas que lograron darle la vuelta a esa opresión y vivir su vida como les plació porque terminaron haciendo lo que se le dio su real gana. Son historias que al patriarcado no le conviene que se sepan porque la idea es que las mujeres siempre vivían felices y tranquilas en su casa y el ámbito doméstico era el lugar de paz y amor. Para mí era muy importante mostrar cómo mujeres como ellas, con este deseo de vivir y de hacer cosas, rompieron un poco las reglas y enfrentaron las consecuencias con la frente en alto, el rechazo social, el ostracismo, ser vilipendiadas. Todo lo que les pasó lo resistieron porque no querían estar subyugadas bajo el poder de un hombre. Y hoy en día estamos en un momento en el que vemos de nuevo ese peso masculino queriendo doblegarnos y vemos la violencia tremenda contras las mujeres, que es algo que a mí me preocupa muchísimo y que he abordado en mis cuentos constantemente y que está aquí también, la vulnerabilidad de la mujer a manos de su pareja. Eso me hace pensar en el caso de Gisèle Pelicot. Yo la fui a ver a Toronto cuando fue a hablar y eran los escalofríos totales al oírla hablar de la violencia que vivió a manos del hombre en el que confió no sé cuántos años de matrimonio, con quien tuvo tres hijos adultos, nietos, todo. Las mujeres no estaban a salvo entonces, no estamos a salvo ahora, pero lo que tenemos que hacer es estar conscientes de ese peligro y de que no podemos dar un paso atrás, que no podemos permitir que nos vuelvan a encerrar, a cortar libertades otra vez, que tenemos que luchar en contra de los totalitarismos teocráticos masculinos, patriarcales, para vivir nuestras vidas como cada una decida.
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Hablando de las teocracias patriarcales, me haces pensar en el poder que la Iglesia tenía en esa época del Siglo de Oro para restringir el actuar de las mujeres y cómo siglos después vemos renacer esos discursos de opresión en Estados Unidos y otros países.
Exacto. Está pasando en tantos lugares donde, además, hay tantas mujeres que apoyan esto y que dicen: ‘Ay, yo sí me voy a ir a mi casa a tener 15 hijos’. Yo digo que, si les funciona, bien por ellas, pero que no obliguen a otras mujeres a hacer lo mismo si no quieren. Así como ellas tienes la libertad de decidir eso, las otras deben tener la libertad de decidir otra cosa. A mí me da pavor la idea de volver a pensar a la sociedad en términos de pecados. Ya estamos en el siglo XXI, eso ya debe estar rebasado. Si tú crees en eso, tiene que ser algo individual. Yo creo en la ley y en que quién comete un crimen está violando la ley del hombre. La ley de Dios es para los que creen en eso. Imponer la ley de Dios sobre todos los seres humanos lleva a la catástrofe. Mira Irán, mira Afganistán, mira el sur de Estados Unidos. Es de terror. Me dan ganas de gritar y de aullar del miedo.
También hay otro discurso que está atravesado por lo religioso y el poder económico, el de las tradwives que comparten en redes sociales la vida idílica, tener 15 hijos en una granja orgánica perfecta.
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Sí. Eso si tienes un marido que te mantenga, que te ponga ese rancho y que te ponga todo. Yo creo que si se hiciera un real tras bambalinas de eso, veríamos cómo se descose. No sé, tampoco puedo juzgar, no sé si cortarte las alas y vivir en una jaula de oro te da la felicidad, a lo mejor hay gente a la que sí, pero creo que la elección de meterse a la jaula tiene que ser de cada persona. No podemos permitir que nos metan a todas en la misma jaula.