Los vecinos más castizos de Lavapiés lo conocían popularmente como “Tapapís”, por aquello del fuerte olor a orines que había en las calles. La deriva que había tomado este festival de tapas madrileño, que llevaba celebradas quince ediciones hasta el año pasado, con innumerables quejas vecinales, ha obligado a la organización a suspender su próxima edición, que debía celebrarse este octubre.

“Habíamos llegado a una especie de muerte de éxito y entendimos que debíamos parar, replantearnos un nuevo Tapapiés”, confiesa Carmen Gordo, Presidenta de la Asociación de Comerciantes de Lavapiés (con más de 250 comercios, bares y restaurantes asociados), organizadora del evento. “No significa que no vaya a volver a hacerse, sino que queremos recuperar la esencia de aquel Tapapiés que nació en 2011, una ruta de tapas, sin beber en la calle, que sirviera para conocer el barrio, su comercio y su tejido empresarial. Esa esencia, desgraciadamente, se ha ido perdiendo durante estos dos últimos años”.

Fue el año pasado, con 92 tapas vinculadas a 30 países y 68 bares participantes, además de los puestos de los mercados de San Fernando y Antón Martín, cuando todo saltó por los aires. “Esperábamos la llegada de unas 90.000 personas, pero se superó el medio millón. Fue casi de sopetón. Cuando quisimos reaccionar estaban las calles llenas y ya no se podía parar. Incluso se pensó en suspenderlo el primer fin de semana”, declara Gordo, vecina del barrio, con un local comercial, el estanco de la calle Lavapiés, abierto hace 26 años. “Es una decisión que ha tomado la Junta Directiva de la Asociación de Comerciantes. No podíamos permitir que, durante once días, nuestros vecinos no pudieran convivir con normalidad en el barrio por la masificación de gente y por ese botellón al aire libre que se había generado. Ha sido duro tomar la decisión, muy duro, pero había que hacerlo”.

Al otro lado estaban las diferentes asociaciones del barrio. “Los pocos vecinos y vecinas que vivimos aquí ya no bajábamos a Tapapiés porque era imposible. Había vecinos que no podían sacar al perro ni sacar el cubo de basura”, se sincera Manuel Osuna, al frente de la Asociación de Vecinos La Corrala, creada en 1977. “Argumosa estaba de tal manera que, si hubiera pasado algo, no habría podido pasar ni una ambulancia. No estamos en contra de Tapapiés; estamos en contra de este Tapapiés masivo”. Osuna es vecino del barrio desde hace 63 años, además de cartero de la zona, y recuerda haber apoyado los primeros Tapapiés, cuando la intención era cambiar la imagen de un lugar al que, asegura, “había taxistas que no querían venir”. Los participantes eran entonces bares de barrio y buena parte de la actividad se concentraba en Argumosa y Lavapiés. “La idea nos pareció bastante buena, dinamizar la escena de bares y restaurantes que teníamos”.

Hoy las sensaciones son muy diferentes. “Nunca entenderé por qué sirven cristal en el evento. Cientos de botellines en la calle. Aunque la gente intente hacer las cosas bien, es alcohol, es cristal. Todo acaba lleno de botellines rotos”, señala Álvaro Espinosa, vecino desde hace 16 años. Por su parte, Roxy Pérez, también vecina desde hace casi dos décadas, madre y participante en la asociación cultural Maestras del Barrio, incide en el poco interés que los comerciantes han tenido por implicar a otros estamentos: “Creo que habría sido importante abrir un diálogo conjunto entre la organización de Tapapiés, todos los colectivos del barrio y las asociaciones vecinales, los bares participantes y otros negocios que venden alcohol, para buscar soluciones y establecer compromisos compartidos. Sobre todo, teniendo en cuenta que en Lavapiés no sólo hay adultos que consumen y participan en las actividades: también hay niñas, niños y adolescentes que viven, estudian, juegan y transitan por estas calles”.

Otras asociaciones del barrio insisten en los pocos vínculos que se han establecido con los organizadores de Tapapiés. “Es muy sangrante tener a un montón de gente divirtiéndose, bebiendo y disfrutando de la gastronomía y, al mismo tiempo, a un montón de gente en una situación de completo abandono”, cuenta Dolores Galindo, periodista y presidenta de Dragones de Lavapiés, club deportivo y proyecto social que reúne a unos 600 jugadores y jugadoras de 60 países. Galindo defiende la hostelería independiente y menciona negocios de migrantes para los que el festival ha sido una oportunidad económica y una manera de dar a conocer su cocina: “No tenemos nada en contra de un festival de tapas. Lo que no nos parecía bien era la desproporción entre sus efectos negativos y lo demás”.

Los inicios

Sin embargo, es necesario echar la vista atrás y recordar la época en la que surge el festival, cuando el barrio era otra cosa. “El Lavapiés de hace quince años no tiene nada que ver con el de ahora, igual que Madrid tampoco es la misma ciudad”, explica Pedro Bravo, autor de Antes todo esto era ciudad. Por qué la vida urbana se ha vuelto extraña y qué podemos hacer para transformarla (2026, Debate). “Veníamos de la crisis de 2008, con muchos barrios bastante depauperados, poca actividad, cierres de negocios y una caída incluso del precio de la vivienda. La situación era muy distinta”.

Lavapiés seguía siendo un vecindario estigmatizado por cuestiones de droga y violencia. Manuel Díaz, director de comunicación y cocreador de Tapapiés, que había trabajado previamente en el Festival de Bollywood y Cultura India de Madrid, iniciado en 2008, cuenta como la multiculturalidad del barrio —especialmente sus comunidades india, bangladesí y pakistaní— sirvieron como reclamo cultural para presentar una faceta diferente. Aquella experiencia sirvió de antecedente. “Pensamos, ‘¿de qué mejor manera podemos promocionar la marca gastronómica de Lavapiés que a través de su esencia, que es la multiculturalidad?’. Lo que para muchos estigmatizaba al barrio, porque se asociaba a marginalidad y pobreza, nosotros lo convertimos en la esencia de su gastronomía”, recuerda.

La primera edición reunió alrededor de una treintena de establecimientos. Después llegaron más bares y, en 2013, las actuaciones musicales gratuitas a pie de calle. En sus momentos de mayor despliegue, advierte Díaz, llegaron a programarse alrededor de medio centenar de conciertos por edición, además de batucadas y pasacalles. Blues, jazz y electrónica, con conciertos a pie de calle, sin escenario, algunos amplificados y otros sin amplificar. “Se convirtió en una fiesta popular. En la segunda quincena de octubre el público madrileño ya tenía agendado Tapapiés como un evento al que venir al barrio”, continúa contando Díaz.

Según datos de la Asociación de Comerciantes, la suspensión puede representar alrededor del 25% de la facturación de algunos hosteleros, una estimación que varios participantes respaldan. “El año pasado vendimos entre 3.000 y 4.000 tapas en esas fechas”, detalla Antonio Amago, dos décadas detrás de La Musa de Espronceda, y participante de Tapapiés desde su primera edición. En su mostrador ha despachado pollo al curry, picadillo de cerdo con frambuesas y, en la última convocatoria, cerdo desmigado y asado a baja temperatura con salsa de yogur y piparra en pan de centeno. “Empezamos siendo muy poquitos, una ruta en la que éramos minoritarios, y al final se ha convertido en un referente. Para el barrio ha sido una evolución muy positiva”, destaca. También reconoce que la última edición desbordó las previsiones. Su negocio, explica, acusa especialmente los meses de verano por la escasez de terrazas en la zona y Tapapiés servía como revulsivo al entrar el otoño. “Esos once días aumentaba la facturación una cuarta parte”, sostiene sobre los ingresos de esos dos fines de semana.

“Se apoyan iniciativas que permiten monetizar el carácter multicultural del barrio, pero no resuelven los problemas, los agravan”, crítica Paco Segura, de la coordinadora Lavapiés al Límite, montada en 2024 y que agrupa a más de sesenta organizaciones del barrio. “Se conoce como Tapapís porque no había servicios y la gente orinaba donde quería”, repite de una falta de previsión y organización que terminó afectando al día a día de la zona. Segura subraya la enorme contradicción que supone celebrar un festival de esta envergadura con las realidades del barrio: suciedad, falta de asistencia social, escasez de zonas verdes y ausencia total de recursos frente a la drogodependencia. Y pide, al igual que otras asociaciones, sentarse en la mesa en la que se decida qué será Tapapiés en 2027. “Sobre todo, que dejen participar a las organizaciones del barrio, que no sea una cosa exclusivamente con una mentalidad comercial de sacar dinero y que sea algo mucho más abierto, más inclusivo, menos comercial, más cultural”, comenta Paco, al que le duele decir que la situación se había vuelto “inaguantable”.

“Una ciudad idealmente es un lugar en el que distintas personas se encuentran para hacer distintas cosas, dialogar y tener conflictos a partir de distintos intereses. Madrid no debería ser solo un negocio de hostelería ni un negocio de eventos. Debería ser un lugar en el que quienes no trabajamos en hostelería o turismo pudiéramos ganarnos la vida con otros modelos productivos”, concluye Bravo.