No es que haya estallado otro escándalo en Derecho de la U. de Chile; más bien, un nuevo decano —Gabriel Hernández Paulsen— tendrá que hacerse cargo de una situación que, seguramente, permanecerá inalterada. Nada cambia con el mero cambio de autoridades, sobre todo cuando, tras dos rondas de votación, ni un solo candidato al cargo se dignó tratar en serio el asunto. ¿Se esfumará sin más, o seguirán recurriendo a conjuros, confiados que esta maldita fama continuará inadvertida?
Perdonen mi franqueza; fue nada menos que un Presidente de este país quien, habiendo estudiado Derecho en la U. de Chile, afirmó: “No hay sino dos clases de problemas: los que se resuelven solos y los que no tienen solución”. Célebre, además de por semejante quietismo, porque le pusieron su nombre a un sándwich de carne de vaca y queso derretido. Y aunque, en verdad, resultó más hacendoso de lo que sugieren estas dos anécdotas, Joaquín Edwards Bello tiene razón al imputarles a Barros Luco y sus coetáneos del Centenario lo que llamó el “tiempo gordinflón”, marcado por la fatuidad, la falsa superioridad y un optimismo panglosiano algo patético.
La mala reputación de Pío Nono no sólo se debe a tomas y funas, o a que es un imán que atrae a activistas que saltan de la Escuela a la calle, al Congreso y La Moneda, sino también a que los mejores estudiantes de secundaria, desde hace diez años, eligen otros lugares para estudiar Derecho. Aumentan las matrículas y, obviamente, los estándares decaen y los alumnos de alto nivel son cada vez más escasos. Es más, a estos estudiantes difícilmente les convence el énfasis de las autoridades en la “inclusión” como señal de “excelencia”, un propósito más bien de laboratorio social-político que meritocrático. Tampoco es que atraiga un diploma o mero egreso para terminar como empleado fiscal con padrinazgo partidista.
Por último, resulta insólito que las autoridades no perciban la conexión entre la politización, el amiguismo, la falta de pluralismo, el deterioro de los estándares académicos e intelectuales y la mediocridad resultante. Como también que no se admita que, desde el seno mismo de la universidad, haya quienes pretenden convertirla en centro de reclutamiento y agitación. La historia es conocida. No cabe hacerse el ingenuo, volverse cómplice pasivo o un conciliador chantajeado. El fenómeno es más viejo que el hilo negro.
Los descargos de las autoridades salientes, además de estar mal fundados, resultaron autocomplacientes. Confundieron su propia gestión con la institución misma. La respuesta a Unholster fue vergonzosa. Y, por lo visto, los resultados de la elección no favorecieron a la candidata más cercana a la administración anterior. Lo más probable debido a cierta reflexión crítica interna. Por fin, un avance, aunque a la espera de que se confirme.
Por Alfredo Jocelyn-Holt, historiador
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