Covadonga Díaz
Actualizado Domingo, 27 septiembre 2026 - 01:16
Los alimentos ultraprocesados que inundan los carros de la compra y los estantes de los supermercados no tienen efectos positivos en nuestro organismo. Si bien suelen ser opciones baratas y rápidas, sus secuelas se van mostrando en diferentes esferas de nuestra salud. Más allá de los daños en el cuerpo, también hay impacto en la mente y en sus enfermedades.
La revista JAMA Psychiatry acaba de publicar el primer estudio que compara los síntomas de personas con depresión antes y después de que cambiaran su dieta habitual de alimentos ultraprocesados por una alimentación más saludable. Según destacan los autores del mismo, los participantes que redujeron su consumo en más del 85% experimentaron mejoras de moderadas a significativas en tres indicadores de depresión. Los niveles de ansiedad también se redujeron ligeramente.
Este tipo de productos elaborados incluyen aperitivos envasados, comida rápida, bebidas azucaradas y otros productos fabricados industrialmente que pueden contener conservantes, colorantes artificiales, potenciadores del sabor y emulsionantes.
Si bien se trata de un estudio piloto que incluyó sólo a 20 personas, ha servido para establecer «con éxito la viabilidad de llevar a cabo esta investigación en un ensayo a mayor escala», según destaca el autor principal del trabajo, Andrew Krystal, Profesor Distinguido Ray y Dagmar Dolby en los departamentos de Psiquiatría y Ciencias del Comportamiento y Neurología de la Universidad de California en San Francisco (UCSF).
Para saber más
«Disminuir la presencia de este tipo de alimentos ultraprocesados en nuestra dieta puede ser un desafío, ya que son muy apetitosos, baratos y prácticos», señala Nyasha Chagwedera, autora del estudio y profesora adjunta del Departamento de Psiquiatría y Ciencias del Comportamiento de la UCSF, quien explica que activan la dopamina, la hormona del placer, que promueve el deseo de comer.
Según Chagwedera, fundadora del Programa de Salud Metabólica y Mental de la UCSF, la relación entre los alimentos ultraprocesados y la depresión podría explicarse por un intestino permeable y desequilibrado, causado por el daño que estos alimentos producen en la mucosa protectora intestinal. «Este daño intestinal puede generar inflamación crónica de bajo grado en todo el cuerpo, lo que provoca depresión directamente o aumenta la vulnerabilidad a ella», explica. En otras palabras, el procesamiento excesivo de alimentos puede dañar el intestino de maneras que repercuten en el cerebro.
A la hora de valorar el estudio, Carmen Romero Ferreiro, doctora en Biología y vicedecana de Investigación en la Universidad Francisco de Vitoria (UFV), en declaraciones a SMC España, destaca que el trabajo, a diferencia de estudios anteriores que han observado una asociación entre un mayor consumo de ultraprocesados y un mayor riesgo de depresión, evalúa qué ocurre cuando se reduce su consumo en personas que ya presentan este trastorno.
Los resultados son interesantes, comenta Romero, porque abren la posibilidad de que la dieta tenga un rol complementario en el manejo de la depresión. Sin embargo, matiza, deben interpretarse con cautela porque se trata de un estudio piloto con una muestra muy pequeña y los cambios en los síntomas de depresión y ansiedad no constituían el objetivo principal del estudio. «Además, no permite saber si los resultados se deben específicamente a la reducción de los ultraprocesados o a otros cambios asociados en la dieta, como modificaciones en el consumo de calorías, grasas o azúcares. Por tanto, serán necesarios estudios más amplios que permitan confirmar estos resultados y conocer mejor los mecanismos implicados», añade la vicedecana de la UFV.
En una línea similar se pronuncia Rafael Urrialde de Andrés, académico numerario y vicepresidente de la Real Academia Europea de Doctores (RAED) y académico de honor de la Academia Española de Nutrición y Dietética (AEND), quien afirma que el estudio parece bien planteado pero tiene una serie de limitaciones. Entre ellas, incluye el tamaño muestral, que es muy bajo, máxime si se separa por género. Y destaca que el estudio no especifica el rango de edad y no indica qué definición han usado para determinar qué alimentos y bebidas son ultraprocesados.