
No existían Facebook ni Instagram. Menos todavía TikTok, filtros, videos de peluquería o tendencias medidas en millones de reproducciones. Sin embargo, en el Mundial de Corea-Japón 2002, Ronaldo Nazário convirtió un corte de pelo improbable en una imagen global, capaz de viajar de la televisión a las peluquerías infantiles sin necesidad de algoritmos.
Una franja ancha sobre la frente, el resto de la cabeza rapada y un apodo que remitía a un personaje de historieta: el “pelo Cascão” fue una intervención visual que escapaba a cualquier código de elegancia. El exfutbolista cumple 50 años este 18 de septiembre y ese look, creado para correr el foco de una lesión, sigue adherido a su figura pública.
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El corte no respondía a una búsqueda estética ni a una campaña de imagen. Tenía una función concreta. En la previa de la semifinal contra Turquía, el delantero arrastraba una molestia muscular y concentraba las preguntas de la prensa. Modificar su pelo fue su forma de desplazar la conversación. Durante unos días, la discusión dejó de estar en el aductor derecho y se instaló en su cabeza.

En la actualidad, cuando los deportistas construyen una identidad pública que incluye ropa, accesorios, tatuajes y cortes pensados para su circulación digital, aquel gesto conserva una rareza particular. “O fenômeno” no buscaba una nueva versión de sí mismo ni pretendía fijar una tendencia. Eligió un dibujo capilar que desafiaba las convenciones de la peluquería y que, por su extrañeza, resultaba imposible de pasar por alto.
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En 2002, Ronaldo Nazário llegaba a Corea-Japón después de una recuperación prolongada. Dos lesiones graves en la rodilla derecha lo habían mantenido lejos de las canchas durante gran parte de 2000 y 2001. Por eso, cualquier señal física en la fase final del torneo alimentaba las dudas sobre su disponibilidad y sobre la posibilidad de que el delantero recuperara el nivel que había mostrado antes de aquellas operaciones.
Antes del partido del 26 de junio, el delantero resolvió raparse y conservar un mechón ancho en la parte delantera. El diseño remitía a Cascão, el personaje de la historieta brasileña Turma da Mônica, creada por Mauricio de Sousa. La referencia infantil le dio al corte una identidad inmediata, alejada de los códigos habituales de una figura que jugaba el torneo más visto del fútbol.
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La versión de que el peinado fue una táctica de distracción se consolidó con los años. En una entrevista con CNN Brasil, Ronaldo contó que la decisión surgió en la concentración, antes de un entrenamiento previo a la semifinal. Sus compañeros se rieron del aspecto y dudaron de que se animara a salir al campo con ese diseño. Él sostuvo que esa reacción confirmó que el plan podía funcionar: la atención se trasladó a su pelo y se alejó de la lesión.
“Estaba al 60%. Todo el mundo hablaba de mi lesión. Así que me corté el pelo”, explicó el exfutbolista en una entrevista con ESPN Brasil. La frase resume una operación de imagen sin asesores ni estrategia de marca. La prensa, los rivales y los hinchas tenían un nuevo asunto sobre el cual hablar. La pierna dejó de ocupar el primer plano, al menos de manera temporal.
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La decisión tampoco convenció a Luiz Felipe Scolari, entonces entrenador de Brasil. El técnico manifestó su malestar por el corte antes de un encuentro decisivo. Ronaldo lo mantuvo hasta el final del Mundial, donde marcó dos goles. El resultado deportivo terminó por unir el peinado a una campaña que devolvió a Brasil el título mundial.
El peinado se explicó primero como una excentricidad de vestuario, pero pronto adquirió otra escala. En un torneo que todavía se veía principalmente por televisión abierta y se comentaba en patios de escuela, clubes y peluquerías de barrio, la imagen viajó con una velocidad que no dependía de plataformas digitales. Bastaba una transmisión, una tapa de diario o una foto de la selección para que el semicírculo frontal fuera reconocible.
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La propagación del “pelo Cascão” no tuvo estilistas, campañas ni celebridades que lo validaran. El corte circuló por una vía más directa: niños que veían a Ronaldo en televisión y pedían salir de la peluquería con el mismo dibujo sobre la frente. En ese recorrido, una solución improvisada se transformó en una marca visual de alcance global.

El entonces niño Neymar fue uno de quienes lo imitaron. Años más tarde recordó que se había cortado el pelo como Ronaldo durante aquel Mundial, según recogió AS. El dato ilustra el alcance generacional de una imagen que dejó de pertenecer únicamente al delantero y pasó a formar parte de los recuerdos de quienes siguieron la campaña brasileña de 2002.
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El valor del caso está justamente en esa distancia entre intención y efecto. El corte no buscó ser elegante, favorecedor ni replicable bajo los criterios clásicos de una tendencia. Su fuerza estuvo en la anomalía. La cabeza rapada con un único bloque de pelo en la frente rompía la simetría y la idea de prolijidad asociada a las estrellas del deporte. Era, al mismo tiempo, un gesto infantil, una broma y una declaración visual.
En el deporte de comienzos de siglo, los cambios de pelo ya podían distinguir a una figura, pero todavía no existía la lógica actual de publicaciones, tutoriales y reacciones instantáneas. El “pelo Cascão” se expandió sin esas herramientas. No necesitó explicación para ser reconocido y, por eso, funcionó como un antecedente de los looks que se vuelven virales: una forma simple, fácil de identificar y lo bastante inusual como para exigir una respuesta.
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El propio protagonista entendió rápido que el corte había salido de su control. Según contó en distintas entrevistas, decidió conservarlo hasta el final de la competencia porque ya había visto a chicos que lo reproducían. Cortarlo antes de la final habría implicado deshacer, en pocos días, una imagen que se había convertido en parte del Mundial.

Con los años, Ronaldo tomó distancia de aquella elección. “Me gustaría aprovechar esta oportunidad para disculparme con todos los padres por mi peinado de 2002”, dijo en declaraciones a L’Équipe. El comentario, formulado con humor, reconoce una consecuencia doméstica de esa moda espontánea: familias que debieron aceptar que los chicos llevaran un corte difícil de justificar fuera de la euforia del campeonato.
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La anécdota también revela una característica de los íconos populares. La repetición no depende de que un objeto o un look cumpla con una idea consensuada de belleza. Puede nacer de la identificación, del juego y de la necesidad de parecerse por un rato a una figura admirada. En 2002, el peinado de Ronaldo Nazário ofrecía esa posibilidad con recursos mínimos: una máquina de cortar pelo, una franja frontal y una referencia compartida por millones de espectadores.
A 24 años de aquella Copa del Mundo, el flequillo permanece en la memoria colectiva junto con los goles de la final y la camiseta amarilla. El corte que nació para ocultar una preocupación médica terminó como una de las imágenes más reproducidas del fútbol y la cultura pop de comienzos de siglo. Su permanencia se apoya menos en una regla de estilo que en su capacidad para condensar una época, un torneo y la figura de un delantero que convirtió una distracción en emblema.