6 de septiembre, 2026 - 07h00
Ecuador recibe niveles elevados de radiación ultravioleta todo el año. Entender el índice UV permite identificar un riesgo que muchas veces no sentimos.
El sol emite tres tipos de radiaciones: la visible, la infrarroja (IR) y la ultravioleta (UV). La radiación visible es lo que comúnmente llamamos luz y, aunque la IR no la vemos, sentimos su calor en la piel. La UV, en cambio, no la vemos ni la sentimos. Por eso suele pasar inadvertida, especialmente en días frescos o nublados.
En Ecuador, el Inamhi reporta con frecuencia índices UV muy altos y extremos, generalmente más elevados en la Sierra. El índice UV nos ayuda a conocer el riesgo de daño en la piel y los ojos y qué tan rápido puede ocurrir. A partir de 3 debemos empezar a protegernos y desde 8 conviene reducir la exposición directa al sol. El pronóstico puede consultarse en su página web y en muchas aplicaciones del clima.
Es común recibir altas dosis de UV sin notarlo, el enrojecimiento aparece horas después, una vez que el daño está hecho. Ahí está parte del riesgo invisible: la UV puede dañar el ADN y otras estructuras celulares, provocar quemaduras y envejecimiento prematuro, lesiones oculares y aumentar el riesgo de cáncer de piel.
La atmósfera es nuestro principal protector natural. La capa de ozono de la estratosfera absorbe gran parte de la radiación UV antes de que llegue a la superficie. Desde el siglo pasado emitimos compuestos químicos con cloro y bromo que deterioraron esta capa, aumentando las radiaciones UV que recibimos actualmente. El Protocolo de Montreal (1987) impulsó la reducción de estas emisiones y está contribuyendo lentamente a la recuperación de la capa.
La intensidad de estas radiaciones también varía en distintos lugares del planeta y fluctúan a lo largo del día. Acostumbramos a pensar que debemos protegernos de la radiación UV principalmente cuando vamos a la playa. Pero Ecuador, por estar sobre la línea ecuatorial, está expuesto a niveles más elevados que otros países; y en la Sierra se suma la altitud que aumenta la intensidad de estas radiaciones.
Por eso, la protección no debería comenzar cuando sentimos que el sol está fuerte. Debemos revisar el índice UV y combinar medidas: protector solar con SPF 50, resguardarnos en la sombra, llevar sombrero de ala ancha y lentes de sol con protección UV y, de ser posible, usar ropa manga larga.
Pero nosotros no somos los únicos afectados por la UV. Estudios demuestran que también afecta a otros organismos, como los cangrejos y camarones, alterando su ciclo de desarrollo. Materiales como las pinturas, plásticos, cauchos y textiles se deterioran más rápido por la radiación UV. Sin embargo, la radiación UV no explica el calor urbano. Este depende de factores como el asfalto, el concreto, la falta de vegetación y la capacidad de edificios y calles para absorber y retener calor.
Sin el sol no habría vida en la Tierra tal como la conocemos. Él no es el problema, sino la exposición excesiva a una radiación que puede dejar huella en nuestra piel, nuestros ecosistemas y nuestras ciudades. Conocer el riesgo es la mejor forma de protegernos. (O)
*Docente de la Facultad de Ingeniería Marítima y Ciencias del Mar de la Espol.