
La afantasía se produce cuando una persona no puede crear imágenes mentales para “ver” cosas. “No se trata de una afección médica, un trastorno ni una discapacidad. Es una característica, como ser diestro o zurdo. Es simplemente una diferencia en el funcionamiento de la mente”, explica la Cleveland Clinic.
Un estudio reciente publicado en Scientific Reports halló que las personas con afantasía visual no solo difieren en su capacidad de imaginar cuando están despiertas, sino también en el contenido sensorial de sus sueños, una variación que puede ayudar a explicar cómo el cerebro genera experiencias conscientes y qué límites tienen tratamientos psicológicos y estrategias educativas basadas en la visualización.
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La investigación citada en un artículo en The Conversation, comparó a 84 personas con afantasía visual frente a 121 participantes sin esa condición. Entre estos últimos, el 37% dijo que nunca tuvo sensaciones de olor en los sueños y el 33% afirmó que nunca soñó con sensaciones táctiles.
El trabajo partió de una pregunta precisa: si una persona no puede formar imágenes mentales de manera voluntaria durante la vigilia, ¿esa limitación también aparece al dormir? La respuesta fue parcial. Los investigadores encontraron que, en muchos casos, las experiencias imaginadas en estado de vigilia y sueño parecen asemejarse, aunque no siempre.
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Los autores del estudio, Derek H. Arnold y Loren N. Bouyer, se describen como personas con afantasía visual. Ambos explican que no pueden imaginar voluntariamente escenas ni rostros al leer un libro, pero sus experiencias internas difieren en otros sentidos.
Arnold puede imaginar fragmentos de música de forma voluntaria, mientras que Bouyer tiene una mente silenciosa y ni siquiera puede imaginarse hablando. Ella sí puede evocar con viveza sensaciones de tacto, gusto y olfato, mientras que él no puede hacerlo.
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Esa diferencia también aparece en los sueños. Según The Conversation, Arnold tiene sueños visuales vívidos, con imágenes, sonidos y sensaciones de movimiento, pero sin tacto, gusto ni olfato imaginados. Bouyer, en cambio, no tiene sueños visuales ni auditivos.
Sus sueños, relataron, son siempre lúcidos: una conciencia continua de una historia que puede controlar, acompañada por una sucesión de sensaciones de textura y movimiento. A partir de esos contrastes, los investigadores plantearon que el repertorio sensorial de la imaginación despierta podía corresponderse, al menos en parte, con el repertorio sensorial de los sueños. Para poner esa hipótesis a prueba, el equipo utilizó medidas estándar de imaginación mental y diseñó instrumentos nuevos para comprobar la consistencia de las respuestas, entre ellos una medida de experiencias imaginadas cotidianas.
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El hallazgo central fue que las personas con afantasía tendían a informar experiencias similares cuando soñaban y cuando imaginaban despiertas. Aun así, el estudio también identificó diferencias marcadas: algunos participantes con afantasía declararon de forma consistente que no existía ninguna correspondencia entre ambos estados.
Ese resultado interesa a los científicos porque toca un debate de fondo sobre la afantasía. Una de las hipótesis sostiene que muchas personas con esta condición sí tienen cerebros capaces de generar experiencias imaginadas, pero que durante la vigilia falla algún proceso neuronal necesario para que esas sensaciones lleguen a la conciencia.
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En esa interpretación, una persona podría visualizar sin saberlo. La nueva investigación sugiere otra posibilidad: que algunas personas con afantasía sí puedan generar toda la gama de sensaciones soñadas, mientras que otras simplemente no puedan producir ciertos tipos de sensación imaginada ni despiertas ni dormidas.
Los autores señalan que hará falta más investigación para distinguir entre esas explicaciones.

La investigación no se limitó a las personas con afantasía. También examinó a participantes sin esa condición y encontró una variabilidad amplia en el contenido sensorial de los sueños, con especial dispersión en el olfato y el tacto.
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Además, muchas personas dijeron no estar seguras del contenido de sus sueños. Esa incertidumbre, según el estudio, sugiere que incluso dentro de la población general existen combinaciones muy distintas de sensaciones soñadas.
El trabajo también encontró indicios de una relación entre los sueños y la imaginación en la vida diaria. Por ejemplo, quienes suelen experimentar olores en sus sueños tenían más probabilidades de informar que imaginan el olor de la comida cuando piensan en la cena mientras están despiertos.
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Según la publicación, ese vínculo refuerza la idea de que no todas las personas cuentan con el mismo conjunto de sensaciones imaginadas. Algunas informan experiencias olfativas intensas; otras dicen no tenerlas nunca.
Los investigadores sostienen que comprender esas diferencias podría aportar pistas sobre la estructura, el funcionamiento y la conectividad del cerebro humano. También señalan implicancias prácticas: las visualizaciones figuran entre los tratamientos psicológicos más utilizados y todavía no está claro si las personas con afantasía pueden beneficiarse de intervenciones basadas en imágenes mentales.
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El estudio también abre preguntas para la educación. Los docentes suelen pedir a los niños que visualicen conceptos, escenas o problemas, pero aún no se sabe qué proporción de ellos no puede hacerlo.