De mis notas

Cada año es récord histórico, gastando más y haciendo menos.

Confieso que escribir esta columna se vuelve pesado a veces. Desde el mundo de las ideas, uno propone menús temáticos y soluciones con alguna lógica. Pero llega un punto en que resulta incómodo repetir, una y otra vez, la misma noción enferma.

Todos los días las noticias nos estrellan contra el mismo contenido, como un replay interminable de problemas idénticos. El Presupuesto general llega cada año con la misma cara. Puede cambiar el número, el ministro o el eslogan; lo que no cambia es la rutina: se anuncia el Presupuesto más alto de nuestra historia y, entre más gastamos, menos vemos.

El proyecto para 2027 podría rondar Q190 mil millones. Si así llega al Congreso y se aprueba, será otra cifra de récord histórico. Todos los años son históricos. ¿Y de qué sirve semejante montaña de dinero, si el Estado no puede convertirla en carreteras, puentes, hospitales, agua o escuelas que funcionen? Estamos cansados de la foto de la primera pala y de la obra que estará antes de que se seque el cemento.

Esto no es un señalamiento mal humorado. En 2025, el propio CIV tuvo que crear un plan de viabilización para rescatar obras detenidas e inconclusas y analizar 669 proyectos de infraestructura. Una investigación reciente de La Hora documentó nueve proyectos viales con más de Q800 millones ya pagados: ninguno terminó en el plazo contractual; algunos ni siquiera habían comenzado y otros quedaron abandonados. Adjudicar, pagar y dejar a medias: esa es nuestra especialidad. Sigue el Mateo Flores parado y el aeropuerto de San José.

La deuda también preocupa. Ya se reservan Q22 mil millones para darle servicio. Eso es una cifra enorme, aunque la comparemos con otros países endeudados. Cada quetzal comprometido allí es un quetzal menos para tapar un agujero, reparar una escuela o llevar agua potable a una comunidad olvidada.

Cuántos economistas, analistas y expertos han repetido la misma cantaleta: Guatemala padece un problema sistémico. Y todos los años nos obligan a caer por el mismo precipicio, empujados por leyes que ellos mismos aprueban contra el sentido común y contra la ciudadanía.

Con 120 votos se podría cambiar mucho. Hablo de arreglar el Presupuesto y su ejecución para siempre. Con solo poner reglas que vuelvan el Presupuesto un recurso para ejecutar obras y no un botín opaco para robar. Una ley podría obligar a que, a partir de ciertos montos, las licitaciones tengan gerencias técnicas independientes, verificación externa y publicaciones completas sobre costo, avance, calidad y plazo. ¡Pero nunca lo harán!

Se acabaría el reino de empresas de primos, con portafolios absurdos y experiencia en tortillerías o venta de huevos. Se acabaría buena parte de tramitología que sirve para pedir mordidas, y del burócrata que no está para facilitar, sino para joder, limitar, estorbar e impedir el desarrollo de proyectos.

Perdónenme si aquí se asoma la mitad de mi hígado, mezclada con una buena dosis de ira reprimida. Pero es que cada año caemos en la misma espiral absurda: presupuestos de Q190 mil millones o más, obras inconclusas, robaderas, despilfarros y un país lleno de necesidades insatisfechas aunque se tengan los fondos.

Lamento admitirlo: estamos jodidos con esta clase politiquera. No cambiará por que llegue otro a este circo llamado proceso electoral, aunque se vista de Mahatma Gandhi.

Tenemos un cáncer llamado sistema. Mientras no cambiemos las reglas que permiten capturar contratos y repartir favores, seguiremos gastando más y recibiendo menos.

¡Denle viaje! ¡Rompan la piñata otra vez!