Los brasileños acudirán a las urnas en menos de dos meses para elegir a su próximo presidente. ¿Qué es lo que más preocupa a los 159 millones de votantes del país? La delincuencia, el narcotráfico y la corrupción. También les inquietan la economía, la inflación, la atención médica y la educación, los típicos asuntos cotidianos de las elecciones en casi todas partes.

Lo que no les preocupa demasiado es la política exterior. Así que, mientras Estados Unidos y Argentina intenten convertirla en un tema electoral respaldando al candidato de derecha Flávio Bolsonaro, todo indica que el último gran ícono de la izquierda latinoamericana, Luiz Inácio Lula da Silva, de 80 años, se encamina a un cuarto mandato récord.

Los presidentes de Estados Unidos y Argentina, Donald Trump y Javier Milei, respectivamente, estarían encantados de ver a Flávio, el hijo mayor del condenado expresidente Jair Bolsonaro, liderar un giro hacia la derecha en el país más grande de América Latina, consolidando el cambio ideológico de la región y dejando a México y Uruguay como los últimos grandes bastiones de la izquierda.

Aunque nadie sabe con certeza qué impacto tendrá la presión extranjera sobre los votantes de Brasil, es probable que sea escaso o nulo. Es cierto que algunos votantes están preocupados por el conservadurismo, el extremismo, la polarización política y, en menor medida, por amenazas externas como las guerras o el terrorismo. Pero nada más.

Es difícil imaginar que algún votante independiente o de izquierda se incline por Bolsonaro debido a esta injerencia poco sutil de EU y Argentina. En junio, la encuestadora Datafolha determinó que casi dos tercios de los votantes serían indiferentes ante un respaldo de Trump a un candidato en la contienda. En todo caso, es Lula quien podría beneficiarse de la reacción nacionalista que probablemente provoquen las acciones de Trump y Milei. Lula no ha perdido tiempo en presentar la elección como una lucha por la soberanía de Brasil, e incluso ha atacado al secretario de Estado de EU, Marco Rubio. “Es antilatinoamericano, o un latinoamericano frustrado”, dijo Lula la semana pasada sobre el hombre ahora conocido como el virrey de Venezuela.

Trump impuso el mes pasado algunos de sus aranceles comerciales más severos a Brasil, coronando un año de medidas punitivas contra la mayor economía del continente después de EU. El episodio deterioró aún más las relaciones entre Brasilia y Washington. Mientras tanto, Brasil dio el paso histórico de reducir al mínimo sus relaciones diplomáticas con Argentina. Sin duda, si Bolsonaro, de 45 años, tiene alguna posibilidad de ganar, no será gracias a la ayuda externa; será por el evidente cansancio de los brasileños con el Partido de los Trabajadores de Lula, sus numerosas debilidades y el prolongado giro del país hacia el conservadurismo.

Los Bolsonaro nunca han sido conocidos por su astucia táctica ni por su disciplina estratégica, lo que quizá explique por qué han apostado fuerte por conseguir que gobiernos extranjeros inclinen la contienda a su favor. Incluso invitaron a Milei como figura principal de la convención de su partido, donde el argentino lanzó una andanada de insultos contra Lula. Más allá de entusiasmar a su base más ideológica, Flávio ha tenido dificultades para explicar cómo algo de esto beneficia a los brasileños comunes. El espectáculo puede haber perjudicado al senador al desviar involuntariamente la atención de un escándalo interno que empieza a tomar forma y que involucra al hijo de Lula.

Bolsonaro es un candidato débil. Tiene dificultades para conectar con las votantes mujeres, es propenso a cometer errores por cuenta propia, tiene problemas para construir alianzas con otros partidos de derecha y carga con antecedentes que incluyen una grabación filtrada en la que pide dinero al desacreditado banquero Daniel Vorcaro para hacer una película sobre su padre, quien cumple una condena de 27 años bajo arresto domiciliario por conspirar para dar un golpe de Estado. (Flávio ha negado haber cometido irregularidades).

A esto se suman las dificultades que ha tenido para encontrar un compañero de fórmula. Sin embargo, Bolsonaro sigue apenas cinco puntos por detrás de Lula en escenarios simulados de segunda vuelta, según una encuesta de Genial/Quaest publicada la semana pasada. Los mercados de predicción asignan a Lula más de 60 por ciento de probabilidades de ganar.

No hay que olvidar que esto es Brasil, un país donde la política parece una telenovela, y la segunda vuelta del 25 de octubre aún está lo suficientemente lejos como para que cualquier cosa pueda ocurrir de aquí a entonces y cambiar la opinión de los votantes. Envalentonado por una serie de victorias electorales de la derecha en América Latina desde su regreso al poder en 2025, es posible que Trump redoble sus esfuerzos para influir en las elecciones de Brasil. Después de todo, los brasileños no están precisamente entusiasmados con sus opciones: Lula tiene una tasa de rechazo de 49 por ciento frente al 53 por ciento de Bolsonaro, mientras otros candidatos tienen dificultades para ganar terreno.

La realidad es que Brasil está atrapado entre dos opciones que distan de ser ideales, pero la decisión corresponde a los votantes y no a actores externos con agendas que quizá no respondan a los intereses de los brasileños.