La relación entre las personas y los animales de compañía nunca había sido tan estrecha ni había recibido tanta atención como en la actualidad. Sin embargo, esa cercanía no significa que valoremos por igual a todas las especies con las que convivimos. Mientras que los perros y los gatos suelen ocupar un lugar privilegiado en el imaginario colectivo, otros animales como roedores, reptiles, peces, anfibios o los invertebrados continúan rodeados de prejuicios sobre su capacidad para aprender, sentir y establecer vínculos con quienes los cuidan.
Esa diferencia de percepción no es solo una cuestión cultural, sino que también puede tener consecuencias directas sobre el bienestar de millones de animales, ya que las creencias que mantenemos acerca de su inteligencia o su capacidad para sufrir condicionan el tipo de cuidados que reciben, la atención veterinaria que se les presta e incluso las políticas de protección que se desarrollan para cada especie.
En el año 2024, un estudio publicado en Applied Animal Behaviour Science analizó cómo percibe la población las capacidades cognitivas y emocionales de distintos animales destinados al mercado del mascotismo. Sus conclusiones muestran que seguimos juzgándolos en función de lo parecidos que nos resultan a nosotros, una tendencia conocida como escala filogenética, que sitúa a los mamíferos en la cima de nuestras simpatías y deja muy por detrás a los reptiles, los anfibios, los peces e invertebrados, pese a que la evidencia científica sobre la sensibilidad animal ha avanzado enormemente durante los últimos años.
Atribuir inteligencia por semejanza
Para realizar el estudio, los investigadores recopilaron las respuestas completas de 734 personas, que valoraron distintos animales de compañía según cinco aspectos: memoria, aprendizaje, inteligencia, capacidad para crear vínculos con sus cuidadores y capacidad para sufrir. La lista incluía mamíferos como perros, gatos, conejos y cobayas, aves, reptiles, anfibios, peces e incluso invertebrados como las tarántulas, los insectos palo y los caracoles gigantes africanos.
Los resultados siguieron un patrón muy definido y los mamíferos obtuvieron las puntuaciones más altas en prácticamente todas las categorías, seguidos de las aves, los reptiles, los anfibios, los peces y, finalmente, los artrópodos.
Los autores explican que esta tendencia responde a un sesgo profundamente humano, que consiste en que cuanto más similar a nosotros mismos nos parece un animal, más fácil nos resulta interpretar su comportamiento, reconocerle emociones o atribuir capacidades mentales complejas. En cambio, especies con formas de comunicarse muy distintas a las nuestras suelen percibirse como más simples, aunque la investigación científica no respalde esa idea.
Cuánto creemos que pueden sufrir
Uno de los hallazgos más llamativos fue la estrecha relación entre la inteligencia que atribuimos a un animal, la capacidad que creemos que tiene para sufrir y nuestra percepción de que puede establecer un vínculo emocional con las personas.
En otras palabras, cuanto más inteligente consideraban los participantes a una especie, mayor era también la importancia que le concedían a su bienestar emocional y físico.
Esta asociación preocupó a los investigadores porque puede provocar que determinados animales reciban peores cuidados simplemente por una percepción equivocada. Si una persona cree que un reptil, un pez o un invertebrado apenas siente o no desarrolla ningún tipo de relación con quien lo cuida, es más probable que subestime sus necesidades ambientales, de salud y de enriquecimiento.
Paradójicamente, la ciencia lleva años acumulando evidencias sobre las capacidades cognitivas de numerosos grupos animales. Existen trabajos que describen procesos de aprendizaje, memoria espacial, resolución de problemas y comportamientos complejos en peces, en reptiles, en anfibios y por supuesto en distintos invertebrados.
Los grandes olvidados
En el estudio se detectó que los participantes apenas diferenciaban entre peces y anfibios cuando valoraban su capacidad para aprender, crear vínculos o sufrir.
Según los autores, esto podría deberse a que las especies acuáticas resultan especialmente difíciles de interpretar para los seres humanos. Su comportamiento nos resulta menos familiar y las oportunidades de interacción cotidiana son mucho menores que con otras especies como perros o gatos, lo que favorece que sus capacidades pasen desapercibidas.
Esta falta de conocimiento puede traducirse en tanques poco adecuados, enriquecimiento ambiental insuficiente y una atención veterinaria especializada en exóticos limitada, problemas que distintos especialistas vienen señalando desde hace años en muchas especies mantenidas como animales de compañía.
El sufrimiento se reconoce, pero con matices
Si sirve de consuelo, no todo son malas noticias en las conclusiones extraídas del estudio. Independientemente del grupo zoológico al que perteneciera cada animal, la capacidad para sufrir fue el aspecto que recibió las puntuaciones más altas. Es decir, incluso en especies que cuentan con poca simpatía socialmente, la mayoría de las personas participantes reconoce que pueden experimentar dolor y malestar.
Sin embargo, esta percepción tampoco fue del todo uniforme. Mamíferos y aves siguieron obteniendo puntuaciones muy superiores a reptiles, anfibios, peces e invertebrados, lo que refleja que todavía existen diferencias importantes entre lo que la evidencia científica conoce y lo que buena parte de la sociedad cree.
Los investigadores recuerdan que declaraciones científicas como la Declaración de Nueva York sobre la Conciencia Animal, publicada en 2024, respaldan que todos los vertebrados y numerosos invertebrados pueden tener experiencias subjetivas, incluyendo sensaciones como el dolor, la angustia, el placer y el miedo.
La influencia de nuestro pensamiento en el cuidado
Aunque este trabajo no evaluó directamente la calidad de los cuidados que recibe cada especie, sus autores señalan que existe abundante literatura científica que relaciona las percepciones humanas con las decisiones de manejo y bienestar. Cuando un animal se considera inteligente o emocionalmente complejo, es más probable que reciba más atención veterinaria, enriquecimiento ambiental, estimulación mental y un mayor esfuerzo por comprender su comportamiento.
Por el contrario, las especies consideradas simples viven en instalaciones poco apropiadas, con escasas oportunidades para expresar conductas naturales y sin que sus necesidades específicas sean correctamente identificadas.
Es importante que no entendamos esto solo como un problema doméstico, puesto que estas percepciones también influyen en el desarrollo de políticas públicas, de las normativas de bienestar animal y de las campañas de conservación, ya que la empatía social suele ser mayor hacia aquellas especies con las que sentimos una conexión más inmediata.
Comprender mejor a todas las especies
Para los especialistas, reducir esta brecha entre el conocimiento científico y la percepción pública debería convertirse en una prioridad para mejorar el bienestar de todos los animales de compañía. Divulgar lo que hoy se sabe sobre las capacidades cognitivas y emocionales de reptiles, anfibios, peces e invertebrados podría favorecer cuidados más ajustados a sus necesidades y contribuir a que dejen de verse como animales de segunda e incluso tercera categoría.
La inteligencia, la capacidad para aprender y la posibilidad de establecer relaciones afectivas no siempre se expresan de la misma manera que lo hacen en un perro o un gato. Precisamente ahí reside uno de los principales retos, el de aprender a interpretar otras formas de sentir y de relacionarse con el mundo sin que utilicemos al ser humano como la única medida de comparación válida.
Referencia:
- All is not equal: Public perception of cognitive abilities, suffering and emotional attachment in different pet species. Anna Wilkinson, Oliver H. P. Burman y Agnese Crisante. Applied Animal Behaviour Science (2024)