La despedida llegó para Oscar González Oro con señales y rasgos muy distintos a los de una vida pública marcada por la notoriedad y el contacto directo con una audiencia masiva a través de la radio, el medio que le permitió convertirse en uno de los conductores más escuchados de las últimas décadas.
El contraste quedó a la vista en los últimos años, sobre todo desde que decidió radicarse en Uruguay y tomar distancia de la vida pública, encaminándose por propia voluntad a un virtual retiro. Ese último tramo, caracterizado por la discreción y la reserva, quedó en las antípodas de la personalidad que todos le conocieron durante sus años de reconocimiento popular frente al micrófono.
El Oscar González Oro que vimos y sobre todo escuchamos fue una figura casi siempre encendida, verborrágica, amiga de las polémicas y protagonista de algunas expresiones y episodios poco felices de agresividad e intolerancia. Grandes figuras del espectáculo local lo reivindicaron en ese tiempo de éxitos constantes desde la amistad y la confianza. Y tampoco escatimaron elogios hacia lo que mejor sabía hacer: conducir un programa de radio.
En ese medio estuvieron sus máximos logros profesionales. Entre ellos conducir durante un tramo significativo de nuestro pasado reciente el programa más escuchado de toda la radio argentina. Desde 1999 y durante casi toda la década y media siguiente, El oro y el moro fue dueño indiscutido del segmento horario de mayor audiencia de la radiofonía, la segunda mañana.
Ese triunfo fue el resultado de una vocación tardía y el empuje decisivo de algunas figuras muy notorias. Nacido en la ciudad de Mendoza el 16 de octubre de 1951 como Oscar Mario González Oro, se encontró con su primera experiencia en la radio en 1989, en Pinamar. Llegó a la FM Playa Verde con poco entusiasmo, pero a la vez con el recuerdo fresco de un consejo ocasional que le había dado años atrás Cacho Fontana, cliente de la agencia de viajes familiar en la que González Oro trabajaba.
“Mi familia tenía empresas y una de ellas era una agencia de viajes muy grande, con una casa de cambio. Para mí Cacho era un semidios en ese momento, le gustó mucho mi voz y me decía: ‘Vos tenés que estudiar locución’, y me quedó la idea dando vueltas...”, le dijo en 2009 al diario mendocino Los Andes. Por entonces, Gonzalez Oro ya estaba en Buenos Aires, donde se trasladó su familia cuando él tenía 11 años. Su padre, funcionario del Banco de Mendoza, fue trasladado cuando se abrió la sucursal porteña de la entidad.
Antes de instalarse en Pinamar para empezar a cumplir con lo que sería su vocación definitiva, González Oro estudió fugazmente teatro junto a Lito Cruz, Héctor Bidonde y Augusto Fernandes y dejó la carrera de Derecho cuando sólo le faltaban tres materias para recibirse. Del éxito de Pinamar saltó a Radio del Plata, en tiempos en que Alberto Veiga construyó allí una formidable programación integrada también, entre otros, por Fernando Bravo, Alfredo Leuco y Luis Garibotti.
Seis años después llegó a la Radio 10 que Daniel Hadad estaba armando y se convirtió con el tiempo en líder de audiencia. Allí arrancó en 1999 la etapa más exitosa de su carrera, desde la cual entregó su imagen definitiva. Hábil como pocos para manejar el discurso y los tiempos de la radio, acompañó su talento innato para el medio con un mensaje casi siempre enfático y con definiciones tajantes, a veces al borde de lo demagógico, sobre temas de enorme sensibilidad para los oyentes, sobre todo relacionados con la inseguridad. Alternaba frases que en su voz se hicieron muy populares como el “dale gas...” con comentarios de tono subido, y debió enfrentar más de un problema por los excesos de algunos comentarios. El más notorio ocurrió en 2005, cuando debió disculparse públicamente ante la colectividad boliviana luego de hacer por radio un comentario despectivo sobre el modo en que las mujeres daban a luz a sus hijos en ese país.
Cinco años antes, en 2000, también ganó notoriedad una pelea a la vista de todos en el estudio de Radio 10 con su entonces columnista Eduardo Feinmann, a quien sacó de su silla con una trompada y un empujón luego de discutir por una entrevista. “Yo acostumbro a involucrar cuestiones personales en lo que digo”, solía afirmar. Se cuenta, además, que una vez llevó un arma de fuego y la puso en el escritorio de su estudio mientras hacía un editorial sobre la inseguridad.
La exitosa continuidad que alcanzó en la radio no tuvo correspondencia en la televisión. No le faltaron oportunidades para lucirse, pero casi todas se caracterizaron por la fugacidad. Su primera experiencia fuerte en la pantalla chica fue Posdata, un ciclo de diálogos intimistas (la especialidad de González Oro) junto a Marcela Tinayre, que no tardó en enemistarse con su coequiper y dejar el ciclo.
Después, en 2001, condujo durante poco tiempo uno de los informativos de América. Oro en casa, La Argentina de Oro, Cotidiano y Los unos y los otros marcaron una historia televisiva que en su caso nunca llegó a alcanzar (y mucho menos igualar) la repercusión de sus mensajes radiofónicos.
En 2006 festejó las 2000 emisiones de El oro y el moro, que permaneció en Radio 10 hasta poco después de que Cristóbal López le comprara la radio a Hadad. Luego de la investigación de LA NACION que reveló la evasión de impuestos del holding de López, González Oro renunció a la radio. Pasó por La Red, volvió fugazmente a la 10 sin la repercusión de antaño y finalmente inició este año una nueva etapa en Rivadavia que se interrumpió por sus problemas de salud.
Amigo y sostén público en su momento de la candidatura presidencial de Daniel Scioli, se propuso en un momento sin mucha suerte incursionar en el canto y hasta llegó a escribir un libro semiautobiográfico (Radiografía de mi país) que anticipaba los lamentos y las penas sobre la situación política de las que solía hablar en algunas de sus últimas apariciones públicas y posteos en redes sociales.
Esta última vía se fue convirtiendo de a poco en su medio de comunicación predilecto. Allí solía compartir textos con su firma cargados de clisés sentimentales en los que describía sus sueños frustrados con relación al futuro de la Argentina y compartía reflexiones surgidas de su estado de ánimo y los sentimientos que le costaba esconder.
Ya fuera del micrófono y encaminándose hacia un alejamiento total de los medios que terminó de concretarse en 2023, después de un muy fugaz intento de regreso a la televisión, empezó hablando de su soledad, siguió con el estrés y finalmente, en mayo de 2016, reconoció su homosexualidad.
Antes había estado casado poco tiempo y de esa unión nació su único hijo, Agustín. Y también, “por circunstancias de la vida” terminó criando a su sobrino Pablo. “En la radio no perdí la alegría, pero en la vida probablemente sí”, le confesó a LA NACION en enero de 2014, cuando ya había elegido no esconder ninguno de sus sentimientos, hasta que eligió despedirse lejos de los espacios y los lugares que le dieron un nombre para el gran público.
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