
9 de septiembre, 2026 - 00h02
He vuelto a ver la película de Christopher Nolan basada en la Odisea de Homero. Quise olvidarme de los mares de tinta desatados por detractores e incondicionales que también parece surcar el ingenioso y atormentado héroe. Ha sido enriquecedor tantos puntos de vista. Pero había que aparcarlos un momento. Más bien quería corroborar y detenerme en imágenes o situaciones de la película, lo que me dice a mí como espectador, y acaso descubrir algo que pasó sin darme cuenta. Por supuesto, quería ver la escena del contacto con el inframundo, la que me subyugó junto con la escena de las sirenas. Odiseo hace el sacrificio de sangre y asoman Tiresias, el profeta ciego que le advierte los peligros del viaje; Agamenón, que relata la traición a su regreso de Troya y que funciona como prefiguración de lo que le podría esperar a Odiseo en Ítaca, y finalmente Sinón, que en realidad es un personaje de la Eneida de Virgilio, y que funciona para desatar el sentimiento de culpa de Odiseo por las muertes de sus hombres en la guerra y no haberles dado sepultura. Es el único momento donde aparece de manera intensa lo fantástico del más allá pero, curiosamente, tiene un gran peso realista. Y esta cualidad es la que me sorprende en el tratamiento de la película: el mundo de los dioses no invade con su milagrería una realidad vasta e inmanejable. No hay dioses en Nolan. Y quizá en eso debería quedar el recuerdo de esta película, como lo que es, no una versión aplicada o transcrita de la obra milenaria de Homero, sino el trasunto de nuestro tiempo.
No hay dioses, pero hay sirenas. Solo que tampoco se las ve, y no las escuchamos. El momento en el que en la película Odiseo queda atado al mástil de su embarcación, el audio se embota como si todos los espectadores nos hubieramos puesto cera en los oídos y avanzáramos seguros en ese paso de terror de las sirenas. Solo sabemos de ellas y de lo que dicen por el retorcido gesto de dolor y desgarro que tiene Odiseo en un primer plano dramático que, aparentemente, no tiene consecuencias. Aquí se trastoca lo que dice el texto original de Homero, donde las sirenas prometen el conocimiento absoluto del mundo, que acarrea la muerte. Las sirenas tienen a su alrededor pilas de huesos de los hombres que cedieron a sus cantos. Mientras que para Nolan, la revelación de las sirenas es estrictamente de la experiencia personal sobre arrepentimientos, la culpa y los deseos reprimidos de quien las escucha. Se revela un saber individual, como si escucharan el relato de sus vidas. Comprendí ahora que Nolan ha traspuesto otra escena de la Odisea, que no aparece en la película, y es cuando en el banquete en la corte de los feacios, Odiseo escucha al poeta Demódoco contar la peripecia de la guerra de Troya en la que se habla de él. Odiseo, al reconocerse, llora, y se cubre el rostro con un manto púrpura. Gran diferencia entre sirenas y musas. La musa ayuda al olvido del dolor gracias a la mediación formal de los cantos y a su conocimiento parcial, mientras que las sirenas, al dar el conocimiento total, producen la muerte. Quizá esto representa que en nuestro tiempo se ha reemplazado el relato colectivo como catarsis por un aislamiento y trauma individual de alta tortura psicológica. De las sirenas en sí mismas, no vemos prácticamente nada en la película. Como si no fuera necesario. Odiseo, el polytropos, el hombre de multiforme ingenio del que habla Homero, es, por encima de todo, alguien que aprende de un mundo demasiado vasto para su condición mortal. No es menor que Penélope, entre tantos pretendientes, espere el retorno de un hombre que conoce el mundo.
En Nolan las sirenas sirven para ahondar la naturaleza humana atormentada. Y esto quizá es lo más logrado de la película: la errancia del héroe y las peripecias de alguien abandonado por los dioses pero que observa y comprende el mundo. Porque así empieza la Odisea, describiendo a un héroe que ve y comprende el mundo que lo rodea cuando lo empieza a dejar atrás. Odiseo descubre lo que ha hecho a medida que regresa y abarca la naturaleza de su mundo. El resto de la película son giros que inevitablemente apelan a la cultura de Occidente y a los grandes poderes fácticos que hacen sus respectivos caballos de troya para franquear muros y destruir culturas. Proyección culpable de las culturas imperiales y bélicas que se acercan a todos los pueblos del mundo y, con estratagemas, las expolia.
Odiseo viaja entre el olvido hipnótico al que lo somete Calispo y el saber total que tampoco le conviene. Este giro cognitivo es el que llama la atención en la interpretación de Nolan, porque lo acentúa y remarca. Y en medio de este vaivén perceptivo, un detalle que me resultó revelador: el perro Argos. Creo que aquí se centra un indicio relevante de la película. Porque el Argos de Nolan es un perro cualquiera, chusco, realista, que espera años a su dueño, y al que reconoce con un sencillo movimiento de la cola. No es necesario ver más.
Algo de expiación hay en esta película, y si tenemos en cuenta que el conocimiento es fundamental para el director, veremos que el conocimiento es lo que le importa, tal como ocurre en Memento (la puja entre la desmemoria y el recuerdo) e Interstellar (la incertidumbre del futuro a la que nos abre la exahustiva curiosidad humana). Con la Odisea de Nolan, tenemos otro caso más de la fuerza de los clásicos, siempre que sean reinterpretados, incluido el riesgo de la parcialidad y la distorsión. Esa es la facultad dominante de un clásico: dirán lo que quieran sobre él, lo manipularán, lo denostarán, no se sabrá su verdad final, siempre conjetural, pero gracias a este vaivén politrópico entre mil formas oscilantes, sigue vivo y revela nuevas verdades. (O)