
En el invierno europeo de 1987, el mundo contenía el aliento ante Guerra Fría y las atrocidades del régimen del apartheid en Sudáfrica. En ese contexto de asfixia ideológica, una mujer menuda, de mirada afilada y palabra precisa, visitó España en una gira internacional. Su nombre era Nadine Gordimer. Al ser interrogada por la prensa sobre los modernos mecanismos de control, dijo: “El arte es la única fuerza capaz de reconquistar al ser humano sometido al poder político o a la tecnología”.
Aquella sentencia, lejos de envejecer, se lee hoy como un editorial urgente para nuestro presente. No fue un eslogan al pasar, sino la decantación de una vida entera dedicada a la resistencia intelectual. ¿Qué significaba “reconquistar” al ser humano en 1987 y qué significa hoy, en plena era de la inteligencia artificial y la polarización algorítmica?Vayamos al contexto: cuando la escritora sudafricana pronunció esta frase, se encontraba en uno de los períodos más prolíficos y complejos de su carrera.
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Acababa de publicar su monumental novela Un capricho de la naturaleza (1987) y ya trabajaba en los borradores de La historia de mi hijo (1990). Venía, además, de sufrir la censura sistemática de sus obras cumbre: la desasosegante distopía La gente de July (1981) y la desgarradora crónica política La hija de Burger (1979). En aquellos años, el gobierno racista de Pretoria utilizaba un imponente aparato tecnológico y comunicacional para deshumanizar a la mayoría negra y adoctrinar a la minoría blanca.
Nadine Gordimer veía con alarma cómo el poder político se valía de las herramientas modernas no para liberar, sino para anestesiar la empatía. Sus libros de esa década exploraban precisamente ese nudo ciego: cómo los individuos pierden su subjetividad, su capacidad de juzgar el bien y el mal, cuando quedan atrapados en los engranajes del Estado o en la comodidad de la propaganda. En ese sentido es que la vigencia de la frase de Gordimer radica en su doble blanco: el poder político y la tecnología.
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Para la autora, ambos elementos —poder político y tecnología— comparten una tendencia peligrosa: la homogenización. La política de masas y la tecnología tienden a tratar al ser humano como una cifra, un voto, un consumidor o un dato estadístico. Frente a esto, postula al arte no como un mero entretenimiento, un decorado de salón o una evasión burguesa, sino como un acto de “reconquista”. El arte devuelve la soberanía al individuo porque recupera la complejidad, la contradicción y el matiz.
Allí donde la tecnología ofrece respuestas rápidas y automatizadas, y la política exige consignas cerradas, una novela de Gordimer o un cuadro de Gerard Sekoto obligaban al espectador a detenerse, a dudar y a mirar el rostro del “otro”. Reconquistar significa, en este sentido, arrancar al sujeto de la corriente de la desensibilización masiva. Esta idea no solo resume su pensamiento, sino que es su piedra angular. Cuatro años después de aquella frase, en 1991, la Academia Sueca le otorgó el Nobel de Literatura.
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En su discurso de aceptación, titulado Escribir y ser, la autora volvió exactamente sobre el mismo concepto: la literatura es una acción que explora el estado del ser humano en el mundo, una búsqueda de la verdad que ningún sistema político puede tolerar del todo porque la verdad artística es esencialmente libre y fragmentaria. Para la escritora sudafricana, el compromiso del artista no consistía en escribir panfletos partidarios, sino en mantener una honestidad brutal con su tiempo.
En el siglo XXI, el poder político está atrapado entre sesgos de autoconfirmación, mientras que la tecnología ya no es una distopía futurista, sino el encierro cotidiano de millones en el scroll infinito de una pantalla. Cuando el algoritmo decide qué pensamos y el poder político define a quién debemos odiar, abrir un libro, contemplar una obra de teatro o escuchar un disco complejo deja de ser un acto de ocio. Es, legítimamente, una declaración de guerra. Una reconquista de nuestra propia humanidad.
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Nadine Gordimer nació el 20 de noviembre de 1923 en Springs, una pequeña ciudad minera cercana a Johannesburgo, en una familia de inmigrantes judíos. De formación marcadamente autodidacta debido a una supuesta afección cardíaca infantil que la mantuvo alejada de la escolarización tradicional, comenzó a escribir relatos desde muy joven, publicando su primer cuento a los quince años. A lo largo de su vida, combinó literatura con activismo político en contra del régimen de segregación racial en su país.
Se afilió al entonces prohibido Congreso Nacional Africano (ANC) y forjó una estrecha amistad con líderes fundamentales de la resistencia como Nelson Mandela y Albert Luthuli, convirtiéndose en una de las voces blancas más críticas y vigiladas por el gobierno de Pretoria. Su vasta producción incluye más de una docena de novelas y numerosas colecciones de relatos breves que retratan las fisuras morales y las tensiones psicológicas de la sociedad sudafricana.
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Entre sus obras destacan El conservador (1974, ganadora del Premio Booker), La hija de Burger (1979) y La gente de July (1981), estas dos últimas prohibidas temporalmente por la censura estatal. En 1991, su impecable trayectoria fue reconocida internacionalmente con el Premio Nobel de Literatura, siendo la primera mujer africana en recibir el galardón. Falleció en su residencia de Johannesburgo el 13 de julio de 2014, a los 90 años, consolidada como faro ético y literario.