Con el tiempo, y a medida que la música se ha ido volviendo más similar entre sí, hemos perdido el placer por contar historias a través del videoclip. Lo que en su día fue todo un género audiovisual (que crió a cineastas como David Fincher o Michael Bay), ahora se ha convertido, con sus excepciones, en un mero e incesante bailoteo, consciente de que su única función es aparecer de fondo en Spotify en bucle mientras suena la canción. 'Motor City' viene a reivindicar que la música puede ser el centro y clave de una historia. No consigue que el experimento sea perfecto, pero vas a salir del cine con una playlist maravillosa en tu cabeza.

Sería terrible vivir sin música

David Bowie, Fleetwood Mac, Donna Summer, The Moody Blues... Si lo que pretendía Potsy Ponciroli, su director, era convencernos de su buen gusto musical, lo ha conseguido con creces. 'Motor City' está plagada de temazos que se alejan notablemente de las canciones más típicas e imbuyen a la cinta de un tono especial. El problema es que ese es el mecanismo narrativo principal: en su intento por hacer algo original, la película apenas tiene diálogos, dejando que sea la banda sonora la que lleve la trama en un jukebox glorificado.

La idea no es original (ahí tenemos a John Woo con 'Noche de paz', que lo hizo mucho mejor) pero sí muy llamativa, atreviéndose a innovar en el género de la acción canalla y cipotuda. Sin embargo, la gran novedad del primer acto pasa muy rápidamente a convertirse en una molestia y una distracción. Mientras el guion trata de contarnos la triste historia de desamor y venganza de su protagonista, un fantástico Alan Ritchson, es normal disociar y centrarse exclusivamente en su estilo narrativo. Al final, parece que alguien tiene la música tan alta que nos impide ver una película, y más allá del experimento, no hay mucho más de donde tirar.

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Si tu novedosa idea no tiene un motivo real para estar contada así, lo que queda es un increíble envoltorio de la nada más absoluta. Durante toda su proyección estuve esperando ese momento de iluminación que me convenciera del todo, una escena de acción tremenda con la cámara moviéndose a sus anchas y violencia cafre a ritmo de rock'n'roll setentero. Sin embargo, nunca llega: el mejor momento de la película aparece al inicio de la misma, como si fuera un vídeo de TikTok con prisas para darte lo mejor al empezar e intentar que aguantes el resto como buenamente puedas. Ese auto-conocimiento de sus puntos fuertes no exime a 'Motor City' de sus errores.

We built this town

Aunque su comienzo es potente gracias al descubrimiento progresivo del gimmick y termina con un tercer acto que da lo que promete (aunque mucho menos bárbaro de lo que debería), 'Motor City' se encalla pronto, sin saber muy bien cómo desarrollar su historia y exigiendo al espectador que reme a su favor perdonando los fallos de base. Tristemente, el guion no puede ser más típico, y el truco estilístico solo lleva a que no comprendamos en absoluto a sus personajes, reducidos a un mero estereotipo torticero.

El bueno que prepara una venganza a fuego lento, el villano que le ha robado a la novia, la chica florero... La película necesita más para emocionarnos, pero no está dispuesto a dárnoslo, convencida de que su gran virtud compensa el resto de carencias. El problema es que la atronadora música no está coreografiada ni va al ritmo del montaje, y tampoco ayuda a disfrutar más de la propuesta. Es una buena idea, pero ahora necesitamos a alguien que la haga bien y no confíe exclusivamente en ella para sacar adelante la cinta. 

'Motor City' empieza mostrándonos un mundo sórdido en el que no profundiza, y termina con una escena de acción digna pero no espectacular. El resto del tiempo obliga al espectador a tirar de ella, simplemente, disfrutando de la música, convertida en una gramola que quiere recuperar el espíritu videoclipero pero parece haberse olvidado del arte de molar. Le falta riesgo, audacia, caña y violencia, y, honestamente, le sobran canciones. Al final, esta visita a una ciudad melómana acaba resultando una decepción que no da ni para bailoteo. 

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