“Comé saludable” es, probablemente, uno de los consejos más repetidos en nutrición. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar qué sucede cuando una persona simplemente no puede hacerlo porque está atravesando un momento de ansiedad, estrés o angustia. Al consultorio llegan pacientes que saben que “tienen que comer bien”, pero se frustran al admitir que cuando se sienten mal terminan “comiendo cualquier cosa”. Durante mucho tiempo interpretamos esta situación como un problema de falta de voluntad, pero la ciencia nos invita a mirar el fenómeno desde otro lugar.

Nuestro cerebro no toma decisiones alimentarias aisladas de las emociones. Cuando atravesamos períodos de estrés sostenido aumenta la producción de cortisol, una hormona que modifica el apetito y favorece la búsqueda de alimentos ricos en azúcar, grasas y sal. No es casualidad que después de un día agotador resulte mucho más atractivo un paquete de galletitas que una ensalada.

Estos alimentos activan los circuitos de recompensa del cerebro y producen una sensación inmediata de placer y alivio. El inconveniente es que ese efecto suele ser transitorio. Poco tiempo después aparece el cansancio, la culpa, la sensación de pérdida de control y, muchas veces, también aparece más ansiedad. Así comienza un círculo vicioso en el que el malestar emocional modifica la alimentación por una de menor calidad, la cual contribuye a perpetuar ese malestar.

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En este contexto comenzó a ganar protagonismo el concepto de Mood Food, un término que podría traducirse como “alimentación para el bienestar emocional”. Aunque suene atractivo, conviene evitar interpretaciones simplistas. Aunque suene atractivo conviene evitar interpretaciones simplistas. No existen alimentos capaces de curar la ansiedad, la depresión o el estrés. Tampoco hay recetas mágicas para ser felices. En cambio, existe evidencia científica que indica que determinados patrones alimentarios podrían ofrecer un entorno biológico más favorable para el funcionamiento del cerebro.

En los últimos años, la investigación sobre el eje intestino-cerebro cambió nuestra manera de entender la nutrición. Sabemos que la microbiota intestinal participa en procesos vinculados con la inflamación, el metabolismo y la comunicación con el sistema nervioso. Una alimentación rica en frutas, verduras, legumbres, cereales integrales, frutos secos y alimentos mínimamente procesados favorece una microbiota más diversa, mientras que el exceso de productos ultraprocesados se asocia con menor diversidad bacteriana y mayor inflamación de bajo grado. En síntesis, la calidad, variedad y adecuación de la alimentación, sostenida en el tiempo, forma parte del escenario donde también se construye la salud mental.

Mejorar la alimentación, un complemento para la salud mental. Estudios observacionales demuestran que aquellas personas que mantienen patrones similares a la dieta mediterránea presentan menor riesgo de desarrollar síntomas depresivos. Incluso algunos ensayos clínicos demostraron que mejorar la alimentación puede complementar el tratamiento de la depresión cuando se integra con psicoterapia, actividad física y descanso adecuado.

Quizás el mayor aporte del Mood Food no sea descubrir nuevos alimentos, sino cambiar el foco de la pregunta: ¿qué necesita una persona para poder alimentarse mejor cuando atraviesa momentos difíciles? Porque para alguien que duerme mal, vive con estrés crónico, o trabaja más de diez horas por día y llega agotado a su casa, el verdadero desafío es crear un contexto que haga posible elegir alimentos de mejor calidad.

Los nutricionistas también tenemos que revisar nuestro discurso: insistir únicamente con listas de alimentos permitidos y prohibidos suele aumentar la frustración. En cambio, enseñar a organizar comidas simples, priorizar proteínas y fibra, planificar opciones prácticas y comprender que la alimentación no ocurre por fuera de las emociones suele ser mucho más efectivo y, sobre todo, mucho más humano.

Cada vez entendemos mejor que el cerebro influye sobre la forma en que comemos y que la alimentación, a su vez, influye sobre el funcionamiento cerebral. Esa relación es compleja, bidireccional y profundamente humana. Quizás la verdadera revolución del Mood Food sea dejar de culpabilizar a las personas por comer alimentos de peor calidad en los momentos de mayor estrés o vulnerabilidad. Todos necesitamos sentirnos más escuchados y menos juzgados, en particular, cuando atravesamos escenarios hostiles.

*Nutricionista. MP: 2119.