En esta noticia

Pocos minutos antes de la 1 de la tarde, las luces que iluminaban el estrado se atenuaron. El salón Versalles, el más majestuoso del Alvear Palace, no quedó sumido en la oscuridad. Pero sí había penumbra en el rincón donde, en un atril puesto junto a una bandera argentina, Javier Milei se paró para dar su discurso de cierre del Council of Americas, cita obligada del calendario anual del Círculo Rojo. No era uno más. Nadie esperaba que lo fuese. El Presidente tampoco.

El León se siente desafiado. Lo sabe. En la selva reina el más fuerte y hay depredadores que, por voracidad o algo tan natural como el instinto de supervivencia, gruñen. Algunos, incluso, le muestran los dientes.

Más de uno, varios, en la primera fila. Gente -de sectores diversos, incluso, los que les va bien- que la vio. Que lo defendieron púbicamente, con hechos y palabras, en momentos cruciales. Pero que, hoy, lidian con la desilusión. O preocupación, según el caso. Lo veían ahí, silenciosos, sentados junto a otros que mantienen intacta la fe.

“Sí, es cierto que sus competidores van a desaparecer. Y, si ustedes están en un mercado, ¿qué es lo que quieren que pese con sus competidores? ¡Hacerlos desaparecer, obvio, por la vía de la competencia!”, ruge él, a su vez, desafiante, ante quienes le lanzan el zarpazo de las quiebras, cierres y despidos. “¿Vamos a seguir con la hipocresía? ¿Queremos ser grandes? Hay que ponerse los pantalones largos y los hijos de putas prebendarios tienen que quebrar”, ataca.

Alza la voz. Es uno de los pocos momentos en los que se lo ve enérgico, más encendido; Milei siendo realmente Milei, dentro de cerca de una hora y 10 minutos en los que se lo vio apagado, incluso, monótono de a ratos. Con cierto desánimo que, tal vez, fuese la cobertura de algún enfado.

Cuando Milei habla, no lo hace sólo para los presentes. Sus palabras, y él es consciente, se reproducirán exponencialmente en medios y, sobre todo, redes. Más, si se trata de exponer al oponente de turno. “¿Alguno de ustedes está en contra de que caigan los salarios del sector público?”, les pregunta a quienes lo critican por la pérdida del poder adquisitivo. “Vamos, si son menos impuestos. Ey, menos hipocresía, vamos”, atiza, frente al silencio de un auditorio que, durante años, hizo (hace) del alivio tributario y el ajuste del Estado los puntos principales de su lista de reclamos.

Milei luce apocado. El pelo revuelto (más de lo usual). Los ojos entrecerrados y el rostro brilloso, por más que la luz que lo enfoca no es fuerte. A pesar de esa apatía que se le percibe, está cargado. Atendió, como es cada vez más habitual, a “econochantas” de “precariedad y pobreza analítica”; a “operadores baratos” y a periodistas que, él dice que no sabe, “si odian más los datos que los zurdos al agua” (sic). Cita, una vez más, el ejemplo de Moisés: hiciese lo que hiciese, lo iban a criticar. Se preguntó por qué tanto ensañamiento en las críticas a su gobierno. “Parte por ignorancia, parte por mala intención, parte por abstinencia de sobres y parte porque me odian”, se responde. “Hasta puedo llegar a coincidir: que me odien no me parece un argumento inválido. Hay algunas cosas que yo mismo me odio, así que no está mal”, ironiza.

Despierta alguna mueca, entre un público en el que, hasta no mucho atrás, habría detonado carcajadas y aplausos para festejarle el chiste. Ahora, en cambio, prima una respetuosa atención a medida que Milei se adentra en las profundidades de su oratoria. Sólo lo interrumpen aplausos -breves-, iniciados en la primera fila, donde están sentados su hermana, Karina, El Jefe, infaltable, y demás funcionarios. No hay tosedores, sino aplaudidores.

Aguas divididas

Como su venerado Moisés, Milei también es un profeta que hoy divide aguas. Uno de los anfitriones del evento, Natalio Grinman, presidente de la Cámara Argentina de Comercio y Servicios, lo reconoció. “Hay empresas que la están pasando mal. Otras que han cerrado. Se han perdido puestos de trabajo”, había admitido en su discurso de apertura del Council, consciente de las penurias de muchos de sus asociados.

Sin embargo, aclaró: “Si ese es el precio que tenemos que pagar y el sacrificio que tenemos que hacer los argentinos para transformar nuestro país, para que nuestros nietos, en mi caso, puedan vivir en un país normal, créanme que vale la pena”.

“Tenemos el modelo actual, no exento de sacrificios. Pero, si lo continuamos, vamos a tener un país espectacular. Tengo claro de qué lado estar. ¿Y ustedes?”, apeló.

Hay una palabra que se oye, cada vez con más frecuencia, en boca de funcionarios: reelección. En los últimos días, la mencionaron desde el Jefe de Gabinete, Diego Santilli, al presidente provisional del Senado, Bartolomé Abdala, pasando por el vocero presidencial, Adrián Ravier, o el Ministro de Economía, Luis Caputo. No fue un elefante ignorado en la alfombra del Alvear.

“La Patria, amigos, es un acto perpetuo como el perpetuo mundo”, citó a Borges Pablo Quirno, uno de los “teloneros del Presidente”, como Federico Sturzenegger bautizó al Canciller y a sí mismo por sus lugares en la agenda del Council.

“Ese es el mandato que hoy guía a este gobierno. La Argentina grande del futuro toma forma en las decisiones que tomamos hoy. A ese acto perpetuo los convoca el Presidente Milei”, instó Quirno. Planteó que materializar los u$s 150.000 millones de inversiones comprometidas en el “universo RIGI” -como se refirió a los proyectos aprobados y presentados al régimen- requiere “un país que sostiene su rumbo durante una generación”. “El futuro ocupa nuevamente el centro de nuestra acción”, aseguró el Canciller.

Más explícito fue el Coloso. “Imaginen lo que va a pasar con la República Argentina cuando Javier Milei reelija el año que viene”, dio por hecho el ministro desregulador. “Con 13 puntos de crecimiento económico durante su primer mandato, después de 15 años de estancamiento absoluto, le gana por goleada a las presidencias anteriores”, alabó.

Hay empresarios que comparten el pronóstico electoral. Sobre todo, los ganadores del modelo, los sectores que empujan la transformación económica que vive la Argentina: energía, minería, agro y economía del conocimiento. “Opinión personal: reelige en primera vuelta”, no duda un CEO del sector energético, de activa participación en asociaciones y cámaras, incluso, más allá de las de su propia industria.

Se escucha la misma certeza en el mundo emprendedor, un ecosistema cultural en el que priman las tech y cuyo evangelio -hecho carne en Marcos Galperin- comulga con el credo del León.

Por supuesto, hay quienes no comparten esa convicción. Sobre todo, cuando ven encuestas de provincias en las que la intención de voto de Milei no llega al 20%. Es el caso de un inversor nacional, con fuertes intereses en tecnología y finanzas, que dialoga con varios gobernadores. Uno, de los aliados peronistas más valorados por la Casa Rosada. Como muchos de sus pares, este mandatario ya trabaja en el desdoblamiento de las elecciones. Sueña con que le pongan un candidato libertario local para legitimar, incluso más, su eventual triunfo comarcal.

El empresario que lo cuenta valora mucho el trabajo que hizo el Gobierno. Pero critica la cerrazón ideológica del Presidente y el equipo económico. “Marchan enceguecidos, como caballo de sodero”, recurre a una metáfora de su terruño. Lamenta que, por esa falta de flexibilidad para ceder con medidas que alivien el presente -por ejemplo, la mora en el sistema financiero-, mientras se sigue construyendo ese futuro próspero, las urnas terminen decidiendo que ese esfuerzo haya sido en vano. Para explicar por qué, para él, es muy difícil que Milei reelija, recurre a una de las frases que más irritan hoy al Presidente: “La gente no llega a fin de mes”.

Sin embargo, en el Círculo Rojo, la posibilidad de cuatro años más de experiencia libertaria es lo que más los moviliza. A unos, también, para encontrar una alternativa. De allí, la promoción de outsiders. De los que se habla -Jorge Brito, Daniel Hadad- y otros, que quedaron en el sondeo. Como si fuese un casting, para un papel cuya descripción dice: “Profesional del sector privado, exitoso, racional, que respeta la propiedad privada y las leyes de mercado, el orden económico, la estabilidad cambiaria y la disciplina fiscal, pero pragmático, con sensibilidad social y una visión más integradora de la economía real”.

Un héroe nuevo, ideal para un público que -al menos, por ahora- no acepta ver en ese papel al villano de otra película que ya vio demasiadas veces, y sin final feliz.

Hay una tercera vía: “Mileísmo sin Milei”. Se habló de eso en los pasillos del Alvear, donde cohabitaron entusiastas de la primera hora con otros que, cada vez, disimulan menos su desencanto. Una opción para quienes, descontentos con el presente, tampoco les resulta auspicioso el futuro, ni quieren volver al pasado. En especial, los que se sienten más maltratados por las nuevas reglas. O, simplemente, por el Gobierno: a esta altura, no debería sorprenderle a nadie que Paolo Rocca haya perdido totalmente la esperanza inicial que tuvo con la experiencia libertaria.

Aunque, ahora, no lo mencionó explícitamente, el Hombre de Acero, el industrial más poderoso de la Argentina, está fijado -como su posteo en X contra Clarín- en las monsergas de Milei.

“Las regulaciones tienen atrás un kiosco”, dijo el jueves. “El mejor ejemplo es el de la chatarra: estaba prohibido exportarla. Consecuentemente, había un exceso tan grande, que el precio, ni siquiera, era cero; era negativo. Ustedes tenían que pagar para que se lleven su chatarra”, avanzó, en otro de los escasos pasajes encendidos de su discurso.

“Había una empresa”, recordó, “que se beneficiaba con eso, que recibía esas chapas más baratas y le permitía producir con ventajas, aun cuando acá la chapa es la más cara del mundo”.

Cuando todos en el salón ya sabían de quién hablaba, Milei continuó: “Obviamente, se imaginarán que terminar con ese kiosquito, que beneficiaba a una empresa y perjudicaba a todos los argentinos, no fue gratis”.

Ya había hablado del “intento de golpe de Estado”, de los “siete intentos de juicio político” y la “complicidad de empresaurios y medios de comunicación” para voltearlo el año pasado. Ahora, mencionaba que, hace unos días, su teléfono empezaba “a estallar”. “Eran todas quejas. Y yo, cuando las leí, lo primero que dije, es: ‘Conozco quién es la contraparte de esas quejas’. Dije: ¡Qué buen trabajo está haciendo Federico!”.

Silencio, un segundo. Sólo para recargar.

“¡Cuando ustedes vean a un sorete, a una mierda humana, criticando a Federico, es porque le está tocando un negocio a un prebendario, a un chorro y a un corrupto!”. Hubo quienes aseguraron no haber escuchado “negocio” sino “curro” (u otra palabra de fonética similar).

“Por eso, putean tanto cuando Federico hace su trabajo. Y miren que sacó 17.000 regulaciones. Pero les digo algo más: ¡Vamos por mucho más!”.

Hasta no mucho atrás, esa misma promesa, proclamada en el mismo tono, habría detonado una ovación. Ahora, sólo algunos aplausos. Milei siguió, indiferente a la reacción.

Ya había mencionado el alto costo de crecimiento económico y sistema previsional que tuvo “la locura de los pañuelitos verdes, esa pasión por asesinar niños en los vientres de las madres”. También, que tras años y años de acumular restricciones para “salvar amigos”, el día que se abre la compuerta, “el proceso se vuelve más abrupto, un poco más áspero”. Y negó la destrucción de puestos de trabajo. “Si eso fuera cierto, la tasa de desempleo debería ser 90% y yo miro y no da 90% la tasa de desempleo”.

Pidió “honestidad intelectual” cuando se habla de cierre de empresas. “El 50% del mercado es informal y el informal le está ganando más del 40%. Cuando sumamos todo, se crearon puestos de trabajo. Es cierto que desaparecieron empresas, sí. Pero desaparecen empresas de una sola persona y aparecen empresas que, de repente, contratan a 10. Es muy deshonesto sólo mirar las que cierran. Hay que mirar las que cierran y las que abren”, reclamó.

Insistió en que, si todas cierran y ninguna abre, “el desempleo tiene que estar volando y no está volando, está en 7,8%”.

“¿De qué estamos hablando?”, interpeló. “Primero los datos. ¿Nos vamos a seguir dejando psicopatear por los kukas que hundieron el país? ¿Vamos a seguir avalando relatos mentirosos?”.

Bramó, entonces, contra la Cámara de Actividades Mercantiles Empresarias (CAME), cuya medición de consumo -negativo en julio- había sido cuestionado esa semana por Galperin, que contrapuso como más representativos los crecientes datos de Mercado Libre.

“No se puede aceptar una estupidez de comparar una encuesta de 1000 casos sobre el consumo, hecha por un enemigo del Gobierno, contra el consumo privado, que está en máximos históricos. Salvo, que padezcan síndrome de Estocolmo”, retomó.

“Entonces, el problema ya no es si el Gobierno hace bien o no las cosas. Es cómo resolvemos el problema del síndrome de Estocolmo”, enfatizó.

Milei el lunes, durante el acto en homenaje a San Martín; fue su primera aparición pública en 10 días
Milei el lunes, durante el acto en homenaje a San Martín; fue su primera aparición pública en 10 díasDamian Dopacio

La Tierra Prometida o Sodoma

A esa altura, había gente que miraba sus relojes y salía del salón para seguir con sus agendas, otra cosa impensada tiempo ha para una performance de Milei. Lo hizo el CEO de un laboratorio nacional. Otro empresario decidió levantarse y marchar hacia una de las espejadas puertas trasera cuando la exposición versaba sobre el Óptimo de Pareto.

Otros, ya directamente estuvieron afuera. Martín Rappallini, presidente de la Unión Industrial Argentina (UIA), no presenció el discurso presidencial; se lo vio tomando un café en el lobby del Alvear. Tampoco estuvieron en el Versalles David Uriburu, Carlos Ormachea y Ricardo Markous, hombres de Techint, qiuienes estuvieron minutos antes en el privado al que sólo accedían organizadores y expositores. No escucharon de primera mano los nuevos latigazos para su jefe. Ni para otro de los enemigos públicos favoritos del Libertario: Javier Madanes Quintanilla, dueño de FATE y Aluar.

El de los neumáticos, definió Milei, es un ejemplo “divertido y siniestro” de apertura. “Su precio es u$s 100. ¿Por qué nosotros pagábamos u$s 400?”, planteó. “Si abro la economía, van a entrar neumáticos a u$s 100. La gente los va a poder pagar eso y va a tener u$s 300 para gastar en otros sectores. Obviamente, si la empresa que está no se adapta, quiebra”.

Elogió a Lumilagro, fabricante de termos que se adaptó a esa nueva realidad. “Modificó el modelo y empezó a trabajar de otra manera. Y, hoy, es un éxito. En el otro caso, el señor decidió apretar al Gobierno, que si no le manteníamos su prebenda, nos iba a tirar 920 personas a la calle”, trinó. “El día antes de sancionarse la modernización laboral nos tiraron 920 personas a la calle. Pero, como nosotros estamos dispuestos a poner a la Argentina nuevamente de pie, terminamos sacando la modernización laboral”, reseñó. “Hicimos algo que, ni siquiera, un gobierno militar pudo hacer”, se jactó.

La Argentina, aseguró, “es la economía más cerrada del mundo”. Para Milei, por su nivel de PBI per cápita, debería tener un coeficiente de apertura de más del 90% y es sólo del 30%. “¿Dónde está abierta? ¡Es una cárcel! ¡Ni siquiera si soy reelecto voy a poder hacer un número con el que me pueda jactar!”, admitió.

“Pero también hay algo que es importante: para sobrevivir, hay que invertir fuerte y hay que tener economía de escala”, lanzó la advertencia. “Si ustedes piensan hacer un comodity básico, con una escalita de 48 millones, contra otros que producen pensando en 8000 millones, no les va a ir bien”.

Ponderó a la industria textil italiana -curiosamente, donde tiene tradición la familia materna de Paolo Rocca- como ejemplo de competencia contra China. “Hace cosas de diseño. Si ustedes quieren ser pequeños, pueden ser exitosos. Pero tienen que meterle diseño, le tienen que meter mucho valor, separarse. Ahora… si pretenden vender la misma remera que hacen los chinos cinco o 10 veces más cara, me parece que estamos en un problema”.

“Lo entendemos bien. La otra es no querer entenderlo, resistirnos y ser, cada día, un poquito peor o mucho peor”, sermoneó.

Un ejecutivo tomó nota de eso, con lo que coincide en lo filosófico. Pero no, tal vez, en cómo se está plasmando en la realidad. En la semana, IGT33, fabricante de Rever Pass, pidió su concurso preventivo, con una deuda de $ 7000 millones. Y cerró Will Der, textil del ex puma Santiago Phelan que producía para Adidas, Puma y Lacoste. Fue viral el audio de su socio, Armando Anasal, cuando les comunicó, en llantos, el cierre a sus empleados: “Piensen ustedes, los que pudieron votar a este gobierno, a dónde los llevó. Con otros gobiernos, todos sufrimos. Pero teníamos plata en el bolsillo. Sólo les pido que piensan la próxima vez que voten”.

“Está perfecto que todas busquen ser (*menciona a una marca argentina premium de indumentaria) . El problema, hoy, es otro: en la Argentina, no todos pueden comprar (*menciona a la misma marca)”, plantea el ejecutivo que seguía las palabras presidenciales, un ex asesor de empresas que hoy es engranaje clave de una high tech cuyos servicios son vitales para las ventas -on y off line- de miles de empresas en el país.

Había llegado al Council con expectativas de un discurso, no moderado (“porque Milei es Milei”), pero sí que, al menos, buscara tender puentes, que enviara señales para recuperar fieles en una feligresía cuya fe perdió fervor. En cambio, oyó amenazas de castigo eterno para las ovejas descarriadas.

“Mi mandato fue hacer bajar la inflación y hacer crecer la economía. Bueno, yo voy a cumplir con mi mandato”, prometió el Presidente. “No me gusta ser un país de mitad de tabal. Quiero hacer de la Argentina el país más grande del mundo”, ambicionó.

Reconoció, sí, que “no estamos en el Paraíso”. “La foto sigue siendo horrible. Pero la película continúa siendo la mejor de la Historia argentina”, aseguró.

No dijo ahí lo que sí anticipó en una entrevista radial el sábado, que irá por su reelección. Pero, en el Alvear, lo había dado a entender: “Sigo depositando mi confianza en los argentinos que no van a querer volver al pasado y no quieren convertirse en Cuba”.

La batalla, aseguró, “no es económica; la batalla es moral”. “¿Queremos ser una sociedad de inmorales? Seremos Sodoma. Pero, si abrazamos los valores judeocristianos, vamos a estar tomando medidas que son justas. Y la contracara, ¿saben cuál es? Progreso y bienestar. Muchas gracias”, se despidió.

Aplauso. Final. Tampoco fue atronador. Hacia el fondo, había sillas vacías. Cerca de una veintena, de las 200 apostadas. Otra foto de época, distinta a la de discursos a sala cerrada y desbordada. Hubo sabor a poco. Y premura por partir entre quienes, respetuosos, permanecieron hasta la última palabra.

Esperaban otro mensaje, señales más concretas sobre los apremios del presente. Algún anuncio, alguna precisión adicional sobre la explicación del modelo de crecimiento económico que el Presidente había explicado que iba a dar. Tal vez, con menos insultos de lo habitual. “Problema de expectativas”, diría un economista.

Horas antes, el Indec difundió que la inflación mayorista de julio fue del 0,8%, por lo que el Presidente anunció otro recital. Más tarde, se supo que la actividad económica de junio creció 2,7% interanual, el índice de salarios avanzó 2,9% -un punto más que la inflación- y las exportaciones de julio aumentaron 14,1% en el mes y 22,9% en el acumulado, a nuevos récords (u$s 8854 millones y u$s 58.365 millones, respectivamente).

Pero, también, las ventas de supermercados cayeron 3,1% interanual en junio, lo mismo que las de autoservicios mayoristas y las de shopping centers, 4,9% contra igual mes de 2025 y 6,2% comparadas con mayo del corriente. Los diarios informaban que otra automotriz reducía su ritmo de producción por la caída de ventas de vehículos en el mercado interno.

“Yo compito contra mí mismo, haciendo un gobierno cada día mejor”, había anticipado semanas atrás Milei sobre la próxima campaña presidencial. En ese sentido, tiene razón: el mayor rival del Presidente es Javier Milei.