28 de julio, 2026 - 06h00
Acaba de fallecer en Quito, su ciudad natal, a los 66 años, Xavier Michelena Ayala, uno de los mayores gestores culturales de la época. Al inicio periodista y escritor, aunque su realización la obtuvo como editor. En 2000 fundó su propio sello editorial, Paradiso, para cumplir el sueño de un paraíso cultivando libros. Una quimera considerando que el ecuatoriano promedio lee un libro al año y otros dos parcialmente, además de textos cortos en redes sociales o medios digitales.
Su legado de más de 200 libros publicados constituye un hito extraordinario de la historiografía y literatura ecuatorianas que difícilmente tiene parangón. Tuve la suerte de publicar dos libros con él, quedando otro escrito pendiente de llegar a imprenta. Tendrá que ser con la supervisión de alguien como él.
Conocí más de cerca su profesionalismo cuando me llamó un buen día de 2019 a proponerme que escriba un libro con ocasión del término de casi dos décadas de alcaldía de Jaime Nebot. Acepté gustoso considerando la amistad personal y familiar con el líder político, a quien se reconocía un liderazgo que había devuelto la autoestima a Guayaquil. De inmediato me entregó un documento anillado de 900 fojas con todos sus discursos con motivo de las festividades julianas y octubrinas. El editor entregaba la directriz al escritor.
La satisfactoria experiencia me condujo a pedirle que Paradiso sea la firma editorial de mi libro Memorias del ayer, el último de la trilogía donde recompuse la historia general del Ecuador. Sin duda una buena decisión, toda vez que su formato superó en detalles a los dos anteriores.
Con la intimidad surgida, tuve la oportunidad de hacer un seguimiento –y comentar regularmente a su pedido– a la colección de Grandes Biografías del Bicentenario, que tuvo como punto de partida, si mal no recuerdo, El gran ausente, de Robert Norris, la genial biografía de José María Velasco Ibarra, basada en un largo testimonial del propio caudillo. Seguirían otros clásicos, como García Moreno, por Hernán Rodríguez Castelo; Medardo Ángel Silva, por Abel Romeo Castillo; Vicente Rocafuerte, de Alejandro Querejeta Barceló, y José Joaquín de Olmedo, de Guillermo Arosemena Arosemena. Puso así a disposición de una nueva generación de ecuatorianos libros que habían quedado en el olvido. Bien decía el argentino Jorge Luis Borges, un autor que nos gustaba a los dos: “La idea es que dentro de los libros aún puede encontrarse un orden perdido; ese orden es la civilización”. El rescate de la memoria histórica fue el leitmotiv (hilo conductor) de su vida.
Recuerdo haberle contado en una de nuestras conversaciones periódicas lo mucho que me había gustado la biografía de Eloy Alfaro escrita por el conservador manabita Wilfrido Loor en 1947, presentando la sombra oscura del revolucionario liberal; cómo se quedó rumiando la idea. Hace poco reeditó esta monumental obra poniendo en la portada una extraordinaria foto del Viejo Luchador montando un caballo blanco en el patio interior de Carondelet, como un Napoleón.
La prematura partida de Michelena deja a la cultura nacional con un vacío. Me preocupa que no haya otro que vaya a continuar su legado. (O)