23 de agosto, 2026 - 07h00
Hay algo conmovedor en un adulto recordando sus juguetes de la infancia. Si le preguntas cuál era su materia favorita en la escuela, su maestra preferida, su comida predilecta, algo se le enciende en la memoria e ilumina su presente. Y es que nunca dejamos de ser ese niño con su carrito azul o esa niña que cazaba patos en una pantalla con una pistola roja. Ni siquiera abandona a un anciano ese niño con su trompo, sus sucres y sus colaciones. Así que nos encanta recordar, nos hace sentirnos menos solos, especialmente rememorar juntos, con los hermanos, los vecinos, los habitantes de la ciudad donde crecimos, los compatriotas que recuerdan los nombres de los mismos programas de televisión ya difuntos, las modas, las marcas, las canciones que se bailaban en las fiestas.
Nada de eso comparte un migrante con los extraños que le rodean, especialmente el que emigra a países con culturas y lenguas abismalmente lejanas. Yo nunca entenderé la pasión de los alemanes por las caricaturas de su infancia como el Pumuki o el Sandmännchen. Cuesta subirnos de adultos al tren del entusiasmo infantil. Un migrante no comprende cómo un alemán puede almorzar papilla de sémola, pero basta comer algo desde pequeños y vincularlo en nuestra memoria al amor de abuela para que se convierta en una luz inextinguible, un lugar al que podemos regresar cada vez que percibimos ese mismo olor, sabor, sonido, cada vez que vemos ese muñeco que nos alegró la infancia.
Se comparten recuerdos por región y generación. Mis amigas y yo teníamos Popples bombitas y bailábamos Vilma Palma e Vampiros, Maná, El gato volador, El General, El tiburón, cosas que los alemanes de mi misma generación no han hecho en su vida. Cómo explicarle a un europeo lo que era pasarse las tardes viendo telenovelas: Quinceañera, Pasionaria, Carrusel, Cebollitas, Agujetas de color de rosa, Muñeca brava, Verano eterno. Cómo eso sumado a las bachatas de Juan Luis Guerra y refinado por el rock de Fito y Cerati modelaron para siempre (para bien y para mal) nuestra percepción del amor.
Cómo justificar el entusiasmo con que veíamos Haga negocio conmigo: el juego de las llaves para abrir puertas tras las cuales había electrodomésticos y la música enloquecedora (aún puedo tararearla) que acompañaba a los participantes en su misión, las mujeres en faldas en esas cabinas transparentes donde el viento que soplaba desde abajo hacía aletear billetes a su alrededor y ellas debían decidir entre usar las manos para sostenerse la falda o llenárselas de dinero.
Cuando me preguntan dónde aprendí a bailar confieso que fue gracias al Show de Yuli, Xuxa y las modelos de A todo dar cuyas coreografías me paraba frente a la tele a emular. Por supuesto, nadie fuera de nuestro continente o país sabe qué es todo eso. Un francés, un italiano, un alemán vivieron en sus burbujas, donde incluso las megaproducciones gringas que tanto dominaron al mundo llegaban dobladas a sus lenguas. Tenían sus concursos, bailarinas y presentadores, su propio jet-set local cuyos encantos jamás dejarán de resultar un misterio para un extranjero o para las generaciones que no crecieron con sus voces en la memoria. (O)