Paloma López es maquilladora y creadora de contenido. En sus redes (@palomake_up) comparte trabajos de maquillaje, momentos de su vida cotidiana y reflexiones sobre su cuerpo. Pero detrás de cada video hay una historia que comenzó cuando tenía apenas dos años y medio, después de que una meningitis bacteriana pusiera su vida en riesgo y terminara con la amputación de sus brazos y piernas. Con el paso de los años, aprendió a relacionarse con su discapacidad, con las miradas ajenas y también con su propia imagen. “No es que superás, es que aprendés a convivir”, define.
Todo comenzó con una fiebre muy alta y unas petequias, unas pequeñas manchas rojizas que aparecieron por todo su cuerpo. Su mamá la llevó de urgencia al médico y recibió una indicación inmediata: tenía que ir al hospital porque podía tratarse de una meningitis. Cuando llegó, la infección ya había comprometido la circulación sanguínea de sus extremidades. “Me llevaron al hospital ya con los brazos y las piernas comprometidas, como ya no me circulaba la sangre, tenía las extremidades negras”, recuerda Paloma. La decisión médica fue determinante: “Ya era como: ‘Che, hay que amputar’, porque si no, ya no la cuenta directamente”.

Durante su infancia, hablar de aquello era demasiado doloroso. Paloma cuenta que durante muchos años no quiso saber demasiado sobre la enfermedad que había atravesado ni sobre las consecuencias que había dejado en su cuerpo. “Yo siento que tuve como dos etapas”, explica. Entre los siete y los 12 o 13 años, prefería mantenerse alejada de todo lo relacionado con su historia médica. “No me interesaba saber nada de nada, de qué enfermedad fue ni nada”, recuerda.
La adolescencia marcó un punto de inflexión. Mientras sus amigos comenzaban a salir, conocer gente e ir a bailar, Paloma también quería hacerlo. Pero en ese momento la discapacidad ocupaba un lugar central en su manera de verse y de sentirse observada.
“Me dio como un bajón porque mis amigos empezaban a salir a bailar y yo quería salir a bailar, como que quería tener una vida dentro de todo común”, cuenta. Se sentía diferente, como “sapo de otro pozo”, y comenzó a maquillarse cada vez más. Al principio, el maquillaje no era solamente una cuestión estética: era una forma de protegerse.
“Yo decía: ‘Bueno, yo me voy a maquillar. En vez de mirarme las amputaciones, me miran a la cara’”, recuerda. En aquella época, maquillarse funcionaba como una especie de escudo frente a las miradas. “Yo me sentía protegida, era como una máscara para mí el maquillaje en ese momento”.

Con los años, sin embargo, esa relación cambió. Lo que comenzó como una herramienta para desviar la mirada de los demás terminó convirtiéndose en una forma de expresión personal. “Yo creo que el maquillaje es como para sentirse bien uno mismo, no es para un otro”, reflexiona. Y resume esa transformación con una frase: “Yo en su momento me empecé a maquillar para un otro y hoy en día me maquillo para mí”.
El maquillaje, que durante su adolescencia funcionó como una forma de esconderse de las miradas, terminó convirtiéndose en una parte fundamental de su identidad. Paloma encontró allí una herramienta para expresarse y sentirse cómoda consigo misma.
Su historia también comenzó a llegar a otras personas. A través de las redes, recibe mensajes de quienes se sienten identificados con ella, especialmente personas con alguna discapacidad que encuentran en sus publicaciones una representación que quizás antes no tenían.
“Todo el que te hable y que te cuente su experiencia porque por ahí tienen alguna discapacidad y que te digan: ‘Ay, Paloma, me alegraste el día’”, cuenta. Esos mensajes tienen un significado especial para ella porque muestran que su exposición no queda solamente en una pantalla. “Es como que decís: ‘Ay, qué bueno que tenga esta llegada’. Nunca pensé que iba a llegar a esto”, reconoce.

La mirada de los demás fue, durante mucho tiempo, una de las partes más difíciles de su experiencia. Paloma recuerda que podía sentir tristeza, enojo y bronca cuando las personas observaban su cuerpo de manera diferente.
Hoy asegura que la situación cambió, aunque no porque haya dejado atrás aquello que le molestaba. “No sé si superé esa mirada, porque no es que superás. Es como que aprendés a convivir”, explica.
Una de las situaciones que más recuerda ocurrió cuando una mujer se acercó y comenzó a llorar al verla. “Está todo bien, es lo que te salió en el momento, pero no sabés qué impacto puede tener tus lágrimas en la otra persona”, plantea.
También habla de una actitud que muchas personas tienen hacia quienes tienen una discapacidad. “A mí a veces me pasa que me tocan así la cabeza y digo: ‘Sacá la mano de ahí’”, cuenta. Y enseguida remarca: “Por ser discapacitada te infantilizan. Te dicen: ‘Ay, chiquita’. No tengo 26 años, señora”.
Para ella, detrás de esos gestos también existe un estereotipo que asocia la discapacidad con una supuesta pureza o fragilidad. “Crean como: ‘Ay, está en silla, debe ser más buena’. Y no”, explica. Esa mirada también puede trasladarse a otros aspectos de la vida: “El estereotipo de decir: ‘Bueno, está en silla, no puede salir con nadie. No puede salir a bailar, no puede hacer…’. Y sí. O sea, por más que esté como esté, puedo disfrutarla tranquilamente”.
Durante la adolescencia y los primeros años de adultez, otra de las preguntas que apareció fue cómo relacionarse sentimentalmente. Paloma quería conocer personas y el amor, pero también tuvo que aprender a identificar las miradas que estaban cargadas de prejuicios o fetiches.

Probó con aplicaciones de citas, aunque la experiencia no siempre fue buena. “Tuve un momento de aplicaciones, pero era muy turbio”, recuerda. “Había un chabón que me dice: ‘Ay, cómo me calienta que seas amputada’. Y yo dije: ‘¿Qué?’”.
La situación le generó miedo y decidió desinstalar la aplicación. También tuvo una relación con una persona que tenía un fetiche relacionado con su amputación. Desde entonces, aprendió a prestar atención a determinadas señales. “Por ahí te tocan el muñón o te sobrepreguntan muchas cosas de cómo hacés tal cosa y cómo hacés, y todo así. Y es como: ‘Wow, basta’”, explica.
Para Paloma, existe una diferencia entre alguien que se interesa genuinamente por ella y una persona que convierte su discapacidad en el centro de la atracción. Por eso, con el tiempo, aprendió a identificar esas situaciones y a poner límites. Hoy conoce personas principalmente a través de las redes sociales y las aplicaciones, pero desde otro lugar.
En la nota, Paloma habla de un proceso mucho más cotidiano: aprender a habitar su cuerpo, poner límites, relacionarse, enamorarse, maquillarse, salir y disfrutar. La meningitis cambió su vida cuando era apenas una niña, pero con el tiempo ella encontró una manera propia de contar lo que significa vivir con una discapacidad sin dejar que esa condición defina todo lo demás.