Las próximas elecciones en la Provincia, además de enfrentar a oficialismo y oposición, pondrán en juego otro clivaje. Definir si el gobernador bonaerense será un intendente o una figura nacional. Y algo todavía mayor: si quien resulte electo asumirá el desafío de una transformación profunda.

Sobre los jefes comunales pesa la maldición de no poder llegar, de manera directa, al sillón de Dardo Rocha. Y sobre las figuras nacionales, la ventaja comparativa de una vida mediática y la validación que a los intendentes les cuesta alcanzar fuera de su pago chico.

Pero aún más relevante que la dicotomía planteada, es si la Provincia dejará de ser, por fin, el gran escenario de la política nacional, para convertirse en protagonista de su propia historia.

Es decir, pensar la Provincia desde la Provincia. Eso significaría, entre otras cosas, animarse a proponer una verdadera transformación institucional. Por caso, discutir mecanismos de descentralización, avanzar con las autonomías municipales, proponer políticas regionales diversas, o animarse a otros modelos de gobernanza metropolitana.

Durante décadas, en territorio bonaerense se definieron las grandes disputas de poder del país. Pero la Provincia necesita una agenda propia y una narrativa que la exprese y le permita, a la vez, responder una pregunta sencilla: ¿qué proyecto común puede unir a territorios tan diversos como el conurbano, el interior, las ciudades intermedias, la capital provincial o la costa atlántica? Esa podría ser la conversación más genuina, y hasta ahora ausente, de quienes aspiran a gobernarla.

Intendentes y poder local

Los intendentes conocen el territorio, administran problemas concretos y han construido liderazgos sólidos en sus municipios. Pero, aun así, si pretenden provincializar la gestión municipal, no solo caerían en una fantasía, sino que significaría un grave error. Cuanto más arriba en la jerarquía simbólica, más lejos del día a día. Gobernar la provincia no es gestionar la vida en proximidad. No es atender el metro cuadrado.

La Provincia, como sistema político, económico y territorial complejo, necesita ser puesta en cuestión. Y eso puede pensarse, solamente, si la provincia deja de ser un trampolín hacia la esfera nacional. Porque esa perspectiva es, lisa y llanamente, una invitación a no innovar.

Es cierto que, para los intendentes, es difícil reconocer y menos aún ungir, a un primus inter pares. Pero si son capaces de acordar reglas de juego y un esquema de gobierno que los incluya, podrían aspirar a quebrar el maleficio.

Pero ¿qué significa un gobierno de intendentes? El salto de la intendencia a la gobernación no es solamente un cambio de escala. Suele decirse que, para solucionar los problemas complejos de estos tiempos, el trabajo del intendente resultar insuficiente y el del gobernador demasiado abstracto y lejano. Sobre todo, en el extenso y diverso territorio bonaerense.

No será momento, entonces, de replantear cambios de diseño institucional.

Un gobierno que incluya a los líderes territoriales no significa sumarlos a un hipotético gobierno sino, más bien, otorgarles más poder. Más poder local.

Los problemas en torno a la seguridad, la vivienda, los cuidados, la movilidad, los derivados del ambiente, y hasta la soledad, ya no se resuelven en abstracto ni a la distancia. Tienen sus particularidades territoriales. Porque en esa escala, los problemas acaban teniendo nombre, apellido y rostro. La proximidad se convierte en condición de eficacia del conjunto de las políticas públicas.

Durante décadas, en la Provincia se definieron las grandes disputas de poder del país

Sin embargo, aún sabiendo que son los dirigentes locales los que dan la cara y los responsables de las expectativas no cumplidas, se les niegan los recursos y el poder para estar a la altura de las expectativas, e incluso de sus incumbencias. Para el vecino, son el primer mostrador. Pero para la política, los últimos en la toma de decisiones y en la asignación de recursos.

Pero si bien lo local convierte en concreto lo que se disuelve a la distancia, las restricciones en las competencias y en las atribuciones, limitan sus potencialidades y margen de acción.

Pensando en la gente

Así, sabiendo que desde la proximidad es posible abordar una realidad social cada día más acuciante, el secreto no es como expandir lo municipal a lo provincial, sino como, desde lo provincial, otorgar más poder local.

Entonces, si bien puede parecer paradójico, para abordar la complejidad bonaerense, se requiere de mayor poder local. Y eso obliga a revisar un diseño que deja, a lo más cercano, en el último escalón de las prioridades. Y que el lugar que más determina la vida de la gente sea, a la vez, el que menos poder tiene para cambiarla.

Las próximas elecciones representan, entonces, una oportunidad para revertir esa escala de prioridades. Lo puede hacer un intendente o una figura nacional. Pero quien seguramente no lo pueda hacer, es un gobernador que se sienta de paso, y que no asuma el desafío de hacer las transformaciones necesarias que requieren las complejidades de estos tiempos.

Porque el futuro bonaerense dependerá mucho de animarse a rediseñar las instituciones para que el poder real esté más cerca de donde transcurre la vida de las personas.

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