“Me encanta asustar. Amo asustar”, confesó Magalí Olave al revelar uno de sus costados más espontáneos en Casino Deluxe, el ciclo de entrevistas de Infobae. Durante la charla, la cantante también mostró su faceta más vulnerable al hablar de las exigencias de su carrera y de los casi nueve años que vivió fuera del país.
Olave construyó una carrera en el cuarteto cordobés y logró forjar una identidad propia dentro de un género históricamente dominado por hombres. Durante años cargó con el rótulo de “la prima de” Rodrigo Bueno, hasta conseguir que su nombre y su música ocuparan un lugar propio dentro de la escena.
La artista repasó su historia personal y profesional, contó cuáles fueron los momentos que la llevaron a cuestionarse su continuidad en la música y habló del impacto de la terapia, la ansiedad y un problema de salud que la obligó a frenar. También se refirió a su relación con el exfutbolista Matías Suárez, con quien tiene dos hijos, y a la decisión de atravesar esta etapa de su vida con otra mirada sobre el presente.
Magui es cantante y compositora. Comenzó su carrera profesional durante la adolescencia como corista de su primo Ulises Bueno, con quien compartió escenarios durante varios años. Tras vivir más de ocho años en Bélgica, regresó a Córdoba en 2016 y emprendió su camino como solista. En 2021 recibió el Premio Gardel a Mejor Álbum de Cuarteto por Aprender a volar y, este 2026, celebra diez años de trayectoria como solista con nuevos lanzamientos y reversiones de clásicos llevados al cuarteto.

— ¡Qué lindo conocerte! Te viniste de Córdoba directo para jugar en Casino Deluxe.
— Me vine de Córdoba. Vine con parte de mi equipo. Somos 16 hoy, viviendo por un par de días en un departamento (risas).
— Dieciséis viviendo en un departamento, ¿todos juntos?
— Sí, todos juntos. Es un departamento grande, obvio. Somos una familia ensamblada, le digo yo, y ya cada uno sabe cuál es la norma, la condición, así que todos muy prolijos ahí conviviendo un par de días. Está la mitad de la banda. La otra mitad llega el viernes. Somos 30 en realidad.
— Este es un lugar donde me venís a pedir un millón de dólares y, según las respuestas que me des y lo que vayamos charlando, te lo vas a ir ganando. Pero primero decime: ¿Qué harías vos con un millón de dólares?
— Mi sueño, que no lo he contado nunca, desde muy chiquita, fue ponerme un geriátrico de grande, en donde la última parte de la vida de las personas sea de felicidad, de disfrute, de arte, de días programados para poder hacer pintura, baile, gimnasia y que las personas ya en su último recorrido por esta vida puedan ser felices, valoradas y disfrutar, de ese poquito tiempo que tengan en este plano.
— Me sorprende un montón y me parece re lindo. Porque la edad adulta se queda afuera de toda esa velocidad con la que avanza todo, de las nuevas generaciones hipercomunicadas, y es algo muy cruel para el sentido humano, ¿no?
— Sí, tal cual. Yo creo que es una cuestión interna mía que le tengo mucho, no sé si miedo, pero respeto a la vejez. No pude disfrutar mucho de mis abuelos cuando era chica. Entonces, esa necesidad de tener abuelos y de poder disfrutarlos y tenerlos bien, como se merecen, la verdad que es un gran sueño que tengo pendiente.
— ¿Cuántos hijos tenés?
— Dos.
— Me imagino que también es una motivación llegar a verlos crecer hasta muy grandes, acompañarlos si les toca a ellos ser padres o madres, estar presente como abuela. ¿Tenés ahí un tema con eso?
— Sí. Por eso es que me cuesta madurar mucho, ¿viste? Vos me ves por ahí, no sé, en mi casa y parezco de 10 años o de 17, estoy como negada a madurar y a crecer porque quiero mantenerme así, quiero ser de esas abuelas jodonas, alegres.
— Joviales.
— Sí. Tengo como una cuestión ahí muy marcada en eso.
— ¿Qué es lo más gracioso o disparatado que tenés de esa niña interna?— Me encanta asustar. Amo asustar, de hecho, lo hablé con mi terapeuta (risas). Puedo pasar media hora encerrada en un armario para esperar y asustarte.
— ¡Eso es genial! Pero ¿por qué te gusta? ¿Qué placer te genera?
— Lo hablé con mi terapeuta (risas). Le dije: “Capaz que tengo algo sin resolver o tengo algún problemita que no he reconocido porque disfruto asustando a la gente y no quiero tener un lado oscuro de mi vida en donde disfrute de que el otro la pase mal”. Me compro caretas, capaz que agarro una cucaracha de goma y te la pongo en la comida. O sea, soy molesta. Entonces le digo al psicólogo: “¿Por qué será?”, me dio curiosidad saber su respuesta. Y me dice: “Es una parte tuya que no quiere crecer, estás jugando. Todo el tiempo estás jugando”. Entonces dije: “Bueno, listo, no tengo ningún lado de maldad”, que tenía miedo, ¿viste? Me dice: “Es como, te gusta divertirte, te gusta reírte” y la verdad es que lo disfruto mucho.
— Sos como una niña traviesa.
— Sí.
— Pero leí por ahí que también sos muy preocupona, incluso en exceso. Y quizás, por compensación, necesitás jugar, reírte y buscar situaciones que te saquen un poco de esa mente tan obsesiva y preocupada.
— Sí, soy los dos polos. Nunca lo había pensado así, pero me doy cuenta que mi vida es como un poco así. Siempre a todo o nada. La necesidad también de reírse, de que suban esas hormonas ahí de alegría, de energía, ¿no?

— ¿Cuál fue la broma más pesada que hiciste?
— He llegado a hacer bromas pesadas de hacerme la desmayada para que el otro se asuste porque me asustó primero. Entonces termino yo asustando al otro. Tengo un nivel de imaginación para que el otro la pase mal (risas).
— ¡Sos picante!
— Me gusta. No tengo miedo al chiste porque lo disfruto tanto y siempre lo hago desde un lugar lindo para que todos nos riamos. Creo que soy la más intensa y molesta.
— ¿Y eso en tu familia aplica? ¿Se lo has hecho a tu pareja?
— ¡Sí!
— ¿Y a tus hijos les causa gracia?
— Sí, te juro. Yo soy más pesada que los tres que habitamos en la misma casa. Al más chiquito no lo asusto tanto porque lo pasa mal. Pero a mi marido lo hago que se tire en la cama y se agarre el pecho porque lo asusto muy fuerte. O sea, yo estoy en la pieza de la nena y siento que él viene y me quedo parada en la puerta esperando que pase para asustarlo (risas). Y capaz estoy 15 minutos riéndome de eso. Soy muy burlista también.
— ¿Y cuando te lo hacen a vos, cómo sos?
— Me río, también. Pero busco hacértela el doble, ¿entendés? O sea, no me quejo (risas). Amo eso.
— En el primer juego te voy a preguntar por cuánta plata harías o no harías ciertas cosas que te voy a proponer. Está todo relacionado con tu vida. Cosas que has dicho, etc.
—Dale.
—La primera es: ¿Por cuánta plata volvés a vivir un año en Bélgica?
— Yo la verdad que no soy muy pretenciosa y tengo muchas ganas de volver y que mis hijos conozcan de dónde salieron, sobre todo el más chiquito, que nació allá y todavía no tiene mucha idea de eso. Pero yo creo que iría hasta sin plata (risas). No me pesaría, porque es algo que deseo.
— ¿Cuántos años viviste en Bélgica?
— Ocho y medio. Casi nueve. Y nacieron mis dos hijos allá. Quedó mucha parte de familia que hice allá, de amigos. Quiero reencontrarme con lugares, perfumes que me recuerden a esa hermosa época de mi vida que viví, porque fue muy lindo.
— Cuando estuviste viviendo allá aprovechaste para estudiar música, ¿no?
— Sí. Estudié música, hice clases de canto. Hice algún que otro trabajo en la parte por ahí musical y de televisión, también.
— ¿En qué idioma hablabas?
— En francés.
— Lo aprendiste a hablar y ahí podías trabajar en la tele.
— Sí, lo aprendí. Era la mujer del jugador de fútbol que era cantante, porque yo ya me fui siendo cantante para allá. Entonces, de caradura, necesitaba hacer algo, porque estaba todo el tiempo en mi casa criando a mis hijos...
— Una persona tan inquieta como vos, me imagino que necesitaba también probarse en ese ámbito.
— Sí. Así que me decían: “¿Querés hacer esto?” Y yo a todo le decía que sí, después veía bien qué iba a hacer. Pero yo siempre estaba predispuesta y la verdad que después de una gala de Botín de Oro en donde canté, y fue una noche para mí marcó un antes y un después en Bélgica, empecé a hacer, entrevistas, iba a programas, cantaba y ahí tuve un poquito más de exposición. Pero siempre disfruté de hacer música como podía, desde un pequeño lugar, acompañando a mi marido en su carrera... Por eso estudié allá, en mi casa, en un bar, donde sea, siempre estaba ahí tratando de encontrar oportunidades.

— ¿Por cuánta plata aceptarías que durante un año todos te presenten como “la prima de” o “la esposa de” y dejar un poco tu identidad de lado?
— Mira, lo hice gratis muchos años (risas). Así que si me dan un millón de dólares, chicos, díganlo de por vida, no hay drama.
— ¿No tenés ningún tipo de problema con eso?
— Lo tuve al principio, por la responsabilidad de marcar mi camino, mi estilo y mi música, sabiendo que por un buen tiempo yo iba a ser marcada por ese título. De hecho me costó seis o siete años que me reconocieran por mi nombre y no por “la prima de”. Pero no lo sufrí, sino que me pesó un poco porque era un doble de responsabilidad, ¿no? Demostrar quién era y sacarme ese título para que la gente me aceptara por mi nombre y por mi trabajo. Así que por un millón no tengo drama (risas).
— Tener figuras como Rodrigo y Ulises en tu familia, y que la gente obviamente los conozca, ¿te genera, más allá de la presión, algún tipo de inspiración también?
— Sí.
— Me parece valioso que construyas una carrera en un género musical históricamente ligado a los hombres y que te hayas animado a elegir ese camino porque abre camino para otras mujeres.
— Sí, la verdad que es muy lindo lo que decís, porque costó al principio. Ahora ya son 10 años como solista. Yo arranqué cantando con Ulises y él, cuando yo decidí largarme como solista con mi banda, me dio una mano enorme, me apoyó y me dio trabajo durante un año para que yo también pudiera agarrar experiencia. Para poder plantarme como mujer arriba del escenario. Y me tocó pasar por muchas cosas lindas y no tan lindas, pero que me enseñaron a ser quien soy y a demostrar que realmente era lo que yo sentía, lo que yo quería y lo que amo. Si bien ya lo traigo de herencia y llevo el cuarteto en la sangre, es un género que yo quería defender y hacerlo desde el minuto uno que armé mi banda y dije quiero ser cantante femenina de cuarteto. Por eso el eslogan de nuestra banda es Magui Olave, la voz femenina del cuarteto. Yo quería que la gente me reconociera como una voz femenina, pero haciendo cuarteto. No era ni tango ni folclore.
— ¿Y por qué? ¿Por qué el cuarteto y no música pop o cumbia, reguetón?— Yo nací escuchando cuarteto, nací en mi casa escuchando a La Mona Jiménez, después a Rodrigo y cuando vos llevás algo en la sangre, lo sentís y sabés que es eso lo que querés, no hay con qué darle. Si bien yo he cantado cumbia, melódico, he hecho folclore, yo quería hacer cuarteto. Y sabía que no iba a ser fácil y eso me daba todavía más ganas de poder demostrar que una mujer sí podía hacerlo. De hecho, el tunga tunga, el ritmo del cuarteto se lo puso una mujer, Leonor Marzano fue quien le dio el ritmo al cuarteto. Entonces, me pregunté: “¿Por qué no hay una mujer cantando cuarteto?" Si bien había, estaban Las Chichis, La Gata Noelia y algunas referentes, era muy difícil que una mujer tuviera una estructura y que pudiera trabajar todos los fines de semana en shows como lo hacían los hombres. Porque no había empresarios que apostaran a las mujeres. Entonces, dije: “¿Por qué no?" Y luchamos hasta que lo logramos. Y hoy la legislatura de Córdoba nos reconoce como referentes de la música en este género. Es esfuerzo, sacrificio y años de trabajo. De luchar por lo que uno siente.
— ¿Y qué es para vos el cuarteto?
— El cuarteto es mi forma de vida. Yo lo digo siempre porque lo vivimos 24/7. Mi papá fue músico de Rodrigo, en mi casa es todo el tiempo música y todo el tiempo produciendo. En nueve años que fui un artista independiente: yo producía, vendía las fechas, le pagaba a los músicos, armaba los videoclips. Lo tengo tan presente todo el tiempo. Siempre estoy viendo qué crear. Siento que hoy es parte de mi vida porque todo gira en torno a eso.
— Sé que tu papá estuvo en el día que Rodrigo murió. ¿Vos cuántos años tenías en ese momento?
— Yo tenía 11 o 12 años. Mi papá estaba de viaje, estaban de gira. Venían en la camioneta de atrás con los músicos. Estaba mi tío presente también, el hermano de mi mamá. Se cruzaron en el peaje, se saludaron y un poco más adelante empezaron a ver las chispas, los tumbos de la camioneta y cuando llegaron al lugar se encontraron que Rodrigo estaba todo tapado y había perdido su vida. Después nosotros en mi casa recibimos el llamado, vimos por Crónica toda la secuencia.
— Se supo rápidamente, ¿no? La cobertura fue casi simultánea.
— Sí. Fue el llamado de una prima que dijo: “Prendan Crónica que Rodrigo tuvo un accidente” y nosotros no lo creíamos. Mi mamá decía: “No puede ser”. Hasta que, en una de las imágenes, filman las botas rojas de Rodrigo y dijimos sí es él. Después nos llamó por teléfono mi papá y desde ese día mi casa fue un caos, mi familia fue un caos y realmente mi tía tuvo la fortaleza de poder estar ahí para todos, para sus dos hijos que le quedaban y para toda la familia. Para mí es un gran ejemplo de lucha, de perseverancia y de saber que es Dios quien decide, quien nos trae, nos lleva y hoy aprendo mucho de ella. Es la gran causante de que yo hoy esté haciendo esta música, ¿no?
— Qué historia fuerte. Me imagino cómo habrá impactado en toda la familia.
— Sí y mucho. Porque hoy vos pensás que tenía 27 años. Estaba recién arrancando su carrera. Fue una cosa que nadie se la esperaba. Por eso creo que también el shock fue impresionante.
— Aparte es muy fuerte para toda la gente que lo seguía, también.
— Exactamente.
— ¿Tenés muchos seguidores que son fans de Rodrigo y de Ulises? ¿Sentís que hay una relación de esos seguidores también con tu música?
— Mira, yo creo que en Córdoba la gente ya nos tiene más familiarizados. Porque, de hecho, tocamos todos los fines de semana y somos todos conocidos. Pero me sucede mucho cuando vengo a Buenos Aires. Cuando vengo acá es como que la gente siente que ve en mí un pedacito de Rodrigo. Entonces, me habla de otra manera, me recibe de otra manera y todo el tiempo me preguntan cosas sobre él y yo lo superentiendo. Y a mí me encanta recordarlo y contar cosas de él, porque la verdad que fue una persona muy especial para mí también. Si bien me emociono, porque soy muy sensible, ahora por ahí me cuesta menos hacer sus canciones o hablar de él. Ya lo tengo como compañía, tan dentro mío que, por ahí, siento que lo mantengo vivo hablando de él. Valoro mucho a la gente que se acerca y me dice: “Yo fui a un baile de Rodrigo”. Me cuenta anécdotas y digo: “Gracias por eso”. Me pasa más en Buenos Aires porque no estamos tan seguido. En Córdoba es más natural ya.

— ¿Te molesta el hate por el tema de los covers?
— Tengo como disociada la cuestión. Porque me molesta que por ahí decís: “Bueno, se la agarran conmigo y estamos todos en la misma”. Y por otro lado digo: “Yo también estoy cansada de cantar covers”. Comparto un poco su opinión. Pero al mismo tiempo digo: “Che, no soy la única”.
— Hay un montón de gente que canta covers y también tiene su propio repertorio.
— Y también porque después son ellos mismos los que bailan los covers.
— Puede pasar que a veces te recontra enamorás de un cover, porque te gusta mucho la actitud del artista...
— Y además te gusta la canción y estás honrando a ese artista. Porque uno no deja de respetar quiénes son los autores. De eso nadie se puede apropiar. Ya tiene un dueño. Uno reversiona, intenta mejorarla o llevarla a su ritmo, a su género, desde otro lugar, ¿no? Interpretándola siempre con respeto. Hace poquito reversionamos Rosas de La Oreja de Van Gogh. Y la verdad que en cuarteto quedó espectacular y a mí me encanta. Entonces digo, ¿por qué no tener la posibilidad de hacerlo, de homenajear a un artista o a una canción y poder hacerla en otro género?
— Además estás adaptándola a un estilo musical que vos hacés y estás llevando una canción que es de otro universo musical a ese universo musical. Eso es un regalo para la música.
— Sí. También que generamos acciones para ese artista, para ese compositor que la hizo.
.— Que se dejen de hinchar.
— Sí, que bailen, que disfruten la vida. Ya está (risas).
— ¿Alguna vez quisiste abandonar la música?
— Sí.
— ¿Cómo fue eso?
— Te juro que lo tuve presente porque, así como es muy linda la música y tiene momentos increíbles, también tiene muchos momentos de frustración. A veces te agarra un poco vulnerable y es difícil salir de eso. He tenido momentos donde me he planteado: ¿realmente vale la pena pasar por esto? Situaciones de humillación, en donde te hacen dudar de vos misma. Cuando estás vulnerable o en situaciones personales en donde se va una persona que querés y decís: “¿Tengo la fortaleza para seguir después de esto?”. La vida te va demostrando que sí, que uno es más capaz de lo que imagina y que, si te lo propones y confías un poco más en vos mismo, lo podés lograr. Pero es trabajar mucho la confianza, la autoestima. Estar pendiente de las redes, que para muchas cosas son buenas y para otras no tanto, te hacen dudar de vos misma, de si tenés talento, si cantás bien, si está bien lo que hiciste o no. Prestarse atención a uno mismo y saber que, si uno mira para atrás, ha logrado muchas cosas. Si uno no se abraza, no se quiere, no se ama y no se disfruta, nadie lo va a hacer por uno mismo. Hoy, con terapia, pude entender un poco más y seguramente seguiré aprendiendo, pero hoy va a ser difícil que me hagan bajar los brazos.
— ¿Y por qué sos tan preocupona? Porque tenés tanta terapia encima que se te ve fuerte. ¿Fue un proceso llegar hasta esta energía de estar plantada sobre lo que querés y llevarlo adelante o vivís con esa seguridad y a la vez con toda la preocupación?
— Me preocupa todo.
— ¿Pero es por la paranoia de que se caiga esto o en general también con cosas de la vida?
— Todo. Desde muy chiquita siempre fui como el sostén. Tuve una mamá que sufrió mucha presión. Entonces, siempre intenté que todos estuvieran bien. Si todos estaban bien, yo también estaba bien. Fui de esas personas que siempre se dejó para el último lugar, pero siendo feliz igual, porque veía feliz al resto. Me pasa mucho en mi casa, soy tan sobreprotectora. Me pasa con la banda también. Por ahí me siento la mamá del grupo y les digo: “¿Comiste? ¿Te cortaste el pelo? ¿Estás bien?”. Soy muy así, porque es mi personalidad. Pero también lo sufro cuando no estoy bien. Me encanta ser el pilar del resto, pero cuando yo me caigo es ahí donde me encuentro un poco sola, porque acostumbré al resto a ser el pilar. Pero disfruto de ser así y hoy estoy en un año de proceso, de aprendizaje. Tengo 38 años y me siento más madura, más decidida a que el resto de mi carrera, no sé si serán seis meses, un año, seis o 10 años, disfrutarlo y ser feliz. La vida me enseñó que ni nosotros mismos sabemos cuánto más vamos a estar acá. Hoy decido ser feliz, disfrutar. He pasado por momentos de salud en donde aprendí a valorar el tiempo. No somos dueños de nuestra vida ni decidimos cuánto vamos a poder disfrutar. Hoy miro a mis hijos y digo: “Tengo que enseñarles que la vida es hoy, a disfrutar y a que no sabemos qué va a pasar mañana”. Hoy siento que estoy preparada y más madura para decir lo que quiero y que se me respete, soy dueña de mi vida para decidir qué quiero y qué no. Y este año estoy en ese procesode tomar decisiones que hace tiempo quería y de ahora en más, ser feliz y disfrutar lo poco o mucho que me quede.
— ¿Y cómo fue el momento en el que viviste esa situación de salud tan fuerte? ¿Qué aprendiste de eso?
— Aprendí a valorar el tiempo. Si bien soy una persona que vive mucho el momento, también siempre estoy pensando en lo que va a pasar después. Tuve un síncope que me hizo parar, estar una semana internada y replantearme muchas cosas.
— ¿Dónde estabas cuando te pasó?
— En la puerta del colegio de mis hijos. Me sentí mal, con un principio de pánico. No sabía lo que era en ese momento, pero tuve la sensación de asfixia y que me iba a descomponer. Me empezó a doler mucho la cabeza y llamé a una amiga, le dije: “Vení a buscarme porque no me siento bien”. Cuando quise bajar la ventanilla del auto, me desmayé. Estuve un par de segundos sin signos vitales.
— ¿Tu auto estaba estacionado?
— Estaba estacionado. Justo por prenderlo para arrancar y volverme a casa.
— ¿Tus hijos estaban adentro de la escuela?
— Sí, e el cole. La más grande tenía su curso en las ventanas que daban a la parte de afuera y vio todo. Después de eso, cuando me reanimaron tuve un episodio de pánico y ahí dije: “¿Por qué llegar a este punto donde el cuerpo te dice basta?”. Me faltó en la fabricación de mi cuerpo el filtro emocional, no tengo filtro (risas). Si hay una injusticia, algo que me dolió o me pasó, no tengo filtro. Mi cerebro dice: hasta acá llegaste y reiniciate de nuevo porque no podés seguir más allá. Ahí colapso y me pasan estos episodios. No es un tema de mi corazón, me hicieron muchos estudios y no tengo nada.
— No es un tema de salud clínica de tu cuerpo, sino una cuestión...
— Emocional. Tendría que venir una pastillita que nos haga decir: “Bueno, me chupa todo un...”
— Es el último juego. En este tenés que tomar un sorbo cada vez que hiciste algo de lo que yo te digo. La primera es: yo nunca, nunca revisé un celular.
— ¿Qué tengo que decir? Siempre reviso un celular (risas). Me encanta revisar celular...
— ¿Revisás el celular solo por control a tu pareja, a tus exparejas o a tus hijos también? No sé si tienen celular. ¿Cuántos años tienen?
— La más grande tiene 17 y el chiquito tiene 10, pero no tiene celular.
— ¿Dónde entrás? ¿Dónde sos más morbosa con eso? ¿Te lo tomás con humor?
—A WhatsApp no entro porque me estresa, me empieza a latir el corazón tan fuerte que ya no... Creo que hay límites, hay cosas que uno debe respetar el espacio de otros. Pero sí me encanta entrar a la galería de fotos, sacarme una foto y dejarla ahí. De molesta...
—¿No sos de revisar por control? Decime la verdad.
—Por control sí he revisado. Pero ya estoy grande, ya maduré. La terapia hace efecto y hoy ya no hago eso. No me gusta que me lo hagan tampoco. Por ahí lo que uno habla con amigas, son espacios, cosas personales que uno tiene que respetar y aprendí a respetar ese espacio. Antes no lo hacía, hoy sí. Estoy más grande (risas). Es más sano, creo yo, ¿no?
—¿Qué es lo peor que encontraste? Porque a veces uno entra por una cosa y termina descubriendo otra verdad: dinero oculto, otra orientación sexual o cualquier otra situación inesperada. Hasta una sorpresa que te están escondiendo. Por ahí encontrás cosas buenas.
—Es raro. Nunca me pasó (risas). Pero he encontrado chats que dije: “Así que pensás esto de mí. ¿No te gustó tal cosa?”. Bueno, por las dudas cierro, a ver si sigo encontrando más. Pero me ha pasado encontrar conversaciones y cosas que después me río porque digo: “¿Quién me mandó a revisar?”.
—Yo nunca, nunca perdoné algo que juré que jamás iba a perdonar.
—Sí. Yo digo una cosa y hago otra. Otro tema en terapia. Le digo a mi terapeuta: “¿Por qué digo una cosa y hago otra?”. No sé si no hablar más y no decir más las cosas porque...
—¿Qué cosas, por ejemplo?
—Desde chica decía no me voy a casar y me casé. No voy a perdonar una infidelidad y perdoné. Todo lo que dije que no iba a hacer, lo hice...
—Por ahí tenés que atravesar por eso. ¿Hoy dónde estás parada después de perdonar? Danos una lección. ¿Perdonamos o no perdonamos? ¿Por dónde está la verdad de la milanesa?
—Eso es muy personal, ¿no? Creo que todo es consecuencia de algo, todo pasa por algo y viene con algo anterior. Tiene que ver mucho en cómo fue, qué situación, el porqué. Cada cosa es muy puntual. Tiene que ver mucho el amor propio, el amor por el otro. Juegan muchas cosas a la hora de perdonar, ya sea una amistad, una infidelidad. Creo que el perdón está bueno, está bueno para uno, para sanar y no vivir con eso. Aprender que todos nos podemos equivocar y que está bueno aprender de todo, del perdón y de lo que nos pase. Lo ideal es sacar siempre lo positivo. En mi barrio decían “nadie muere mucho”, así que creo que hay que tomárselo con...
—¿Con un poco más de salsa y humor?
—Sí, tal cual. Y ya está.