Una batalla invisible

Participó en el nacimiento de YouTube en España cuando internet cambiaba para siempre la forma de consumir vídeos. Al mismo tiempo, la pornografía dejaba de ser algo oculto para convertirse en un consumo inmediato y permanente. Él no se libró. Mientras su carrera despegaba, encontró en la pornografía el refugio al que recurría cuando el malestar le desbordaba. Años después decidió contarlo en Más allá del laberinto: cómo me liberé de la pornografía (Albada). Pero no lo hace como una confesión. Da voz a las distintas partes de sí mismo: la herida, la que busca agradar, la que se evade, la que busca sentido y la que quiere salir del laberinto. La pornografía es el punto de partida de una historia que habla, sobre todo, de las contradicciones con las que convivimos y de un tabú masculino que casi siempre queda en silencio.

¿Qué le enganchó a la pornografía?

Cuando YouTube revolucionó la forma de compartir vídeos, en el 2005 o el 2006, yo vivía solo en Madrid, tenía unos 28 años y empecé a consumir pornografía en mis momentos de soledad.

Usted estuvo en el nacimiento de YouTube en España.

Sí. Pero para mí la pornografía nunca fue entretenimiento sexual. Era un analgésico al que recurría cuando estaba mal.

¿En qué momentos?

Cuando me sentía solo, cuando algo no había salido bien en el trabajo o estaba desanimado. Era mi forma de anestesiar el malestar.

¿Era un problema?

Estaba muy normalizado, pero chocaba con la persona que yo quería ser.

¿Cómo lo vivía?

Como una fractura interior. Ya estaba con quien hoy es mi mujer y sentía que no l era completamente fiel. Entré en bucle: lo hacía, no quería hacerlo, prometía que no volve­ría a ocurrir... y volvía a caer. Llegué a odiar la pornografía y esa parte de mí.

¿Cuánto tiempo duró esa lucha?

Casi ocho años. Recuerdo que, al ver dormir a mi primer hijo, pensé: “No quiero que tengas un padre que haga esto”.

¿Cómo lo resolvió?

Encontré a una coach especializada en personas adictas a la pornografía que me ayudó muchísimo. No solo a dejar el hábito. Me ayudó a entender por qué recurría a él.

¿Qué descubrió?

Que la pornografía no era mi problema; era mi refugio. Llevaba toda la vida intentando gustar a los demás y escapaba de esa presión.

¿Dónde nació la necesidad de agradar?

De pequeño se metían conmigo por mis orejas de soplete y hubo episodios que me hicieron sentir muy expuesto. La pornografía era mi forma de dejar de sentir esa insuficiencia durante un rato.

¿La fe le ayudaba o aumentaba la culpa?

Ambas cosas. Después de consumir pornografía me sentía profundamente avergonzado. Pero al mismo tiempo la fe era lo único que me permitía creer que seguía teniendo valor como persona y que podía volver a empezar. Y un día ocurrió algo que tiene que ver con usted.

¿Conmigo?

El 29 de marzo del 2018 estaba con mi mujer y mis dos hijos en un retiro familiar en Salamanca. Aquella mañana salí solo a desayunar, encontré un ejemplar de La Vanguardia y leí una Contra suya que me cambió la vida.

¿A quién entrevistaba?

A Raúl Eguía, un biólogo molecular que explicaba que había estado atrapado por la pornografía y que, al borde del suicidio, clamó a Dios: “Si existes, sácame de aquí”. Contaba que, a partir de aquel momento, quedó liberado. Me impresionó que lo explicara un científico. Pensé: “Si a él le ocurrió, ¿por qué no a mí?”.

¿Qué hizo?

Volví al retiro, entré solo en una sala y recé en voz alta. Le dije a Jesús: “Si lo has hecho con Raúl, hazlo también conmigo”.

¿Y?

Sentí una paz inmensa. Como si una nube negra saliera de mi cabeza. Es difícil explicarlo con palabras, pero para mí aquel fue el momento en que todo cambió. No volví a consumir pornografía.

¿Tuvo que luchar?

No, eso es lo sorprendente. Pasaron meses hasta que me di cuenta de que ni siquiera había vuelto a pensar en ello. Fue como si hubieran borrado un archivo de mi memoria.

¿Qué cambió aquella experiencia?

Mi forma de entender la fe. Hasta entonces la había vivido como un conjunto de normas; desde ese día la vivo como una relación.

¿Ya no es una idea?

Exacto, es alguien con quien comparto la vida. Rezo, le hablo, le escucho.

¿Cuándo se lo contó a su mujer?

Dos años después. Primero necesitaba entender lo que me había pasado. Era una historia muy íntima y muy dolorosa.

¿Cómo reaccionó?

Me escuchó, me perdonó y comprendió el proceso. De hecho, escribió el epílogo del libro. La vergüenza hace que muchos hombres vivan esto completamente solos.

¿Qué ha ocurrido desde que empezó a hablar públicamente?

Muchos hombres se me acercan y me cuentan cosas que no habían contado a nadie. A veces basta con que alguien rompa el silencio para que otro también pueda hacerlo.

¿Qué tienen en común esas historias?

La vergüenza. No siempre la pornografía; muchas veces la sensación de llevar una doble vida y de no saber cómo salir de ella.

Ha dado muchas charlas en colegios. ¿Qué le preocupa?

Que no se hable con ellos del tema en casa. La pregunta esencial no es cuánto consumen, sino en qué persona quieren conver­tirse.