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La artista Mariela Sancari sufre hiperhidrosis congénita. O sea: suda patológicamente, mucho más que la mayoría de los mortales. En el libro Sudor (Ediciones Comisura) convierte el sudor en pretexto para alternar la experiencia propia, las reflexiones documentadas sobre la dimensión ensayística del sudor (de Aristóteles a David Foster Wallace), las divagaciones poéticas y un uso artístico del sudor encarnado en obras que, siendo abstractas, también son figurativas. En la parte testimonial, describe la convivencia con el sudor excesivo desde la infancia y el rechazo que provoca, proporcional a la vergüenza que conlleva.

Escribe: “El que suda demasiado se percibe como sospechoso: de enfermedad, de pobreza, de falsedad, de ‘baja civilización’, y se empieza a hablar de ‘mal olor’ como una forma de exclusión social”.
El libro de Sancari habla, entre otras cosas, de la relación del sudor con el olor
El olor es un elemento importante del libro: sirve para introducir la relación de los que sudan –sudamos– demasiado con los desodorantes. Sitúa el origen del primer desodorante en Pensilvania, en 1888, y reproduce anuncios que recomendaban su uso para “no perjudicar su imagen”. No son comentarios superados.
En el 2002, en pleno Mundial de Corea, al seleccionador José Antonio Camacho se le ocurrió levantar los brazos y dejar al descubierto (la humedad y el calor eran insoportables) la parte de la camisa de los sobacos, empapada de un sudor tan televisivo, que, años más tarde, inspiró este comentario irónico del periodista Jorge Alacid: “Si lleva el sobaco sudado nada más salir de la ducha, no lo dude: estamos ante un auténtico español”. Camacho ha quedado atrapado por la crueldad de los memes, que, reduciéndolo a una máquina de sudar, olvidan que fue un defensa excepcional (Cruyff decía que los defensas que mejor lo habían marcado eran Berti Vogts y Camacho).
Para Sancari, la ironía es uno de los instrumentos para contar cómo el sudor ha condicionado su manera de vestir (colores, tejidos, modelos), de actuar y de pensar. El sudor que delata a los mentirosos, el sudor mitificado por el sexo y que, en realidad, puede ser dramático..., todo confluye en una conclusión definitiva: “Soy una mujer chorreante, líquida, inestable, salada, pegajosa, que se desborda”. Recomendación: leer el libro cerca de un ventilador, preferiblemente encendido.