6 de agosto, 2026 - 06h00

La crisis desatada por la incursión de 60.000 personas provenientes de Marruecos en el enclave español de Ceuta ha evidenciado el momento de tensiones que se viven en el interior de la Unión Europea (UE), producto de su entorno internacional y de la recomposición de los escenarios políticos domésticos.

La guerra de Rusia contra Ucrania, el agresivo desacoplamiento de los EE. UU. de las agendas comunes comerciales, la reconstitución de los mercados mundiales, sumados al largo estancamiento económico iniciado en el año 2008, han puesto en evidencia las vulnerabilidades europeas y han sido el telón de fondo para que, en medio de las insatisfacciones de su población, emerjan fuerzas políticas ultraconservadoras cuyas agendas apuntan, en términos internacionales, a debilitar o disolver la UE para reemplazarla por regímenes autocentrados, lo que llaman, junto con Elon Musk, la “Europa de las naciones”.

Las ultraderechas europeas han crecido en todos los países. Sus agendas promueven el fin de la apertura a las diversidades culturales y de género, la vuelta a los valores tradicionales de las sociedades blancas del pasado, el combate a la visión cosmopolita que acompañ‎ó al liberalismo del siglo XX y que despectivamente llaman “globalismo”; y, sobre todo, son un mecanismo de agregación de simpatías de aquellas personas golpeadas por la crisis económica, la xenofobia, que se expresa en el rechazo a la recepción de migrantes, sobre todo de aquellos que provienen de sociedades étnica y culturalmente diferentes. Entre ellos, obviamente, la de los latinoamericanos.

El Gobierno español recientemente produjo una normativa para regularizar a cientos de miles de residentes, perfectamente integrados y productivos en ese país, buena parte de ellos latinoamericanos, pero el costo político puede ser muy alto, a pesar de la racionalidad de la decisión. Los eventos en Marruecos, a menos que sean el producto de infinitas casualidades, parecerían deliberadamente producidos para evidenciar las vulnerabilidades españolas, dentro de su política doméstica, y europeas por la ausencia de regímenes comunes.

Esta crisis ha sido distinta por su espectacularidad, pero hay antecedentes del uso de la migración como arma política. Quizás el más evidente fue el corredor construido por Bielorrusia y alentado por Moscú que por años filtró refugiados del Asia central y del Medio Oriente a los países europeos.

Están en ciernes procesos electorales fundamentales en el corazón, el núcleo duro de la UE, Francia y Alemania. En ambos países las ultraderechas han crecido mucho, y en Francia, particularmente, encabezan las encuestas presidenciales. El tema de la migración va a ser central y el destino de los demás países de la región se juega en ellas.

Lo paradójico de estos escenarios es que muestran que el mundo está, más allá de la visión cerril de los extremistas conservadores, interconectado. Lo que ocurre en Washington, Rabat o Bogotá tiene implicaciones en Europa, y en el resto del mundo. La imagen de naciones absolutamente autónomas y culturalmente homogéneas no se materializará nunca en el mundo de la realidad. (O)