16 de septiembre, 2026 - 07h00

Cuando leemos que 300.000 personas han sido desplazadas internamente en Ecuador en apenas tres años, y sumamos asesinados, secuestrados, niños desnutridos, jóvenes sin empleo, algo se derrumba. No solo afuera. También dentro de nosotros. Implosionamos. Y quizás la pregunta más inquietante no sea únicamente cómo recuperar la seguridad, reducir la pobreza o derrotar al narcotráfico. Hay otra, más honda y menos frecuente: ¿qué hemos hecho para que esto suceda?

Porque podemos perder mucho más que el control de un territorio. Podemos perder el sentido de pertenecer a una comunidad, a un país.

El narcotráfico dejó de ser solamente tráfico de sustancias. Estamos en un narcosistema. Han construido una red que mueve economías, penetra instituciones, recluta jóvenes, compra voluntades y ofrece algo todavía más peligroso: identidad. Dinero, poder, reconocimiento, pertenencia. Una respuesta feroz a preguntas que demasiadas veces dejamos sin respuesta: ¿quién soy?, ¿cuánto valgo?, ¿a quién le importo?

Por eso no basta combatirlo con armas. Hay que preguntarse qué vacío encontró para instalarse.

La paradoja es brutal. Mientras desarrollamos inteligencia artificial, computación cuántica y tecnologías capaces de explorar los secretos de la materia, seguimos produciendo seres humanos que no encuentran razones suficientes para esperar, confiar, pertenecer. No logramos gestionar la miseria, la exclusión y autodestrucción.

Tal vez la gran revolución pendiente no sea tecnológica ni política. Tal vez sea una revolución del ser.

No significa abandonar las urgencias concretas. Necesitamos seguridad, empleo, educación, justicia, instituciones que funcionen. Pero nada de eso responde por sí solo a la pregunta esencial: ¿para qué vivimos y con quiénes queremos vivir?

Una sociedad desesperanzada no necesita solamente más cosas. Necesita recuperar sentido.

Quizás estamos en un momento colectivo que nos obliga a observarnos a nosotros mismos, a preguntarnos que hemos construido y qué necesitamos verdaderamente para coexistir en este planeta. Tal vez nos falta aprender a transformarnos.

Y quizá la primera tarea sea sorprendentemente sencilla y tremendamente difícil: aprender a escuchar.

Escuchar antes de responder. Al joven antes de etiquetarlo. Al miedo escondido detrás de la violencia. Al que piensa distinto. Escuchar el silencio, los árboles, el agua, los animales. Sintonizar otra vez con cuanto nos rodea.

También escucharnos por dentro. Somos millones de células viviendo juntas. Somos uno y somos muchos.

Quizás allí comienza otra manera de habitar el mundo.

Entonces el amor deja de ser una palabra bonita, privada o ingenua. Se vuelve profundamente social: cuidar, reconocer, vincular, hacerse responsable del otro. Ninguna sociedad puede sostenerse mucho tiempo cuando sus habitantes dejan de importarse unos a otros.

No sé si estamos ante el final de una época o el comienzo de otra. Esta vez quizá la revolución no empiece tomando el poder. ¿Y si empieza haciendo silencio, escuchando, hasta entender quiénes somos? (O)