“Digital y virtual, con respecto a lo real y lo presencial, no funcionan de manera dicotómica. No hay uno que sea más real y otro que sea más o menos de mentira. Funcionan como un continuum, en donde la existencia, la presencia y los efectos de esa presencia son equiparables”, dice, en diálogo con EL DIA, Gabriela Bravetti, licenciada en Psicología, docente e investigadora de la Universidad Nacional de La Plata y Directora de proyectos de investigación y extensión sobre temáticas de familia, adolescencia, subjetividad y tecnologías digitales y relaciones intergeneracionales

La frase intenta correr una idea instalada: que lo que pasa en una pantalla pertenece a un orden distinto de lo que pasa cara a cara. Para buena parte de los adultos, dice, lo virtual sigue siendo una especie de simulación, un plano donde las cosas no terminan de ser del todo verdaderas. Para los chicos, en cambio, ya no hay dos planos. Hay uno solo.

Las diferentes investigaciones iniciaron 2020 con un propósito puntual: entender cómo la tecnología digital afectaba y modificaba la relación entre generaciones; el vínculo entre adoles y sus padres, y los padres con sus hijos.

La conclusión inicial fue el desarme de una idea que hasta hace poco funcionaba como sentido común: la del “nativo digital”. El término suponía que, por haber nacido rodeados de dispositivos, los chicos contaban con las herramientas para manejarse con criterio en un mundo digitalizado. La investigación encontró lo contrario.

“Se desconoce la falta de criterio que muchas veces tienen los chicos, y la ausencia de un acompañamiento en el establecimiento de un pensamiento crítico a la hora de manejarse en el ámbito de lo digital”, explica Bravetti.

El efecto, explica, corre en las dos direcciones. A los chicos los deja solos, sin referencias para orientarse en sus prácticas vinculares. A los adultos los deja en una falsa confianza, o directamente en el desconocimiento de lo que pasa en ese territorio que suponían dominado por las generaciones más jóvenes.

LOS RIESGOS QUE CAMBIARON DE NOMBRE

Las investigaciones más recientes del equipo de Bravetti se corrieron hacia otro objeto: los riesgos que los propios adolescentes identifican en el mundo digital, y las estrategias que despliegan para protegerse de ellos.

El grooming y la suplantación de identidad siguen ahí, pero ya no son lo que más preocupa. Lo que aparece con más fuerza ahora son los discursos de odio y sus efectos de multiplicación.

“El discurso odiante termina generando un efecto de multiplicación, como si fuera una bola de nieve. Genera efectos que no estaban en la base de esa manifestación inicial, y el sujeto en sí mismo no la puede parar. No puede hacer ningún tipo de estrategia para alejarse de esa situación, y eso genera un riesgo de pasivización total”, describe.

A eso se suma otro fenómeno que los chicos nombran cada vez más: la sensación de que cualquier cosa que expongan de sí mismos puede convertirse en materia de daño. La sexualización de imágenes propias, dice Bravetti, aparece hoy como una vivencia explícita, acompañada de la percepción de que es casi imposible sustraerse de esa situación una vez que ocurre.

EL ENCUENTRO ENTRE PARES

Uno de los lugares donde más se nota el cambio es el grupo de pares. Ahí, dice Bravetti, conviven dos aspectos qe ahora se encuentran subrayados en lo digital: el sostén y la vulnerabilidad.

“Los apoyos que ellos encuentran son siempre entre pares. El grupo de pares se vuelve el lugar de sostén, pero también un lugar de vulnerabilidad, en función de lo que sucede entre ellos en las dinámicas del grupo, en lo digital.”

En su trabajo clínico con adolescentes y familias, la preocupación que suele aparecer es la misma: los chicos no se ven con nadie, no están con nadie. Pero el encuentro no desapareció, se mudó de plano. Sucede en llamadas nocturnas, en Discord, en foros.

La era digital deja solos a los chicos, sin referencias para orientarse en sus prácticas vinculares

“Tenés, por ejemplo, alguien que tenía una dificultad a la madrugada y se unía al Discord porque sabía que ahí iba a encontrar palabra. Sabía que ahí iba a poder contar con apoyo”, cuenta. Algunos adolescentes esperan igual el encuentro presencial, como una instancia distinta. Para otros, la presencia digital ya es la presencia.

LA CONSTRUCCIÓN DEL OTRO

Hay una idea que Bravetti trabaja con cuidado, porque suele prestarse a lecturas apuradas: la tecnología no atrasa la construcción del vínculo con el otro. La modifica. “Es distinto. Lo que estamos encontrando es que lo modula, lo modela de forma distinta”, aclara.

Lo que aparece con más fuerza hoy son los discursos de odio y sus efectos de multiplicación

La representación de un otro frente al cual no puedo actuar de cualquier manera —un otro que sufre, que puede ser dañado, frente al cual tengo una responsabilidad— no es innata. Es una construcción psíquica y sociocultural que se arma a lo largo de la vida, con un primer momento en la infancia y un segundo tiempo, decisivo, en la adolescencia.

Ese segundo tiempo es hoy más vulnerable, porque la lógica de lo digital desdibuja los límites entre uno mismo y el otro. Sin esa frontera, aparece la ilusión de que con el otro se puede hacer todo. No es solamente la ausencia de un límite al impulso: es la falta de una representación estable de ese otro.

Y ahí, dice Bravetti, conviene no confundir la falta de esa construcción con una falta de voluntad. “No le podemos pedir a un adolescente que sea responsable de todos sus actos, porque recién está pudiendo responder por las consecuencias de sí mismo.”

El grupo de pares se vuelve el lugar de sostén, pero también un lugar de vulnerabilidad, en función de lo que sucede entre ellos en las dinámicas del grupo, en lo digital.

Gabriela Bravetti
Licenciada en Psicología, docente e investigadora de la UNLP

REGLAS PARA JUGAR

Si la construcción del otro es un proceso gradual, la pregunta que queda es quién sostiene ese proceso mientras tanto. Para Bravetti, la respuesta no es individual: es una responsabilidad social, que no se agota en los padres ni en los docentes.

Ahí ubica los dos ejemplos que menos discusión generan y menos regulación tienen: las apuestas online y la pornografía, donde el único filtro suele ser un cartel que pide confirmar ser mayor de edad.

Por eso, dice, firmó junto a otras organizaciones e instituciones una carta pidiendo una legislación acorde. No para habilitar la censura ni la patologización de las prácticas digitales, sino para anticiparse, en lugar de intervenir después de que el daño ya ocurrió.

“Esto llegó para quedarse y nos transforma”, dice. La tarea, entonces, no es la de frenar lo digital, sino la de entender cómo se están construyendo hoy los lazos con el otro, y qué reglas hacen falta para que esa construcción no quede librada a la suerte de cada uno.

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