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Intento escribir desde la misma terraza de cada año, en un apartamento sin aire acondicionado frente al mar, en el puerto donde veraneaban mis abuelos y seguimos haciéndolo nosotros. Me cuesta porque, desde que el hotel de al lado pasó a formar parte de una cadena, ponen música en la piscina casi todo el día. Cumple con el horario y los decibelios permitidos, lo cual no impide que el ritmo machacón del acuagim primero y el tono empalagoso del chill out después lleguen impertinentes hasta aquí. Si durara solo una hora, o sonara a un volumen discreto, sería soportable. Pero es que encima repiten las mismas canciones.

Los vecinos, que ya tuvieron que aguantar las obras de la construcción del rooftop del hotel, ahora están obligados a convivir con el mal gusto de la playlist, en una de las pocas zonas tranquilas que quedaban. A veces un violín añade estridencia al llamado Beach Club donde está la piscina, interpretando éxitos contemporáneos en versión muzak. Tras la cena, sesión de dj.
Veo a varios clientes en sus tumbonas, de espaldas al mar y al paisaje
Acabar con el silencio del lugar (uno de sus grandes bienes) es legal, pero también irritante y triste. Constata el poco respeto que el modelo turístico suele tener por los residentes y el entorno. Es otra prueba de que su sistema depredador arrolla y abusa del espacio, sin apreciarlo. Desde aquí veo a varios clientes en sus tumbonas, de espaldas al mar y al paisaje, ajenos a lo que se extiende más allá de ese mundo aparte por el que pagan 260 euros la noche y cuya decoración interior es asépticamente impersonal.
Con mis primas y mi tía fuimos a cenar al restaurante del rooftop . Las vistas son espectaculares. El problema es que, desde abajo, desde las casas del puerto, la pérgola en la azotea del hotel de siete plantas se yergue como un mamotreto. Aun siendo un cuatro estrellas superior, de las barandillas de los balcones penden toallas como si estuviéramos en Magaluf. El hotel muestra la belleza que lo rodea, mientras la afea. En una suerte de horror vacui, tapa con su musiquita incesante la paz del mar que acaricia la orilla. Convierte el lugar –memoria de todos los veranos de mi vida– en un producto para el consumidor dispuesto a gastar, aunque no valore eso que lo hace extraordinario.