17 de septiembre, 2026 - 07h00
En la racionalidad del análisis, esa marca de identidad de quienes hacen opinión periodística, late siempre una interioridad emocional y espiritual. Aunque las urgencias de la coyuntura social obliguen a describir la realidad con rigor crítico, en el columnista persisten rasgos humanos inevitables. Son elementos que se suelen soslayar al examinar la política, las guerras, la migración o la economía. ¿Es realmente posible disociar la producción periodística de la complejidad humana? Me pregunto si es posible hacer análisis desde la sensibilidad hacia el otro, ya sea para indignarse ante la injusticia o para juzgar a quien comete acciones que dañan el bien común.
Para algunos, invocar esa sensibilidad equivaldría a claudicar; sin embargo, sostener esto no significa encubrir la impunidad o rebajar la severidad de la crítica. Representa algo más complejo: renunciar al linchamiento personal para intentar comprender el acto como el síntoma de una fractura mucho más profunda. Frente a dilemas de filosofía moral, el cristianismo es mi fuente de partida. Me obliga a cuestionar hasta qué punto quien dice profesar esta doctrina puede escindir su conducta en la vida real. ¿Con qué derecho lanzamos la piedra, miramos la paja en el ojo ajeno y nos ensañamos en el juicio? Al fin y al cabo, si seguimos esa rigurosa propuesta ética, descubriremos que albergamos debilidades y sentimientos idénticos a los que censuramos.
Por esa certeza vital he optado en mi trayectoria como columnista por examinar categorías y estructuras sociales antes que individuos específicos. No es un dogma absoluto; a veces he evaluado el desempeño de actores políticos concretos. Pese a ello, mi inclinación viene de las ciencias sociales, que convergen con la moral al asumir que nadie actúa en el vacío: el sujeto está condicionado por su entorno y su propia fragilidad. Disciplinas como la sociología, el psicoanálisis o la filosofía del derecho operan bajo esa premisa al analizar al ser humano inserto en sistemas de convivencia.
Ese enfoque me permite confrontar las prácticas ciudadanas con los pilares que sostienen a la sociedad.
La democracia es el mejor ejemplo. Comprender su andamiaje filosófico ayuda a desnudar la veleidad de quienes gobiernan y de quienes aspiran a sucederlos. Si el sistema se fundamenta en la igualdad, el bien común y el Estado de derecho, el examen de los gobernantes frente a esos espejos debería traducirse en un afán colectivo de enmienda, usando las herramientas que las mismas estructuras proveen.
Acudo aquí a Marguerite Yourcenar, a quien leo en estos días. En Alexis o el tratado del inútil combate, la escritora francófona nos sacude con una advertencia espiritual nítida: “No sé, amiga mía, de qué nos servirían nuestras tareas si no nos enseñaran la compasión”. Quien escribe opinión corre el riesgo latente de inhibir sus referentes religiosos, filosóficos o literarios para mimetizarse con una supuesta objetividad racional. Sería una simplificación. La denuncia personal termina siendo limitada e insuficiente si no nos asumimos como parte del problema y omitimos el análisis de las grandes ideas morales que son el fundamento de nuestra convivencia. (O)