El otro día me invitaron a un taller para pintar un cuadro mientras bebía vino. Durante unos segundos pensé que podía ser divertido y luego comencé a imaginar la escena: un grupo de adultos, copa en una mano y pincel en la otra, intentando convencerse de que aquel cabernet despertaba al Picasso que todos llevaban dentro. Empecé a buscar en internet para informarme mejor y descubrí que aquello no era una extravagancia aislada, sino una nueva forma de entender el ocio.

Había cenas con ópera en directo, vino español maridado con comida cantonesa, rutas por la naturaleza acompañadas de percusión africana, o sesiones de yoga con degustación de quesos artesanos. En cuestión de minutos comprendí que el maridaje había dejado de ser una palabra propia de la enología para convertirse en la coartada perfecta del marketing

Hubo un tiempo en que el verbo maridar era una cosa muy seria: el vino blanco acompañaba al pescado, el tinto a la carne y, como mucho, los profanos podíamos mantener una discusión sobre si aquel rioja necesitaba más barrica. Hoy, basta con unir dos sustantivos cualesquiera para que se convierta en una experiencia exclusiva con plazas limitadas. Ya nadie organiza actividades, organiza maridajes. La palabra tiene algo mágico y convierte cualquier ocurrencia en un acontecimiento cultural. 

La palabra tiene algo de mágico y convierte cualquier ocurrencia en un acontecimiento

Si anuncias una simple cena con orquesta, parece el menú de un hotel de Benidorm. Si hablas de un maridaje gastronómico con interpretación lírica, la entrada cuesta ochenta euros y se agota en dos días. Tengo la sensación de que hemos desarrollado una incapacidad preocupante para disfrutar de una sola cosa cada vez. Comer ya no basta, hay que comer mientras alguien canta. Y el vino hay que beberlo mientras pintamos un lienzo, observamos las estrellas o practicamos yoga.

Lo más fascinante es que casi nunca importa si las dos cosas combinan, lo importante es que nadie las haya mezclado antes. Si alguien consigue aunar apicultura, flamenco y cocina tailandesa en el mismo cartel, aparecerá un experto explicando que existe una conexión sensorial entre todas ellas, porque vivimos en una época en la que todo necesita un relato. 

Empiezo a sospechar que el verbo "mezclar" ha quedado definitivamente desterrado, era demasiado vulgar. Ahora todo marida. Maridan los sabores, las disciplinas, las emociones y, si nos descuidamos, también los electrodomésticos. Cualquier día veremos anunciada una experiencia de cambio de neumáticos maridada con recital poético o una revisión de la caldera acompañada por un cuarteto de cuerda.

Quizá el verdadero maridaje de nuestro tiempo no sea entre un plato y una copa, quizá sea entre el ingenio de los departamentos de marketing y nuestro miedo a reconocer que hemos quedado simplemente para cenar y nos van a meter un sablazo. Porque una cena ya no justifica pagar ochenta euros, pero una experiencia de maridaje multisensorial exclusiva, sí.