La economía argentina crecería 3,3% durante 2026 y 3,4% en 2027, tasas superiores a las previstas para el promedio de América Latina y el Caribe, según el nuevo Estudio Económico de América Latina y el Caribe 2026 elaborado por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL).

El organismo calcula que América Latina y el Caribe crecerá 2,2% este año, después de una expansión del 2,4% en 2025, y que acelerará ligeramente hasta el 2,5% en 2027. Para América del Sur, la estimación es de 2,5% tanto en 2026 como en 2027.

Argentina se ubicaría así por encima de ambos promedios. Según el informe, la economía nacional creció 4,5% en 2025, mientras que para este año se proyecta una expansión del 3,3% y para el próximo, del 3,4%.

Esto no implica, sin embargo, que Argentina encabece el crecimiento regional. Para 2026, la CEPAL prevé expansiones superiores, entre otros casos, para Venezuela (6,5%), Paraguay (4,3%), Panamá (4,4%), Nicaragua (4,5%) y Guyana (16,2%). Las estimaciones fueron elaboradas con información disponible hasta el 28 de julio de 2026.

Cinco años de crecimiento que no alcanzan

Más allá del desempeño particular de cada país, la CEPAL vuelve a advertir sobre un problema estructural: la región permanece atrapada en un ciclo de crecimiento demasiado bajo para mejorar de manera sostenida los niveles de vida.

El organismo calcula que entre 2023 y 2027 América Latina y el Caribe crecerá a un promedio de apenas 2,3% anual, una trayectoria que considera insuficiente para elevar sostenidamente el ingreso por habitante, cerrar las brechas de desarrollo y ampliar el margen de acción de las políticas públicas.

Según el estudio, detrás de esa baja capacidad para crecer se encuentran una inversión insuficiente, un crecimiento persistentemente débil de la productividad y dificultades para generar empleo formal de calidad.

El organismo sostiene que la estabilidad macroeconómica continúa siendo una condición necesaria, pero advierte que no alcanza por sí sola para modificar la trayectoria de bajo crecimiento. Por esa razón, plantea la necesidad de complementarla con políticas de desarrollo productivo, innovación, transformación digital e integración regional destinadas a elevar la inversión, aumentar la productividad y ampliar la generación de empleo formal.

Casi la mitad de los trabajadores sigue en la informalidad

Uno de los principales obstáculos señalados por el organismo es la persistencia de elevados niveles de empleo informal. Durante el primer trimestre de 2026, la tasa de informalidad llegó al 47,2% de los ocupados en el conjunto de países incluidos en esa medición, frente al 47,7% registrado en igual período de 2025. Se trata del nivel más bajo desde la pandemia, aunque todavía implica que prácticamente uno de cada dos trabajadores continúa dentro de la informalidad.

La medición considera datos de Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Ecuador, México, Paraguay, Perú, República Dominicana y Uruguay. Para todo 2025, la tasa regional de informalidad se había ubicado en el 48%, luego de alcanzar el 49,6% en 2019 y el 49,7% en 2021.

Por qué la informalidad también frena el crecimiento

La CEPAL plantea que la informalidad no debe analizarse únicamente como un problema laboral o de acceso a derechos sociales y advierte que una elevada presencia de trabajadores y unidades productivas informales también reduce la capacidad de las economías para aprovechar economías de escala, incorporar tecnologías, acumular capacidades productivas y acceder al financiamiento.

Además, disminuye la capacidad recaudatoria de los Estados, restringe el desarrollo de los sistemas financieros y reduce la efectividad de determinadas políticas laborales y de desarrollo productivo. En otras palabras, la informalidad es al mismo tiempo una consecuencia del bajo crecimiento y uno de los factores que ayudan a perpetuarlo.

Las empresas formales, señala el estudio, tienen una mayor capacidad para convertir el crecimiento económico en mejoras persistentes de productividad porque pueden ampliar su escala, incorporar innovación, obtener financiamiento y desarrollar nuevas capacidades.

En las unidades productivas informales, esos efectos tienden a ser más débiles y transitorios debido a las mayores dificultades para invertir, incorporar tecnología y vincularse con cadenas productivas de mayor valor agregado.

Cuando la región creció más, bajó la informalidad

El informe aporta un contraste histórico que muestra con claridad esa relación. Entre 2004 y 2013, cuando América Latina registró un crecimiento promedio del 3,9% anual, la tasa de informalidad disminuyó 11,1 puntos porcentuales. La situación se revirtió durante la década siguiente. Entre 2013 y 2022, con una expansión económica promedio de apenas 0,9% anual, la informalidad aumentó 3,3 puntos porcentuales.

Si se toma un período más extenso, la CEPAL muestra que entre 2000 y 2013 la informalidad cayó 11,9 puntos porcentuales, pero desde entonces el proceso de formalización perdió dinamismo y permaneció prácticamente estancado alrededor del 49% del empleo. Para el organismo, esta evolución demuestra que reducir la informalidad requiere algo más que modificaciones regulatorias o simplificaciones administrativas.

Una estrategia de “formalización productiva”

La propuesta central del informe consiste en avanzar hacia una estrategia de formalización productiva, entendida como un proceso capaz de combinar la creación de empleos formales con el fortalecimiento de las capacidades productivas de las personas y las empresas.

Esto implica articular políticas laborales, fiscales, financieras y de desarrollo productivo, además de facilitar el acceso al financiamiento, la capacitación, la asistencia técnica, la digitalización y la incorporación de pequeñas y medianas empresas a cadenas productivas de mayor valor agregado.

Para la CEPAL, reducir la informalidad constituye una condición necesaria para aumentar la capacidad de crecimiento de la región, mejorar la calidad del empleo, ampliar la protección social, reducir desigualdades y transformar el crecimiento económico en aumentos sostenidos de productividad.

En ese contexto, Argentina aparece con perspectivas de crecimiento superiores al promedio regional para los próximos dos años, aunque forma parte de una América Latina que continúa enfrentando problemas estructurales de inversión, productividad e informalidad que limitan su capacidad de sostener expansiones más elevadas en el tiempo.