El Lagarto nació en Madrid el 1 de abril de 1957. Pertenecía a una familia de cinco hermanos, dos chicas y tres chicos, que vivían en la zona de Lacoma, muy cerca de Barrio del Pilar, al otro lado de la Avenida del Cardenal Herrera Oria (también conocida como la Carretera de la Playa, puesto que conducía a la Playa de Madrid, en la cercana Carretera del Pardo).

Su hermano Miguel, el pequeño, creció sobreprotegido: si salía a la calle lo hacía con su madre o con sus hermanas mayores. Todo para impedir que le ocurriese lo mismo que al Lagarto y otros chicos del barrio. De hecho, Miguel apenas conoció Madrid siendo un niño. Su único itinerario era caminar de casa al colegio y del colegio a casa. Solo pudo descubrir la historia de su hermano mayor, el Lagarto, muchos años después, siendo un adulto. A principios y mediados de los 80 recuerda ir a menudo a visitar a su hermano en la cárcel de Carabanchel, aunque no sabía aún por qué.

A finales de los 70 había muchos descampados y zonas sin edificar en Lacoma. De hecho, los gitanos guardaban caballos que pastaban en los prados que poblaban la zona (también tenían gallinas, ovejas, perros y cobayas). Por otro lado, como en otros barrios obreros, había mucha droga en Lacoma, en calles como Pico Balaitus o la Cruz del Cura.

Al Lagarto, aunque era payo, también le gustaban mucho los animales. De hecho, fue bautizado como el Lagarto porque iba mucho al Pardo y se atrevía a meter la mano en los agujeros a los que nadie quería acercarse para cazar reptiles, algunos de ellos de tamaño considerable. Una vez en su poder, se los enseñaba a un profesor del Colegio Apolo XI, también amante de los animales (se dice que otro de sus alumnos, compañero del Lagarto, le llevaba pájaros).

Tras tener problemas en casa con su padre, siendo ya un joven adulto, el Lagarto abandonó el hogar familiar y construyó una chabola en uno de los descampados cercanos, justo detrás del Colegio La Salle Sagrado Corazón. No podía permanecer en casa porque, como comenta Miguel: "Cuando mi padre volvía a casa de la fábrica cabreado y le daba por beber, la pagaba con mis hermanas, con mi hermano, conmigo, con toda la familia, etc. Era chapista en la Renault de Las Rozas. Me llevaba todos los sábados a la Renault y los domingos al Rastro de Marqués de Viana, en Tetuán. Me compraba coches y dinosaurios en miniatura, que me gustaban mucho".

Tragedia familiar

"Tras morir mi madre, muchas veces he pensado que me gustaría que volviera, aunque estuviéramos de hostias y peleas todos los días. Han muerto muchos miembros de mi familia: el Lagarto, el Lagartín, mi madre, mi padre. Oigo el silencio en mi casa y miro hacia algún lugar del salón, de las estancias, y no hay nadie. Tengo que poner música para llenar el vacío. Eso no lo voy a superar nunca".

En la chabola, el Lagarto comenzó a tomar anfetaminas con sus amigos, algunos de los cuales vivían con él, que acogía a cualquiera que no tuviese dónde ir. El Pelos era otro adicto a las anfetaminas que también paraba por la zona. Por lo visto, el Pelos reclamó anfetaminas al Lagarto y una discusión desembocó en pelea. Se dice que el Pelos quiso agredir al Lagarto, y este se defendió con un hacha, golpeándole en el cuello y matándolo.

El Lagarto, en una foto de carnet.

El Lagarto, en una foto de carnet.

Al recibir el golpe, el Pelos quedó temblando en el suelo, donde el Lagarto lo remató con un pico. Tras dejar el cadáver abandonado en la propia chabola durante varios días, volvió con su amigo el Rayo y descuartizó el cuerpo para luego tratar de deshacerse de él. En el lapso de esos días los perros del Lagarto, que se encontraban abandonados por la calle, se comieron parte del cadáver.

La muerte violenta aconteció en febrero de 1983 y a primeros de mayo la policía logró resolver el caso. Entre otras razones, porque los implicados comenzaron a hablar sobre los hechos con sus amigos, y estos, a su vez, se lo comentaron a la policía. Esta había hallado parte de un cuerpo en un SEAT 125 calcinado el 22 de febrero junto a las tapias del cementerio de Fuencarral.

Finalmente, fueron condenados tanto el Lagarto como su amigo el Rayo, este último por ayudarle a deshacerse del cadáver. En 1994, ambos salieron de prisión. Una vez fuera, el Lagarto volvió a casa. Su hermano, Miguel, recuerda cómo fabricó su propio monopoly para jugar con sus hermanos, más grande que el original y con más calles. También creó billetes de papel. Además, fabricaba banderas para entretenerse y así no salir a la calle para encontrarse con muchos de sus antiguos amigos.

Aunque antes de entrar en la cárcel le gustaban grupos como Pink Floyd, Supertramp o Alan Parsons, en los 90 se aficionó al bakalao e iba a discotecas como el Friends, Space o el Overdrive. Compraba cintas de bakalao en el Simago de Cuatro Caminos (hoy un Carrefour Market) o en el Madrid Rock de Gran Vía.

Sabía que tenía los anticuerpos del SIDA y quería disfrutar al máximo del tiempo que le quedaba. Murió en el año 2002, poco después de haber sido expulsado de su casa, de nuevo por su padre. Su hermano, el Lagartín, había muerto seis años antes de cáncer. Como tantos jóvenes del barrio en aquella época, el Lagarto y su hermano pequeño perdieron la vida demasiado pronto.

Es autor de Macarras interseculares, editado por Melusina, [puedes comprar el libro aquí], Macarrismo, editado por Akal, [puedes comprar el libro aquí] y Macarras ibéricos, editado por Akal, [puedes comprar el libro aquí]. Macarras ibéricos, editado por Akal, Macarras interseculares (cómic) [puedes comprar el libro aquí]