Arkaitz del Amo

19/09/2026 a las 07:29h.

Kike Esnaola (San Sebastián, 1993) es uno de los exponentes de la nueva generación de líderes que está emergiendo en la ciudad. Psicólogo de profesión, su aparición en medios es habitual y es autor del libro 'Habitando el malestar'. Defiende una ciudad viva, vinculada a sus ciudadanos y conectada entre las distintas generaciones.

- ¿Qué quería ser de pequeño?

- Siempre quise ser profesor o decorador y, tras una larga conversación conmigo mismo, primero, y con mi madre, después, decidí finalmente apostar por la psicología.

- ¿Se imagina cómo será en 2040?

- Me interesa más pensar en cómo queremos que sean los ciudadanos y las ciudadanas porque pienso que cuando hablamos del futuro corremos el riesgo de pensar solamente en tecnología, en movilidad, en arquitectura, en la IA y no en cómo queremos vivir en la ciudad. Me gustaría que en 2040 no anduviéramos midiendo el progreso de una ciudad exclusivamente por su capacidad productiva, por la capacidad que tiene la ciudad de atraer turismo, que también es importante; pero hay que hablar ya de la capacidad de una ciudad como la nuestra de cuidar a la ciudadanía. Y me refiero a que, por ejemplo, una persona mayor pueda seguir sintiéndose parte de su barrio o que una persona joven de mi generación pueda construir su proyecto de vida aquí en Donostia. También creo que es importante que existan espacios donde nos podamos encontrar personas diferentes. Y creo que una ciudad avanzada no es necesariamente una ciudad con más cosas, sino una en la que es más accesible vivir.

Donostiarra 2040. Topera

- ¿Qué puede hacer una ciudad, en este caso San Sebastián, para que sus ciudadanos no habiten el malestar sino el bienestar?

- Lo primero es dejar de pensar que el malestar es solamente un problema de cada individuo. Muchas veces intentamos resolver de manera individual problemas que tienen mucho que ver con cómo está organizada nuestra sociedad. Una ciudad no puede evitar que las personas sufran, pero sí se puede decidir qué condiciones puede generar para que sea más llevadero o no derive en un problema mayor. Se puede invertir en ofrecer servicios públicos, especialmente servicios sanitarios y relacionados con la salud mental, que sean sólidos y reales. También hay que poner el foco en quién tiene dificultades, quién se está sintiendo solo, quién sufre discriminaciones... fijarse en lo que no funciona, y por eso creo que es importante hablar de malestar para poder comprender de dónde nace para acercarnos a ese bienestar o que el malestar sea más habitable.

- Usted que reflexiona a menudo de la hiperconectividad y la soledad, ¿qué valor le da a la organización de tantos eventos culturales, deportivos y festivos en Donostia?

- Muchísimo valor porque una ciudad también se construye alrededor de sus rituales colectivos. La hiperconectividad nos ha permitido estar permanentemente comunicados, pero estar comunicados no significa necesariamente estar más vinculados. Eso es lo que estamos viendo en las consultas de salud mental. Podemos tener cientos de contactos y comunicaciones diarias y, al mismo tiempo, sentir que no tenemos a quién llamar cuando nos encontramos mal. Y por eso creo que una ciudad que genera oportunidades para encontrarnos está haciendo también una política de cuidados.

Hiperconectividad

«Nos ha permitido estar permanentemente comunicados, pero estar comunicados no significa necesariamente estar más vinculados»

- Ahora que tanto se habla de tecnologías y pantallas, ¿cobra más valor que nunca la vida en la calle?

- La tecnología, al fin y al cabo, forma parte de nuestra vida y no creo que la solución sea demonizarla. Sin embargo, sí me encuentro últimamente con discursos sobre la necesidad de proteger aquello que la tecnología no puede sustituir completamente, que es la presencia corporal, física, la espontaneidad que nos ofrece un encuentro analógico, ese espacio compartido y la posibilidad de encontrarnos con personas diferentes.

- ¿De qué manera se siente usted donostiarra?

- Algo que me hace conectar mucho con Donostia es que, por muchas experiencias que he tenido viviendo en otros contextos como Australia o Barcelona, siempre he sentido querer volver, siempre he querido volver y, de hecho, también siempre quise estructurar mi proyecto profesional aquí.

- ¿Qué le parece que Donostia abra una conversación colectiva sobre 2040?

- Me parece totalmente necesaria y muy valiosa porque pensar en una ciudad a 15 años obliga a salir de la urgencia y también nos invita a preguntarnos qué tipo de sociedad y contexto queremos construir. Creo que el punto más importante es que se traspase la barrera de lo institucional y que esa conversación se dé a nivel de calle. Al final, el futuro de una ciudad no debería diseñarse únicamente desde los despachos, sino también desde las experiencias de quienes habitan esa ciudad.

2040

«Pensar en una ciudad a 15 años obliga a salir de la urgencia y nos invita a preguntarnos qué tipo de sociedad y contexto queremos construir»

- Le voy a pedir que relacione Donostia con dos retos. Primero, la conexión intergeneracional.

- Tenemos que conseguir que las distintas generaciones dejemos de vivir unas junto a las otras para empezar a vivir unas con las otras. Una ciudad puede tener personas mayores, jóvenes, niños, niñas... pero eso no significa necesariamente que exista conexión intergeneracional y, a veces, sí que creo que vivimos en burbujas que están seleccionadas a partir de la edad. Son barreras culturales que tenemos que salvar.

- Segundo, el empuje de la juventud y las nuevas voces transformadoras, entre las que, por cierto, el alcalde le ha incluido alguna vez.

- Una ciudad que quiere imaginarse en 2040 tiene que escuchar especialmente a quienes van a vivir ese 2040. Escuchar a la juventud no debería significar solamente preguntarles o preguntarnos qué actividades queremos hacer o qué servicios necesitamos; también significa dar legitimidad a nuestras formas de cuestionar el mundo que hemos construido.

- Pida un deseo. ¿Cómo le gustaría sentirse en Donostia en 2040?

- Me gustaría seguir sintiéndome parte de una comunidad y ver que hemos construido una ciudad adecuada para todas las personas, no solo para unas pocas.