El filósofo George Wilhelm Friedrich Hegel retratado por Jakob Schlesinger.

El filósofo George Wilhelm Friedrich Hegel retratado por Jakob Schlesinger. (Cuadro original editado con inteligencia artificial)

Georg Wilhelm Friedrich Hegel, nacido en Stuttgart en 1770, es una de las figuras más influyentes del idealismo alemán. Su filosofía, centrada sobre todo en la forma en que entendemos la historia, la política y la cultura occidentales, alcanzó la cumbre de su prestigio cuando empezó a enseñar en la Universidad de Berlín, consagrándose como el filósofo más respetado de su época y como una de las principales influencias de pensadores como Karl Marx, Friedrich Nietzsche o Jean-Paul Sartre.

Hegel proponía que la realidad no es estática, sino un proceso dinámico en el que las contradicciones desempeñan un papel fundamental. Así, la dialéctica hegeliana describe cómo una determinada posición, concepto o forma de entender la realidad puede revelar sus propias limitaciones y dar paso a una nueva determinación que la supera y, al mismo tiempo, conserva algunos de sus elementos. El desarrollo no consiste en avanzar hacia formas de comprensión más complejas y no tanto en una sencilla sustitución de unas ideas por otras.

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Así es como, para Hegel, avanza progresivamente la historia. Por eso, al filósofo se le atribuye la siguiente paráfrasis: “Las verdaderas tragedias del mundo no son conflictos entre el bien y el mal, sino conflictos entre dos derechos”. No siempre hay justos y malvados, sino dos lecturas éticas que chocan frontalmente. Ambas partes poseen razones éticas válidas, pero su coexistencia resulta imposible dentro del marco social, generando así un conflicto dramático e inevitable que impulsa la transformación del propio espíritu humano.

Litografía de Georg Wilhelm Friedrich Hegel, hecha por Julius Ludwig Sebbers.
Litografía de Georg Wilhelm Friedrich Hegel, hecha por Julius Ludwig Sebbers. (Enciclopedia británica)

La célebre formulación del titular condensa una tesis que Hegel desarrolla con mayor precisión al hablar de la tragedia como colisión de derechos. Lo decisivo es que cada protagonista posee una razón que puede defenderse por sí misma, pero convierte esa razón parcial en absoluta y termina negando la legitimidad de la otra parte. Por eso, el conflicto resulta trágico: cualquier victoria implica también una pérdida de una determinada perspectiva moral.

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Así es como Hegel acabó concediendo un papel fundamental a la historia: un proceso en el que la humanidad adquiere progresivamente conciencia de sí y en el que la libertad se desarrolla cada vez de formas más complejas. Para él, comprender una realidad exigía contemplarla desde dentro, así como desde el conjunto al que pertenece. “La verdad es el todo”, añadía el filósofo, señalando que en ese proceso una perspectiva aislada puede resultar insuficiente para comprender una realidad compleja y, por tanto, estamos obligados a mirar más allá de la propia posición y reconocer aquello que hay de legítimo en el adversario.

El planteamiento conserva una sorprendente actualidad. Pensemos, por ejemplo, en debates sobre protestas públicas: el derecho a manifestarse y expresar una reivindicación puede chocar con la obligación de proteger la seguridad, garantizar la circulación o preservar otros derechos. El desafío consiste, pues, en encontrar equilibrios sin convertir una legitimidad parcial en una justificación absoluta.

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Vistas de cerca, las ideas de Hegel guardan un parentesco claro con las de otros pensadores como Isaiah Berlin, un importante filósofo e historiador del siglo XX. Para este último, existían bienes genuinos que pueden entrar en conflicto sin que ninguno sea simplemente falso: libertad e igualdad, por ejemplo, pueden enfrentarse en determinadas circunstancias. ¿Hay una solución clara y sencilla a ese conflicto? Puede que no, pero Berlin nos recuerda que “las colisiones de valores son de la esencia de lo que son y de lo que somos”.

También Max Weber desarrolló una visión profundamente trágica de la acción humana. Su análisis de las distintas “esferas de valor” subraya que los principios que orientan nuestras decisiones pueden ser incompatibles y que ninguna ciencia puede proporcionar automáticamente una solución definitiva. Así, el individuo en realidad se encuentra siempre “entre obligaciones en conflicto” y debe elegir. Al igual que para Hegel, el primer paso es reconocer que determinados choques nacen de legitimidades enfrentadas.

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Con todo, es necesario advertir que Hegel nunca defendió que los conflictos sean irresolubles o que todas las posiciones sean igual de válidas. Su visión es más compleja: algunos enfrentamientos se vuelven trágicos precisamente porque cada parte contiene una razón que merece ser escuchada. Reconocerlo no elimina la necesidad de decidir, pero puede cambiar la forma de hacerlo: menos desde la certeza de poseer toda la verdad y más desde la conciencia de que también puede existir una razón al otro lado.