Guerra por el control de la FIFA, guerra por el Balón de Oro, guerra por la Superliga o la Champions en Europa… El exceso de dinero en el fútbol está generando conflictos de todo tipo. Los intereses son gigantes. Ahora hay un nuevo foco de enfrentamiento que promete ser encarnizado: la sede de la final del Mundial 2030.
Es el partido cumbre, todos lo anhelan y genera una montaña de dinero allí donde tenga lugar. En España descuentan que será Madrid (y en el Bernabéu), pero en Marruecos dan por seguro que lo hospedará Casablanca. No es un simple tironeo. Albergar la final deja la sensación de que todo el Mundial se ha jugado allí. La FIFA aún no ha definido dónde se jugará y, en el camino, se librará una cruenta batalla.
El 2030 tendrá seis anfitriones: España, Portugal, Marruecos, Argentina, Uruguay y Paraguay. Uruguay presentó su candidatura en 2017, que inmediatamente la amplió a Argentina porque sabe que solo le es imposible organizar un evento tan gigantesco. El fundamento eran los 100 años del primer Mundial, en 1930.
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Y ambos, los dos primeros finalistas. Luego, seguramente por ser paraguayo el presidente de la Conmebol (no hay otra razón) se agregó a Paraguay. En 2021, España y Portugal formalizaron su pretensión conjunta, a la que se invitó a unirse a Ucrania en solidaridad por la guerra con Rusia. Y en 2023 Marruecos se postuló para reemplazar a Ucrania, dada la escalada del conflicto bélico. Fue aceptado.
La FIFA eligió oficialmente a España, Portugal y Marruecos. No obstante, para no dejar afuera a Uruguay, sobre todo por los cien años de su Mundial, un aniversario que merece reconocimiento y celebración, dispuso darles un partido a cada uno de los sudamericanos.
Estos, posteriormente, presentaron la propuesta de agrandar el torneo a 64 equipos y que se juegue todo un grupo entero en Argentina, otro en Uruguay y un tercero en Paraguay. Si Infantino es reelecto en marzo de 2026, existen buenas posibilidades de que esto prospere (Gianni da cabida a Sudamérica), sobre todo porque la idea de los 48 competidores en Estados Unidos, México y Canadá terminó siendo un éxito. Hay más cantidad de felices.
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Hasta ahí, todo bien. Cada uno lucha por más participación. Así fue siempre. La idea era que España, por ponerle porcentajes estimados, recibiera un 40 % de los partidos, Portugal un 30 %, Marruecos un 20 % y los sudamericanos un 10 % entre los tres.
Pero Marruecos fue creciendo en sus aspiraciones y se largó a construir un fastuoso estadio, el Hassan II, en la comuna de Benslimane, cerca de Casablanca. Una mole que costará 1.500 millones de dólares y fue proyectada para 115.000 lugares, una cifra extraordinaria para una final mundialista.
Esta semana, Fouzi Lekjaa, presidente de la federación marroquí, lanzó una proclama osada, desafiante: “La provincia de Benslimane va a acoger la final del Mundial 2030, le guste a quien le guste. Y quien quiera hablar, que hable...”. Lekjaa no alardea. Es un hombre fuerte en el Reino de Marruecos, ministro delegado encargado del presupuesto del Estado y uno de los responsables del auge del fútbol marroquí en los últimos años. Peso pesado.
Ante tales declaraciones, la FIFA salió de urgencia con baldes de hielo para no enervar a España y no exasperar aún más a Europa, con la que ya tiene una confrontación: “La final aún no fue escogida. Se anunciará a su debido tiempo”.
¿De dónde proviene tanta confianza de Lekjaa…? Marruecos está construyendo el Hassan II en un todo de acuerdo con las especificaciones de la FIFA, con lo cual no tendrá objeciones posteriores. Y sabe, además, que el Santiago Bernabéu (83.186 espectadores) no cumple con requisitos esenciales que piden los técnicos de la matriz del fútbol.
Decimos el Bernabéu porque el Real Madrid, y su presidente Florentino Pérez, hacen una campaña encarnizada para recibir la final universal en 2030. Acontece que el coloso de Chamartín de afuera parece una nave espacial, el mejor escenario de la tierra; sin embargo, presenta varias dificultades que lo damnifican para la elección. Una es el césped: no es bueno. Por el techado, recibe poco sol.
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Otro es la misma cubierta, que concentra el calor y en el mes de junio ni con refrigeración se aguanta. También es reparable. Los inconvenientes graves son otros: uno, la estrechez de las butacas: una persona de más de ochenta kilos tiene problemas para “entrar” en el asiento. Y, si entra, no está cómodo. Eso y que las butacas no tienen espacio entre una y otra.
Los expertos de la FIFA las ven muy incómodas. “Perjudican la experiencia de los espectadores con el espectáculo”. Una entrada para la final puede costar miles de dólares; tienen que darte comodidad total. Por último, al estar metido dentro del elegante barrio de la Castellana (precioso, por cierto) no hay lugar alrededor para estacionamiento, sobre todo para un acontecimiento que convoca a tanto público.
Florentino Pérez se juega todo en esta pulseada. El prestigio del Madrid, que quiere a toda costa la final, y el suyo propio, dado que él impulsó la remodelación del estadio y es, además, ingeniero civil de formación. Otras alternativas de España son el Camp Nou, que está en la fase final de su reconstrucción y que el año próximo, cuando esté terminado, tendrá capacidad para 105.000 personas (un punto a favor).
El coliseo del Barca también tiene cierta angostura en los asientos y tampoco ofrece parqueos en su derredor. La alternativa perfecta es el Metropolitano, el gigantesco anfiteatro del Atlético de Madrid, modernísimo, espacioso, con amplias butacas y lugares para miles de autos. La UEFA ya le ha asignado dos finales de Champions (la de 2019 y la próxima de 2027) entendiendo la excelencia y comodidades del escenario rojiblanco.
En el Real Madrid reina la indignación y prometen que, si no se designa al Santiago Bernabéu y en cambio la final va a Marruecos, se desatará un escándalo colosal, que España no jugaría el Mundial y hasta renunciaría a organizarlo “ya que fue la impulsora de la candidatura y Marruecos se coló después”. También comentan que Europa boicotearía el Mundial (¡qué raro, Europa boicoteando…!).
Fuentes cercanas al club merengue, y gente que conoce a su presidente, aseguran: “Antes que designen al estadio del Atlético de Madrid, Florentino prefiere que elijan a Marruecos. Sería una afrenta grave para él. El Camp Nou también sería intolerable para el tío Floren, pero el Metropolitano es el límite total”. Además, el Real Madrid ya fue el anfitrión de la final Italia 3 - Alemania 1 en 1982, cuando el estadio blanco era mucho más modesto y Florentino Pérez ni soñaba con ser el comandante del club. Presidía Luis de Carlos.
A todo esto, la federación marroquí, enterada de las falencias del Bernabéu y del clima interno en España, aprieta el acelerador. Dos zorros, Joan Laporta, presidente del Barcelona, y Miguel Ángel Gil Marín, máximo accionista del Atlético, se mantienen agazapados y esperan el momento de dar un zarpazo. Florentino Pérez confía en Gianni Infantino, con quien mantiene una amistad absoluta, pero Infantino está ahora por la labor de salvar su vida en la FIFA. Luego ya verá.
José Félix Díaz, director de AS e íntimo de Florentino, escribió hace un mes, para tratar de sostener la aspiración blanca: “En marzo de 2027, coincidiendo con el congreso de la FIFA, a celebrarse precisamente en Marruecos, hay elecciones a la presidencia. De continuar todo igual, ya saben dónde se disputará la final del 2030. Apunten, 21 de julio de 2030, Santiago Bernabéu”.
No estamos tan seguros. (O)