La mañana del 17 de julio del 2026 ocurrió un sismo que el Instituto Nacional de Sismología, Vulcanología, Meteorología e Hidrología (Insivumeh) reportó con magnitud 7.4 en la región del Pacífico donde la placa de Cocos se introduce bajo la del Caribe.
Durante los días siguientes continuaron los movimientos asociados a esa secuencia. Al mismo tiempo, los instrumentos registraban otra actividad bajo Sacatepéquez.
Entre el 18 y el 21 de julio, el Servicio Sismológico de Guatemala (SSG) localizó 128 sismos en los alrededores de Magdalena Milpas Altas, con magnitudes entre 1.1 y 2.8. Solo el día 20 ocurrieron 78.
No hubo un sismo principal claramente dominante seguido de réplicas. El SSG clasificó preliminarmente la actividad como un “enjambre”. Los eventos estaban en la misma zona que había registrado actividad en julio del 2025 y un nuevo repunte en enero del 2026.
No era una continuación del terremoto del Pacífico.
Robin Yani, jefe del Departamento de Investigación y Servicios Geofísicos del Insivumeh, explica que las secuencias de Sacatepéquez y Jutiapa ocurrieron dentro de la placa del Caribe, mientras que el sismo del 17 de julio se originó en el área frente a la costa del Pacífico.
El 31 de julio, el Insivumeh informó que estudiaba sistemas de fallas no cartografiados en Sacatepéquez, Jutiapa y la zona fronteriza con México.
Para explicarlo, un funcionario utilizó la figura de un árbol: una rama conocida puede mostrar otras ramificaciones al observarla mejor. También relacionó esa capacidad con una red más extensa para mejorar las localizaciones.
El anuncio dejó una pregunta: ¿eran fallas nuevas o estructuras que ahora podían verse mejor?

Una estructura no cartografiada no equivale a una falla nueva
Helen Morán, geóloga del Servicio Sismológico de Guatemala, comienza por el término.
“Ramal” no es una denominación común para caracterizar estas estructuras. Puede hablarse de una traza de falla cuando existe evidencia para representarla en un mapa, o de un lineamiento estructural cuando todavía necesita ser corroborado con geología y sismicidad.
La precisión de Morán es clave: una estructura geológica no cartografiada no equivale a una falla nueva.
La red sísmica tampoco observa directamente una falla; registra las ondas producidas por los sismos.
Con más estaciones, mejor distribuidas y próximas a la actividad, los eventos pueden localizarse con mayor precisión y registrarse movimientos pequeños que antes pasaban inadvertidos. Eso no significa, por sí mismo, que ocurran más sismos.
Los patrones
Yani explica que localizaciones precisas permitieron observar tendencias geográficas. Los investigadores sumaron mecanismos focales, que ayudan a conocer cómo ocurrió el movimiento, y contrastaron parte de esa evidencia con reconocimientos geológicos de campo.
También importan la distribución de las estaciones, su distancia respecto de los epicentros, la calidad de los registros y el procesamiento.
Las secuencias previas en Sacatepéquez y Jutiapa llevaron a instalar más equipos en esas regiones.
Sacatepéquez: una zona activa antes de 2025
El 8 de julio del 2025 comenzó una secuencia sísmica que afectó principalmente Santa María de Jesús, Sacatepéquez, y Palín, Escuintla. El evento principal alcanzó magnitud 5.6.
El Insivumeh instaló estaciones temporales cerca de la región epicentral. Junto con la red existente, permitieron obtener localizaciones confiables y definir mejor las regiones donde se concentraba la actividad.
Al comparar los epicentros con los mecanismos focales, el Instituto concluyó que era posible inferir dos posibles regiones o planos de falla perpendiculares.
El SSG examinó la misma secuencia por otro procedimiento. Encontró dos orientaciones dominantes, casi perpendiculares entre sí, aunque una estaba mejor configurada estadísticamente.
El resultado no permitía dibujar dos líneas definitivas sobre un mapa. Mostraba una interacción más compleja entre estructuras.
En enero del 2026, la misma región volvió a registrar actividad. El SSG señaló otra vez que la sismicidad no parecía controlada por una única estructura, sino por al menos dos sistemas con orientaciones noreste-suroeste y noroeste-sureste.
En julio último ocurrió de nuevo. Los 128 sismos alrededor de Magdalena Milpas Altas fueron localizados en esa área y el servicio interpretó la recurrencia como otra reactivación tectónica.

Jutiapa mostró otro sistema complejo
Jutiapa ofreció otro caso. La secuencia comenzó el 29 de julio del 2025 con un sismo de 5.8 en Zapotitlán y otro de 5.7, tres minutos y 36 segundos después, en Comapa.
Los registros permitieron analizar la fuente mediante localizaciones, mecanismos focales y observaciones geológicas. Los resultados del Insivumeh apuntaron a una fuente compleja, no necesariamente a una sola falla.
El análisis incluyó, además, imágenes satelitales que calcularon preliminarmente un desplazamiento máximo cercano a 17 centímetros; en el terreno se midieron unos 10 centímetros entre bloques del agrietamiento estudiado.
Por eso, hablar de estructuras “descubiertas” describe solo parte del proceso: primero se localizan los eventos, se reconocen patrones y se contrastan con otras evidencias antes de caracterizar una fuente.

Del conocimiento de una falla a la amenaza hay otro paso
Conocer mejor una estructura tampoco significa automáticamente que haya aumentado la amenaza de una comunidad.
Morán explica que deben considerarse la geometría y extensión de la fuente, su movimiento, actividad, magnitudes que puede producir, recurrencia, distancia respecto de las poblaciones y condiciones geológicas y del suelo.
La existencia de una falla, por sí sola no responde cuánto podría moverse el suelo en un sitio determinado.
Yani señala que las delimitaciones obtenidas permiten aproximar tamaños de fallas y plantear magnitudes máximas para análisis de amenaza. Eso no significa que esos eventos vayan a ocurrir.
El Insivumeh participa en un proyecto para actualizar los modelos de amenaza sísmica e incorporar información de Sacatepéquez y Jutiapa, junto con datos de otras regiones. No existe todavía un plazo para concluirlo.
Yani indica que los análisis deben continuar antes de determinar con certeza qué debe incorporarse.
José Antonio Rodas, quien participó junto con Héctor Monzón y Fernando Callejas en el estudio de amenaza utilizado por las normas de la Asociación Guatemalteca de Ingeniería Estructural y Sísmica (Agies), explica que esos modelos deben actualizarse conforme aparece nueva información. El primer estudio se elaboró para la edición 2018 y fue actualizado para la norma del 2024. Pero la incorporación no es automática.
Rodas considera que primero debe existir sustento científico sobre la posición, longitud, forma, comportamiento y magnitud máxima registrada y esperada de las estructuras. Su percepción es que algunas podrían ser pequeñas y que sus efectos quizá ya estén cubiertos por fallas mayores consideradas en el modelo actual. Eso solo puede confirmarse al evaluar la información.
Morán plantea un filtro similar: una fuente debe incorporarse cuando pueda evaluarse si modifica de manera significativa las proyecciones del movimiento del suelo.
Si el efecto es relevante, Rodas explica que la información tendría que presentarse al comité redactor de la NSE-2. Esta es la Norma de Seguridad Estructural de Agies, que establece las demandas estructurales y condiciones de carga que deben considerarse en el diseño de las edificaciones. El comité evaluaría entonces si los nuevos datos modifican la amenaza considerada para los municipios cercanos.
No solo importa dónde ocurre un sismo, sino cómo se mueve el suelo
Alejandro Maldonado, exsecretario ejecutivo de la Coordinadora Nacional para la Reducción de Desastres (Conred), distingue entre recopilar información y convertirla en seguridad.
Los datos deben ser procesados por especialistas y transformarse en estudios de amenaza, microzonificación y, cuando corresponda, parámetros para el diseño sismorresistente.
Maldonado incluye, además, las redes acelerográficas, que aportan registros de aceleración del terreno útiles para el diseño.
El recorrido tampoco termina cuando se modifica una norma. La seguridad depende de la calidad de la construcción y de que las disposiciones se cumplan.
¿Cómo puede llegar esa información a una norma?
José Antonio Rodas considera natural que tanto la amenaza como las normas de diseño y construcción se actualicen conforme aumenta la información disponible.
Pero tampoco plantea una incorporación automática de las estructuras ahora estudiadas. Primero deben evaluarse.
¿Cuándo se actualizó el estudio de amenaza?
El primer estudio se realizó para la edición de la norma de 2018 y el segundo fue una actualización para la norma de 2024, responde Rodas.
¿Qué debe demostrar la nueva información?
Rodas señala que se necesita sustento científico sobre la existencia y características de las estructuras: posición, longitud, forma, tipo de comportamiento y magnitud máxima registrada y esperada.
¿Podrían no cambiar la amenaza actual?
Sí.
Rodas considera posible que algunas sean fallas pequeñas, cuyos efectos no resulten críticos o ya estén cubiertos por los efectos de fallas mayores consideradas en el modelo existente.
Aclara que se trata de una percepción que solo puede confirmarse después de evaluar la nueva información.
¿Cómo llegaría un cambio a la norma?
Si el efecto resulta relevante, la información tendría que presentarse al comité redactor de la NSE-2.
La NSE-2 es la Norma de Seguridad Estructural de AGIES sobre demandas estructurales y condiciones de carga, que contiene parámetros utilizados para el diseño de las edificaciones.
Según Rodas, el comité tendría que evaluar el impacto de la nueva información sobre los municipios cercanos. Los cambios que correspondan pueden incorporarse en una nueva edición de la norma y, si el impacto es considerable, podría elaborarse un adendum a la edición vigente.
¿Qué es un acelerómetro?
El Insivumeh define los acelerómetros como sensores de movimiento fuerte. Algunas estaciones de la Red Sismológica Nacional cuentan con sismómetros, otras con acelerómetros y algunas con ambos tipos de sensores.
Sus registros permiten estimar parámetros como la aceleración pico del terreno —PGA, por sus siglas en inglés— y obtener información sobre la sacudida registrada en el sitio donde está instalado el instrumento. Es un dato de utilidad para aplicaciones de ingeniería sismorresistente.
El caso de Sacatepéquez muestra por qué importa.
Para el sismo principal de julio de 2025, el Insivumeh estimó aceleraciones horizontales de hasta 20% de la gravedad en las zonas próximas al epicentro. El informe relacionó esas aceleraciones, junto con las condiciones geológicas y los suelos poco consolidados, con movimientos en masa registrados en carreteras y laderas del volcán de Agua.
La información de aceleración, por tanto, responde una pregunta distinta a la localización del epicentro: no solo dónde ocurrió el sismo, sino cómo se sacudió el terreno en distintos lugares.
Maldonado advierte que el recorrido tampoco termina con una norma. La seguridad depende de que las disposiciones se apliquen y de la calidad con la que finalmente se construye.
Conred ya incorpora la nueva información
Hardany Navarro, subdirector de Mitigación, explica que esa dirección recibe la información técnica del Insivumeh y la utiliza como base para sus análisis. Después del anuncio sobre los sistemas de fallas comenzaron a agregarla a sus bases de datos geográficas.
Navarro recuerda que en la cartografía existen fallas definidas y otras inferidas.
En su opinión, algunas de las estructuras ahora estudiadas podrían corresponder a esa segunda categoría. Es una apreciación suya, no una confirmación del Insivumeh.
Añadir información a una base institucional no equivale a modificar una norma, un mapa de amenaza o una decisión de uso del suelo.
Maldonado considera que el proceso requiere continuidad entre gobiernos para acumular registros, analizarlos y convertirlos en decisiones. Esto serviría para mejorar la prevención.

La prevención es el paso que sigue
Las fuentes consultadas llegan a un mismo punto desde funciones distintas.
Yani explica cómo mejores registros permiten localizar los sismos con mayor precisión y obtener información más robusta sobre sus fuentes.
Morán establece qué falta para considerar una estructura suficientemente caracterizada y en qué momento podría modificar las estimaciones de amenaza.
Rodas señala que incluso una fuente confirmada puede no alterar el modelo existente si su efecto ya está cubierto por otras fuentes y describe el camino técnico que tendría que seguir un cambio para llegar a la NSE-2.
Navarro explica cómo Conred comienza a incorporar la información a sus herramientas territoriales.
Maldonado advierte que los registros solo producen mayor seguridad cuando son procesados, transformados en instrumentos técnicos y finalmente aplicados en las construcciones.
También plantea que estos esfuerzos deben tener continuidad más allá de un período de gobierno. La comunicación forma parte del proceso.
Maldonado considera que las autoridades deben explicar tanto lo que conocen como lo que aún no saben, porque la ausencia de información abre espacio a la especulación.
Yani coincide en que la información técnica debe llegar a la población de manera accesible. Un mejor conocimiento de la amenaza puede utilizarse en planes familiares y comunitarios, prevención, mitigación y promoción de construcciones adecuadas. Reconoce, sin embargo, que trasladar ciencia a prevención requiere además el trabajo de otros actores públicos y privados.
El recorrido vuelve entonces a julio.
El 17, las redes registraron un terremoto de gran magnitud frente al Pacífico. Entre el 18 y el 21, otra actividad se concentraba alrededor de Magdalena Milpas Altas. Eran procesos distintos, y las mejores localizaciones permitieron diferenciarlos.
El 31 de julio, el Insivumeh habló públicamente de estructuras que antes no estaban cartografiadas.
No aparecieron porque hubiera más estaciones. “No cartografiada” tampoco significa que una falla se haya formado ahora. Lo que cambió fue la capacidad para registrar sismos pequeños, localizar mejor la actividad, reconocer patrones y reunir más evidencia sobre fuentes que no estaban suficientemente definidas.
Los estudios de 2025 y 2026 aportaron localizaciones, mecanismos focales, observaciones geológicas y, en algunos casos, información satelital sobre esas estructuras.
Ahora corresponde establecer si incorporarlas modifica de manera significativa las estimaciones de amenaza y, de ser así, trasladar el resultado a los mapas, la microzonificación, las normas y las decisiones de construcción.
Ese proceso tomará más estudios. La prevención no necesita esperar a que termine.
Conocer mejor las fuentes sísmicas permite mejorar la preparación, orientar nuevos análisis y recordar una condición que no cambió con el anuncio de julio: las estructuras geológicas pueden haber estado allí antes de que se contara con suficiente información para representarlas. Lo que sí puede cambiar, a partir de conocerlas mejor, es la manera en que Guatemala se prepara para el próximo sismo.