Símbolo de la “mujer fatal”, Mata Hari, la más legendaria en la historia del espionaje entre estados, despertó pasiones y fantasías como ninguna otra, siempre envuelta en una nube de rumores y misterio.
Mata Hari hoy sigue siendo una leyenda fascinante. Margaretha Geertruida Zelle nació en Leeuwarden, Países Bajos, el 7 de agosto de 1876. Hija del sombrerero Adam Zelle, apodado “el Barón” por sus delirios de grandeza y sus costumbres extravagantes, su madre, que tenía ascendencia javanesa, murió al poco de darla a luz a los 14 años y por eso los sacerdotes del templo donde su madre servía la apodaron Mata-Hari (Pupila de la aurora).
La fama de seductora de Margaretha se inició a los 15 años, en la Escuela Normal de Lyden, donde fue enviada junto con sus hermanos, en vista de la incapacidad del padre para educarles con sensatez. La mayor parte de sus años en Lyden los pasó huyendo del acoso sexual del director de la institución, Wibrandus Haanstra, quien llegó a arrastrarse, a gimotear en público y a escribir horrendas poesías con tal de conseguir sus favores.
En 1895 respondió a un anuncio de solicitud de esposa publicado por Rudolf “John” MacLeod, un oficial holandés. Era su sueño: Mata Hari tenía obsesión por los militares. Sin embargo aquel idilio se convertiría en pesadilla.
Se casaron ante la llegada de su primer hijo ese mismo año. Ella tenía 19 y él 39. Se trasladaron ya con su primera hija Louise hacia las Indias Orientales, lo que abrió a Margaretha el contacto con las danzas nativas de ese continente.
En ese contexto perdió a su segundo hijo Norman por un extraño envenenamiento, presuntamente en venganza por el trato dado por su marido a un sirviente nativo, un hombre violento que le arrancó un pezón durante una discusión en un arrebato de ira, por lo que ella nunca mostró sus pechos ante una cámara ni ante el público que presenciaba sus provocativas danzas orientales.
De regreso a Ámsterdam, donde el militar fue absorbido por el alcoholismo, consiguió el divorcio en 1903 alegando maltrato. Dejó a su hija Louise y viajó a París donde apareció oficialmente convertida en Mata Hari. Allí continuó su formación como bailarina en los salones capitalinos y se dio a conocer como la hija de Brahmín, un sacerdote budista, y adoptó su nombre hindú, mientras fomentaba su propia leyenda narrando su vida de manera diferente, creando una red de rumores y fantasías.
Viajó por toda Europa relatando su historia de cómo nació en un templo sagrado hindú y le fueron reveladas desde niña las sagradas danzas de su gente.
De esta manera y gracias a su debilidad por los militares a los que fascinaba con sus bailes, se labró una vida fácil como bailarina y cortesana en las principales capitales europeas: París, Madrid, Berlín, Montecarlo y Viena.
Mata Hari bailó en los refugios de soldados y políticos de todo el mundo. Tuvo numerosos amantes y protectores ricos, como el mayor Arnold Van Kalle, alto jefe militar alemán; Adolphe Pierre Messimy, ministro de guerra francés; el Barón Henri de Rothschild, que le dio varias pulseras de rubíes y diamantes.
Estaba actuando en Berlín cuando estalló la Primera Guerra Mundial en 1914. Por esos días era la amante del jefe de policía de la ciudad, y un poco más tarde de Kraemer, cónsul alemán en Ámsterdam y jefe del espionaje de su país.
Kraemer la utilizó para sonsacar información a los militares franceses a cambio de sumas considerables. Mata Hari aceptó y se convirtió así en la agente H-21.
Pero su ambición iba más allá y en cambio decidió convertirse en agente doble, algo peligroso para alguien que no era buena espía. Unos meses después apareció en el Hotel Victoria de Ámsterdam. En marzo de 1915 viajó a Francia, y poco después a Madrid.
Un capitán inglés llamado Fernand Tuohy dice que bailó durante varios meses en un music-hall de esa capital, al mismo tiempo que se ponía en contacto con agentes abiertamente partidarios de Alemania. Es entonces cuando sus actividades comenzaron a despertar las sospechas para los servicios de inteligencia aliados.
En la primavera de 1916 volvió a Francia, donde se alojó en el Gran Hotel de París, y -según los informes de los agentes franceses que seguían sus movimientos- se dedicaba a relacionarse con oficiales de las naciones aliadas que se encontraban de paso allí.
Es en esa época cuando Mata Hari conoció al que sería el amor de su vida: Vadim Masloff, un soldado ruso que estaba de permiso en París. Durante varios días y varias noches no se separaran uno del otro.
El siguiente episodio es el más difuso de todos porque hay dos versiones contradictorias, una la de la propia Margaretha y otra la de sus acusadores.
Según Mata Hari, ella fue a visitar al “capitán Ledoux” para solicitar que le extendiera un salvoconducto hacia un hospital militar en el que se encontraba su amado Masloff, al que acababan de herir en un ojo. Mata Hari dice que en el transcurso de esta entrevista Ledoux le ofreció prestar servicios como espía a favor de Francia, y que ella aceptó.
En cambio, según la versión de Ledoux, fue Mata Hari quien fue a ofrecerle sus servicios como espía, y que él rápidamente desconfió pues sabía que era sospechosa de trabajar a favor de los alemanes, por lo que decidió dejarla actuar pero manteniéndola vigilada.
El caso es que Mata Hari se embarcó hacia Países Bajos (aunque haciendo el viaje a través de España, Portugal e Inglaterra), donde debería entrar en contacto con un agente francés que le daría instrucciones. Sin embargo, en el transcurso del viaje fue interceptada por los ingleses, que también la consideraban sospechosa, y tras interrogarla le dijeron que no podía ir a Holanda y que debía regresar a España.
Según la versión de Mata Hari en el juicio, como en Madrid estaba desocupada, decidió trabajar por su cuenta para así demostrar su utilidad a los franceses que tanto desconfiaban de ella. Por eso entró en contacto con el agregado militar alemán Von Kalle. Tras conseguir información sobre un desembarco de tropas alemanas en Marruecos, pasó esa información a Ledoux en París. Sin embargo los franceses no confiaron en ella.
Finalmente se produjo el desenlace de la historia cuando los franceses interceptaron un mensaje cifrado de los alemanes que confirmaba sus sospechas, ya que el mensaje se refería a uno de los agentes alemanes llamado H21 y cuyos movimientos eran exactamente los que había hecho Mata Hari en los últimos tiempos.
De esta manera, cuando la protagonista llegó a París en enero de 1917, ya tenía sobre si a todo el servicio francés de contraespionaje. Tras su arresto fue recluida en la prisión de San Lázaro en las afueras de la capital. Más tarde fue sometida a juicio acusada de espionaje, de ser una agente doble para Alemania y Francia, y de haber causado con ello de forma indirecta la muerte de miles de soldados.
Al final se le encontró culpable, aunque sin pruebas concluyentes. Durante el juicio en el que salieron a relucir sus múltiples aventuras con militares de ambos bandos se le atribuye la frase: “¿Una ramera? ¡Sí! Pero una traidora ¡jamás!”.
Mata Hari esperó el indulto hasta el último momento por parte del presidente francés, pero nunca llegó. Fue ejecutada por un pelotón de fusilamiento en la mañana del 15 de octubre de 1917, a sus 41 años, en el castillo de Vincennes.
Apareció vestida con sencillez y rehusó venda y atadura. Antes de morir se despidió de los soldados del pelotón agitando la mano. Otras versiones menos fiables cuentan que sólo vestía un abrigo de piel, del cual se despojó para persuadir a sus ejecutores.
Sí son probados los hechos de que no permitió que le vendaran los ojos y que lanzó un beso de despedida a sus tiradores. También que de los doce soldados que constituyeron el pelotón de fusilamiento, sólo acertaron cuatro disparos, uno de ellos en el corazón.
Tras su muerte, ningún familiar reclamó su cadáver. Su cuerpo se empleó para el aprendizaje de anatomía de los estudiantes de medicina, como era precepto para los considerados criminales y ajusticiados en aquella época.
Su cabeza embalsamada, que tenía el pelo teñido de rojo, permaneció en el Museo de Criminales de Francia hasta que en 1958 fue robada y nunca más apareció.
