
El Acuerdo de Esquipulas II, firmado el 7 de agosto de 1987 por cinco presidentes centroamericanos en Guatemala, sentó las bases políticas para poner fin a las guerras civiles de la región al imponer una ruta de negociación, amnistías, cese de hostilidades y apertura democrática que años después desembocó, entre otros resultados, en la paz salvadoreña de 1992.
Aunque no detuvo de inmediato los combates, el pacto rompió el aislamiento diplomático y obligó a las partes a sentarse a negociar. Su efecto más duradero fue crear las condiciones para la desmovilización de guerrillas y la transición democrática en el istmo.
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El documento llevó por título oficial “Procedimiento para establecer la paz firme y duradera en Centroamérica”. Los mandatarios que lo suscribieron en la ciudad de Esquipulas fueron Óscar Arias Sánchez, de Costa Rica; Vinicio Cerezo Arévalo, de Guatemala; José Napoleón Duarte, de El Salvador; Daniel Ortega Saavedra, de Nicaragua; y José Azcona del Hoyo, de Honduras.
El plan abordó los conflictos regionales con compromisos concretos. Exigió amnistía política para favorecer la reconciliación nacional, instó al cese al fuego en países con guerras internas como El Salvador, Nicaragua y Guatemala, y promovió procesos electorales libres, pluralistas y verificables.

También obligó a los gobiernos a impedir que sus territorios fueran usados para agredir a otros Estados y a suspender la ayuda militar a fuerzas irregulares. A eso sumó medidas de asistencia y protección para desplazados y refugiados por la guerra.
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Para supervisar el cumplimiento, el acuerdo contempló una Comisión Nacional de Reconciliación en cada país y una Comisión Internacional de Verificación y Seguimiento. Esta última quedó integrada por representantes de la ONU, la OEA y cancilleres.
El impulso principal del acuerdo se atribuye al entonces presidente costarricense Óscar Arias Sánchez, quien recibió el Premio Nobel de la Paz ese mismo año. El anuncio del galardón llegó en octubre de 1987, apenas dos meses después de la firma del tratado, y el Comité Nobel noruego lo reconoció como el arquitecto principal del plan.
La nominación inicial de Arias había sido presentada por cuatro ciudadanos suecos que siguieron de cerca sus gestiones de mediación. El dirigente costarricense supo de la distinción mientras estaba en la playa con su familia.
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El premio tuvo un efecto político inmediato. En un momento en que el gobierno de Estados Unidos, bajo la administración de Ronald Reagan, presionaba por una salida militar en la región, el Nobel funcionó como un escudo para blindar el plan de paz frente a las interferencias de la Guerra Fría.

Arias destinó la totalidad del dinero del premio a crear la Fundación Arias para la Paz y el Progreso Humano. La organización sigue dedicada a la promoción de la igualdad de género, la desmilitarización y el control de armas en Centroamérica.
El reconocimiento también abrió una controversia regional. Vinicio Cerezo sostuvo después que el premio debió compartirse entre los cinco mandatarios, con el argumento de que todos habían asumido altos costos políticos internos para sostener el acuerdo.
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En El Salvador, el pacto abrió el camino que años más tarde llevaría a los Acuerdos de Paz de Chapultepec. José Napoleón Duarte creó la Comisión Nacional de Reconciliación para abrir canales de diálogo con el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional.
La prohibición de usar territorios vecinos para agredir a otros Estados debilitó el soporte logístico que recibían tanto el gobierno salvadoreño como la guerrilla. Ese cambio ayudó a sembrar las condiciones que permitieron la firma de la paz en 1992, después de 12 años de guerra civil.