La milenaria ciudad de Carmona, en la provincia de Sevilla, es un auténtico tesoro arqueológico con más de cinco mil años de historia. Considerada una de las poblaciones más antiguas de España, este enclave estratégico de la campiña andaluza ha sido testigo del paso de numerosas civilizaciones a lo largo de los siglos, desde el Neolítico hasta la dominación árabe. Conocida en la época romana bajo el nombre de Carmo, la ciudad se alza majestuosamente sobre el alcor, dominando los fértiles campos de la Vega y controlando históricamente las principales rutas de comunicación del Valle del Guadalquivir, consolidando un legado que asombra al mundo por su inigualable riqueza monumental y cultural.
Durante el apogeo del Imperio Romano, Carmo se convirtió en uno de los núcleos urbanos más significativos de la provincia Bética, obteniendo el rango de municipio y el privilegio exclusivo de acuñar su propia moneda. Por este relevante foro, situado en lo que hoy es la Plaza de San Fernando en pleno casco histórico, pasaba la célebre Vía Augusta, la calzada romana más importante de Hispania que conectaba Cádiz con los Pirineos. El trazado de esta gran ruta comercial y militar todavía se intuye en la actualidad a través del Cardo Máximo de la ciudad, uniendo simbólicamente la emblemática Puerta de Sevilla con la monumental Puerta de Córdoba. Ambos accesos daban testimonio del poder de un municipio clave de la Bética.
Fue precisamente en esta histórica urbe andaluza donde se produjo un hallazgo arqueológico sin precedentes en 2019. Durante la reforma de una vivienda particular en el centro del municipio, un equipo de arqueólogos locales descubrió una tumba romana subterránea que había permanecido intacta y sellada más de dos mil años. Este mausoleo circular de carácter familiar, construido junto al antiguo camino que unía Carmo con Hispalis, albergaba los restos de cuatro personas de alto nivel adquisitivo y se salvó milagrosamente de saqueos y filtraciones gracias a su impecable estado de conservación hermética. El descubrimiento abrió una ventana al pasado más íntimo de la hispania romana.
En el interior de esta cámara funeraria se halló una vasija de vidrio que contenía un líquido de color rojizo, el cual resultó ser vino blanco. Las rigurosas dataciones científicas confirmaron que la bebida data de mediados a finales del siglo I d.C., lo que la convierte de forma oficial en el vino en estado líquido más antiguo descubierto en el mundo. Este trascendental descubrimiento arrebata el récord histórico a la famosa botella de Speyer, desenterrada en Alemania en 1867 y fechada en el siglo IV, consolidando a la arqueología española en la cúspide de la investigación histórica sobre las costumbres alimenticias de la antigüedad clásica.
La excepcional conservación de este vino blanco a lo largo de dos milenios se debió a las extraordinarias condiciones ambientales de hermeticidad de la tumba, la cual impidió la evaporación del líquido orgánico. Aunque en su origen fue un caldo blanco, el transcurso de los siglos y los procesos de oxidación natural de la uva transformaron su aspecto original en el tono rojizo que presentaba al ser descubierto por los arqueólogos. El análisis geológico descartó que la presencia del líquido en la vasija se debiera a fenómenos de inundación, condensación o filtración de agua dentro de la cámara funeraria, confirmando de manera rotunda que se trata del producto vinícola original depositado durante las exequias romanas.
Para verificar científicamente la naturaleza del líquido, los expertos del Departamento de Química Orgánica de la Universidad de Córdoba realizaron varias pruebas analíticas en el Servicio Central de Apoyo a la Investigación. La confirmación definitiva llegó gracias a la detección de polifenoles, unos biomarcadores característicos presentes en toda uva y ausentes en otras sustancias, logrando identificar siete compuestos específicos. Al contrastar estas sales minerales con producciones actuales, los científicos determinaron que el vino romano guarda una profunda afinidad química con los vinos blancos modernos de la región, sobre todo con los de Montilla-Moriles. Así se pudo esclarecer la tipología y el origen bético de esta joya arqueológica.
El descubrimiento de este vino tiene un profundo significado en el contexto de los rituales funerarios de la sociedad romana, donde la bebida era considerada un alimento sagrado para el viaje al más allá. En la urna fundacional de vidrio, los restos óseos de un hombre de la familia yacían completamente sumergidos en el caldo, acompañados por un anillo de oro y elementos del lecho de incineración. Esta inmersión deliberada refleja la estrecha vinculación espiritual entre el vino, las deidades de la época y el tránsito hacia la otra vida, sirviendo como una ofrenda de incalculable valor que debía acompañar eternamente al difunto en su sepultura. Era un tributo imprescindible para cruzar el umbral del inframundo clásico.
En contraste, la urna que contenía las cenizas de una mujer en la misma tumba no contenía ni una sola gota de vino, reflejando las costumbres de la antigua Roma, donde las mujeres tenían prohibido consumir esta bebida. Sin embargo, el lecho femenino fue decorado con un frasco de perfume de pachulí tallado en cristal de roca con tapón de dolomita y sellado con betún. También se hallaron tres joyas de ámbar y restos de tejidos de seda. Este hallazgo revela las claras divisiones de género de la época y convierte a la histórica Carmona en un referente absoluto para entender las prácticas religiosas, domésticas y cotidianas de la civilización romana en Andalucía. Un fascinante y revelador viaje en el tiempo que sigue asombrando al mundo.
Hasta una “Giraldilla”
Al margen del hallazgo, la histórica Carmona, erigida majestuosamente en la campiña sevillana, destaca como uno de los enclaves de mayor abolengo de toda Andalucía. Su patrimonio fortificado impresiona por la magnífica fusión de estilos constructivos de las sucesivas civilizaciones que lo moldearon. El Alcázar de la Puerta de Sevilla constituye un baluarte inexpugnable con reminiscencias cartaginesas, romanas y almohades que cautiva al visitante. En el punto más elevado de la ciudad se alza el Alcázar del rey Don Pedro, hoy un exclusivo parador que ofrece incomparables vistas. Asimismo, la silueta urbana se define por elegantes torres como la de la iglesia de San Pedro, conocida popularmente como “La Giraldilla” debido a su estrecha semejanza formal con el emblemático campanario de Sevilla, evidenciando la riqueza del barroco y el mudéjar en su arquitectura local.
Fuera de las murallas pero en pleno casco urbano, la majestuosa Prioral de Santa María de la Asunción perpetúa su carácter sagrado al alzarse sobre una antigua mezquita mayor, conservando en su patio de los naranjos un valioso calendario visigodo del siglo VI. Entre mosaicos de la Medusa en el ayuntamiento y el encanto de su Plaza de Abastos, Carmona fusiona un pasado inmortal con el presente, siendo cuna de leyendas y poseedora de un legado como pocas ciudades.