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Hace unos años Tusquets publicó el interesante libro de Douglas Smith El ocaso de la aristocracia rusa, donde analizó qué había ocurrido, a partir de la Revolución Bolchevique, con los integrantes de dos grandes familias nobles, los Sheremétev y los Golítzin. Pasaron del esplendor y el lujo al terror, los asesinatos, las privaciones y el exilio. Por grandes que hubieran sido los errores de su clase social, los destinos personales recogidos por el eslavista americano estremecían, y daban mucho que pensar sobre los reveses de la fortuna.
La Rusia de inicios del siglo XX era una sociedad con desigualdades sociales mucho más fuertes que la España de los años 30. Pero el recuerdo de los hechos de 1917 gravitaba sobre lo que sucedió a las élites sociales españolas en 1936-1939, según recoge el profesor Alejandro Espejo en El holocausto de la aristocracia. Violencia y persecución contra la nobleza en la Guerra Civil, que publica La esfera de los libros.
De acuerdo con sus datos, de las cerca de 1900 personas con títulos nobiliarios (que habían sido abolidos por la República), 158 murieron asesinadas, o ejecutadas en juicios sin garantías, en territorios bajo control republicano, junto a 139 parientes directos; se les acusaba de “desafección al régimen” o conservadurismo. Muchas otras afrontaron muy malos ratos.
En palabras del marqués de Amurrio, “pasamos de ser seres normales a convertirnos en una especie de conejos perseguidos por todas partes sin piedad”.
⁄ Marqués de Amurrio: “Pasamos de ser seres normales a convertirnos en una especie de conejos perseguidos por todas partes”
A decir verdad, normales del todo no eran. La aristocracia española en términos generales había vivido muy bien, en buena parte debido a las rentas de sus tierras. En Madrid abundaban los palacios donde nobles bien atendidos por un amplio servicio doméstico llevaban una vida social intensa, que ha ilustrado espléndidamente Marisol Donis en Anfitrionas. Crónicas y cronistas de salones 1900-1930 (Editorial Turner). Ese mundo de festejos, recepciones, grandes bodas y tómbolas benéficas en el Madrid de Alfonso XIII, con una corte muy estructurada y de regusto proustiano, tan presente en las nostalgias de autores como Agustín de Foxá, aún sobrevivió con obvias dificultades en la República pero desapareció con la Guerra Civil.

¿Qué sucedió entonces? Pues que al igual de lo que había acontecido con la Iglesia Católica, que registró cerca de 7000 religiosos asesinados en el periodo 1936-1939, aunque en menor medida porque el colectivo era también menor, la aristocracia se vio identificada como un pilar del viejo orden. En ella por supuesto figuraban personajes muy dispares, algunos comprometidos con la reforma del país, como el duque de Alba o el conde de Romanones, otros con la vida frívola. No pocos se habían opuesto o conspirado contra el nuevo régimen de 1931. El estamento en su conjunto había generado resquemores.
Y los elementos más exacerbados de la izquierda radical -en buena medida, pero no totalmente, descontrolados- la consideraron un segmento social a extinguir al estallar la guerra, tal como había acaecido en la revolución rusa. Y a ellos se sumaron delincuentes comunes, dispuestos a la rapiña.
Madrid fue el epicentro de este episodio de violencia, con cerca del 70 por ciento de víctimas, seguida por Valencia y el País Vasco (en Catalunya murieron el marqués de Balanzó, el marqués del Valle de Ribas o el conde de Vilanova). Espejo hace hincapié en las matanzas de Paracuellos, cerca de Madrid. También reseña otro apartado, el de quienes cayeron en el frente combatiendo con las tropas de Franco, como el marqués de Monesterio, interesante personaje, viajero y experto en Oriente Medio, abatido en la batalla de Sabiñanigo.
La duquesa de la Victoria, íntima amiga de la Reina Victoria Eugenia e impulsora de la Cruz Roja, fue encerrada en la prisión de mujeres madrileña. Allí se convirtió en una líder de las reclusas, que cuando se la quisieron llevar para un paseo se amotinaron salvándole la vida. Pero su marido y su hermano sí fueron asesinados en sus respectivas cárceles. Al acabar la guerra la monarquía no fue restablecida, y los esplendores cortesanos ya no iban a volver.

Redactor Jefe del suplemento Cultura/s. Premio Nadal de Novela 2013. Premio Nacional de Periodismo Cultural 2020.