Rincón de Petul
El tapón fronterizo coincide con la posibilidad de una nueva presión extraordinaria por emigrar.


Durante décadas, en el campo de Guatemala, millones de familias tuvieron una salida para cuando el suelo se secaba. Hoy, esa válvula está cerrada.
En el país, los riesgos de desastres naturales confluyen con una alta vulnerabilidd cuando suceden. Eso nos hace más expuestos a sequías, terremotos, inundaciones y huracanes. Aquí, en el 76, un sismo de 7.5 grados llevó a la tumba a decenas de millares. En Chile, en 2010, otro aún más fuerte dejó quinientos muertos. Las condiciones de la población, los códigos preventivos y la capacidad social de anticiparse juegan un papel determinante. El Banco Mundial describe a Guatemala como altamente vulnerable a los desastres naturales y desafíos ambientales. No es difícil entender, entonces, por qué Eta e Iota, Stan, Mitch y otros menos mediáticos alimentaron el irse al norte, como recurso de literal sobrevivencia.
Esa fórmula terminó transformando al país. El Mitch del 98, uno de los primeros grandes eventos que coincidieron con la aceleración de la emigración internacional, ilumina el panorama. Desde aquel entonces, nuestra población en EE. UU., que se estimaba en menos del millón, creció —se cree— a más de 4 millones. Las remesas acompañaron dramáticamente esa historia. El año del Mitch, Banguat registró US$456 millones en ese rubro. En 2025, más de US$25 mil millones. Unas 56 veces más. Eso cambió mucho en el país. Entre esos cambios, la eliminación de la dependencia de la cosecha propia en muchos hogares. Así, la migración hacia EE. UU. con sus remesas se explica como un amortiguador de las crisis guatemaltecas.
Pero bien sabido es que esa válvula de sobrevivencia a las crisis rurales se cerró. Los Trump, los Miller, los Homan y sus tendencias políticas provocan un cierre para los que buscan llegar y la expulsión para quienes ya están allá. Encima, ahora llegan al ICE y a CBP los amplios fondos de la One Big Beautiful Bill. Eso se traduce en aún menos migrantes nuevos y la detención de aún más que viven y trabajan allá. Y con ello, consecuentemente, la vulnerabilidad de quienes históricamente usaron este recurso, sin que quizás haya una alternativa de sobrevivencia para el próximo evento.
El silencio de los últimos dos años en la ruta migratoria guatemalteca puede resultar siendo engañoso. Suele atribuirse casi exclusivamente a esas estrategias que vienen en inglés, cuando puede que haya contribuido también la falta de grandes eventos provocadores de expulsión. No somos una nación modelo, pero podemos decir que en los últimos años la conflictividad política gubernamental se ha calmado; grandes sectores campesinos —en particular por las remesas— han gozado de mayores ingresos; y no fuimos objeto de mayores eventos climáticos. El nuevo tapón fronterizo coincidió con una menor presión extraordinaria por emigrar. Pero eso, parece, está próximo a cambiar de manera significativa.
Solo en los dos últimos días, la sequía ha sido la portada de Prensa Libre, que no va sola. El llamado Super Niño tiene al mundo expectante. The Daily del NYT, fue explícito: “El Niño ha vuelto, y peor que nunca”. En el pódcast TanGente escuchamos que las consecuencias pueden ser “aterradoras”. Conred confirmó esta semana que la escasez de lluvia afecta a 236 mil familias, con pérdida de cultivos en un 40% de los municipios del país. Cultivos; es decir, comida. Comida, necesaria para vivir donde a la gente se le cerró la válvula de sobrevivencia pasada. No sé qué pasará, ni esta columna pretende pronosticar desastres humanitarios. Pero la pregunta, esta vez, ya está sobre la mesa. Parece haberse formado en las aguas calientes del Pacífico ecuatorial.
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