
Reinhold Messner arrastraba los pies. Respiraba con dificultad, pero seguía avanzando. Era el 8 de mayo de 1978 y, junto al austríaco Peter Habeler, alcanzó la cima del Everest sin oxígeno suplementario. A 8.848 metros, los dos acababan de hacer algo que muchos consideraban imposible: llegar al techo del mundo respirando por ellos mismos, sin aire artificial.
Dos años después, Messner repitió la hazaña, pero completamente solo, realizó el ascenso por la vertiente norte y en plena temporada de tormentas y lluvias. El 20 de agosto de 1980 alcanzó nuevamente la cumbre y llevó todavía más lejos los límites del alpinismo. Su nombre ya estaba asociado a la práctica extrema de entender la montaña: subir con lo mínimo y depender solo de las propias fuerzas.
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Ocho años antes, sufrió una avalancha que se llevó a su hermano Günther durante el descenso. Messner sobrevivió luego de estar prácticamente congelado y bajó solo de la montaña. Así comenzaba a escribir su camino y terminó convirtiéndose en el primer ser humano en conquistar los catorce ochomiles, todos sin oxígeno suplementario. Nació el 17 de septiembre de 1944 en Bresanona, Italia.

Messner nació y creció en Villnöss, un valle rodeado por las montañas de los Dolomitas. Su padre, Josef, era maestro y también un apasionado de la montaña. Fue él quien le heredó el amor por las alturas cuando lo llevó junto a sus hermanos a escalar desde que eran muy chicos. Con apenas cinco años, Reinhold (junto a su padre) logró su primer ascenso de 3.000 metros. Las montañas dejaron de ser un paisaje lejano y se convirtieron en parte de su vida cotidiana.
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Durante la adolescencia, Reinhold comenzó a escalar con Günther. Los dos hermanos formaron una dupla inseparable y desarrollaron una particular manera de moverse por la roca y el hielo. No buscaban solamente llegar a una cumbre: querían descubrir hasta dónde podían avanzar con sus propios recursos. Reinhold comenzó a apartarse de las grandes expediciones tradicionales, las que dependían de numerosos porteadores —los hombres que cargaban las mochilas de los escaladores—, grandes cantidades de material y una compleja infraestructura. Prefería grupos pequeños, poco peso y subidas en las que cada decisión dependiera de quienes estaban sobre la montaña.
Esa filosofía empezó a definirlo, incluso, antes de enfrentarse a las grandes alturas del Himalaya. Durante sus primeros años como alpinista realizó cientos de ascensiones en los Alpes, especialmente en los Dolomitas, y se convirtió en uno de los escaladores más destacados de su generación. Entre las rocas desarrolló una idea que más tarde llevó hasta las cumbres de 8.000 metros: cuanto menos dependiera de elementos externos, más directa y pura sería su experiencia con la montaña.
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En 1969 dio el salto fuera de los Alpes y participó en una expedición a los Andes peruanos, donde logró coronar el Yerupajá Grande y el Jirishanca Chico, consolidando su reputación internacional. Un año después fue por otro desafío completamente diferente: el Nanga Parbat, en Pakistán. Sus 8.125 metros lo convertían en una de las montañas más temidas del planeta.
Reinhold tenía 25 años y allí fue con su hermano Günther. Los dos hermanos estaban a punto de entrar en una montaña que cambiaría para siempre sus vidas.

La expedición llegó al Nanga Parbat en junio de 1970. El objetivo era la vertiente Rupal, una pared gigantesca de unos 4.500 metros de desnivel que se levantaba sobre Pakistán. Messner y Günther avanzaron hacia la cumbre por aquella cara hasta alcanzar los 8.125 metros el 27 de junio. Habían conseguido la primera ascensión de la vertiente Rupal.
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La conquista, sin embargo, dejó a los hermanos frente a un problema todavía mayor: regresar. Günther estaba agotado y el descenso por la misma pared resultaba extremadamente peligroso. Los dos terminaron cruzando hacia la vertiente Diamir, una zona que no conocían, de terreno caótico dominado por colosales bloques de hielo inestables. Allí comenzó la tragedia.
Los hermanos iniciaron juntos el descenso por la vertiente Diamir, pero Günther, debilitado por la altura y el esfuerzo, comenzó a quedarse atrás. Reinhold avanzó y luego regresó para buscarlo, pero Günther ya no estaba. Según el relato de Messner, hubo una avalancha por el lugar donde había visto por última vez a su hermano. Lo buscó durante un tiempo, pero el frío, el agotamiento y sus propias lesiones lo obligaron a descender. Consiguió llegar solo al valle, prácticamente congelado y perdió varios dedos de los pies. Acababa de sobrevivir a la montaña en la que había muerto su hermano.
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Lo peor siguió cuando dentro de la propia expedición surgieron dudas sobre lo ocurrido al bajar de la cumbre: algunos cuestionaron el relato de Reinhold y durante años circuló la versión de que había abandonado a Günther durante el descenso. Messner sostuvo siempre que su hermano había muerto en la vertiente Diamir, alcanzado por una avalancha.
La discusión siguió por décadas, hasta que en 2005 aparecieron restos humanos en la vertiente Diamir. Los análisis de ADN confirmaron que uno de ellos era Günther Messner. Pero Messner ya había regresado al Nanga Parbat mucho antes de que aparecieran esos restos. En 1978, ascendió solo por la vertiente Diamir, la de la tragedia, y completó una nueva hazaña: la primera ascensión en solitario de un ochomil por esa cara.
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Para entonces, su relación con las grandes alturas ya había cambiado. El Nanga Parbat no había conseguido detenerlo, por el contrario, lo empujó hacia un desafío todavía mayor: demostrar que las cumbres más altas del planeta podían alcanzarse sin oxígeno suplementario y con una autonomía que hasta entonces parecía reservada a unos pocos casos excepcionales.

La tragedia del Nanga Parbat no apartó a Messner de las grandes montañas. En 1972 alcanzó el Manaslu, de 8.163 metros, y en 1975 escaló el Gasherbrum I, de 8.068 metros, junto a Peter Habeler. Lo hicieron en estilo alpino, es decir llevando toda la carga en la mochila de una sola vez, desde la base hasta la cumbre, sin ayuda externa, y sin tubos de oxígeno. De esa manera, el ya famoso escalador consolidaba una manera de entender el alpinismo basada en la autonomía, el poco equipamiento y una relación directa con la montaña.
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En 1978 llegó el Everest. Messner y Habeler se propusieron alcanzar los 8.848 metros sin utilizar oxígeno suplementario, algo que se consideraba incompatible con la supervivencia humana a semejante altura. Pero, contra todos los pronósticos, el 8 de mayo hicieron cumbre.
Fueron los primeros seres humanos en hacerlo sin oxígeno artificial y demostraron que el techo del mundo podía alcanzarse prescindiendo de uno de los recursos más utilizados en las grandes expediciones.

Messner volvió al Everest en 1980 para llevar aquel límite todavía más lejos. Esta vez ascendió completamente solo, desde el Tíbet, y durante una tormenta de nueve y viento. El 20 de agosto alcanzó nuevamente la cumbre. Exhausto, se dejó caer sobre la nieve para recuperar fuerzas e iniciar el descenso. Había dejado su carpa, la mochila y las provisiones en el último campamento. Eran él y su alma. Ese descenso lo logró siguiendo sus propias huellas.
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En la base, se consagró una vez más: ahora había conseguido completar el primer ascenso en solitario del Everest, claro que sin oxígeno suplementario. La hazaña llevó al extremo la filosofía que Messner había desarrollado desde sus primeros años: grupos pequeños, poco equipamiento y máxima autonomía. No buscaba conquistar la montaña con una gran infraestructura, sino reducir al mínimo todo aquello que se interpusiera entre el alpinista y la montaña.
Después del Everest en solitario, su objetivo tuvo una dimensión todavía mayor. Comenzó a perseguir las catorce cumbres de más de 8.000 metros del planeta. En 1979 había escalado el K2, conocida como “La Montaña Salvaje”; y en 1981 llegó al Shishapangma. En 1982 logró tres “ochomiles” en una misma temporada: Kangchenjunga, Gasherbrum II y Broad Peak, en Asia. La lista crecía y Messner se acercaba a una marca que nadie había conseguido antes.

En los años siguientes llegaron el Cho Oyu, el Dhaulagiri y el Annapurna, en la cordillera del Himalaya, dentro del territorio de Nepal. Para 1986 solo quedaban dos cumbres: el Makalu y el Lhotse, en la frontera entre Nepal y China. Ese año Messner alcanzó primero los 8.485 metros del Makalu y después fue por la última montaña de la lista. El 16 de octubre llegó a la cima del Lhotse, de 8.516 metros. Habían pasado dieciséis años desde aquel primer ochomil en el Nanga Parbat. Así, se convirtió en el primer ser humano en conquistar las catorce montañas de más de 8.000 metros del planeta, todas sin oxígeno suplementario.
La hazaña cerró una etapa extraordinaria, pero no su relación con la aventura. Entre 1989 y 1990, Messner y Arved Fuchs cruzaron la Antártida a pie, pasando por el Polo Sur y recorriendo unos 2.800 kilómetros. Después realizó nuevas travesías por Groenlandia, el desierto de Taklamakán, el Gobi y distintas regiones de Asia. La exploración continuó, aunque las cumbres más altas dejaron de ser el centro de sus desafíos.

También encontró otra manera de permanecer ligado a las montañas: contar su historia. Escribió más de cincuenta libros y participó en películas y documentales sobre sus expediciones, la aventura y la cultura de montaña. Además, creó el Museo de Montaña Messner, seis museos en el Tirol del Sur, en Italia, dedicados a las montañas, sus habitantes y la historia del alpinismo.
Entre 1999 y 2004 fue miembro del Parlamento Europeo por los Verdes italianos y, posteriormente, continuó desarrollando proyectos vinculados con las comunidades de montaña y la conservación de la naturaleza. Junto a Diane Messner creó la Reinhold Messner Stiftung, destinada a apoyar a poblaciones de regiones montañosas del Himalaya, el Karakórum, el Hindu Kush, los Andes y el Cáucaso. Con los años, su mirada se concentró cada vez más en preservar la naturaleza frente a su creciente comercialización.
Su nombre quedó unido para siempre a los catorce ochomiles, al Everest (sin oxígeno y en solitario) y a una manera de entender la aventura que transformó el alpinismo. A los 82 años, sigue siendo una leyenda viva.