El diálogo pasó a ser materia de escarnio, afrenta y repudio. Salvo que sea tramposo. Una senadora del PPD que participó en las negociaciones con el ministro de Hacienda se defendió de sus compañeros acusándolos de no darse cuenta de que ella quería modificar el proyecto para evitar que el gobierno lograra sus propósitos. No se daban cuenta de su astucia manipulatoria, del capirucho legislativo. Con eso le había “doblado el brazo al ministro”, nada menos, y sus compañeros no se daban cuenta. ¿O acaso pensaban que iba a dialogar de buena fe?

La senadora tenía otros argumentos un poco mejores, hay que decirlo. Por ejemplo, que la oposición correría el riesgo de perderlo todo si apostaba sólo al Tribunal Constitucional, esa institución tantas veces acusada de ser un fortín de la derecha, convertida ahora en una trinchera de la izquierda, todo esto en el lenguaje jíbaro que se usa hoy en la política. Incluso defendió la senadora la idea misma del diálogo, con cierta timidez, también hay que decirlo.

El que denosta el diálogo y la negociación es el que cree que no le conviene. Hasta hace poco fue la oposición de derecha, endurecida por el Partido Republicano. Ahora es la oposición de izquierda, como un espíritu, porque ningún partido se ha hecho cargo de conducir a los varios miembros del exoficialismo. Es la minoría y está viviendo la penuria de ser tal: querellas intestinas con oscuros fondos familiares, acusaciones cruzadas y ponzoñosas, cuentas pendientes, deudas impagas. Es un estado tumultuoso en el que a veces hasta se pierde de vista la discusión central. Que es el Estado. Desde allí se distribuyen las cartas y los matices.

En las pasadas elecciones se expresó un cierto hastío con un Estado dadivoso, gordo e ineficiente, el modelo perfecto para que el nuevo gobierno lanzara una inmensa iniciativa para reducirlo en recursos, facultades y cargos. Estaba por hacer eso cuando estalló la guerra sobre Irán y al mismo ministro encargado de la reforma se le ocurrió sincerar de una sola vez el efecto sobre los precios del combustible. Su acto de coraje fue respondido con una masiva desafección por parte de los mismos que meses antes habían validado el ascenso de un gobierno antiestatista y que ahora le exigían que no, que no se pasara, que no fuera tan duro, que dejara que el Estado prestara ayuda con los precios.

¿Y entonces? ¿Qué ocurre? ¿Qué es mejor, ser de gobierno o estar en la oposición?

Hay dos realidades que el sistema político ha hecho convivir de manera malavenida. En las elecciones parlamentarias, que se realizan junto con la primera vuelta presidencial, se expresa el repertorio cultural del país. Sale de todo. Incluso, candidatos que, gracias a socios mayores, son “arrastrados” y elegidos sin mayor mérito personal, cosa que se olvida de inmediato. Al mismo tiempo, el repertorio cultural vota para presidente y da a dos personas unas mayorías que, sumadas, rondan la mitad de los electores.

En la segunda vuelta presidencial, esa mitad de votos que perdió pasa a decidir quién será el presidente. La diferencia tiende a ensancharse, pero sigue siendo inflación: escasez de oferta + obligatoriedad. Así se elige al presidente, y luego es muy difícil, si no imposible, persuadirlo de que su mayoría no es una masa que lo acompaña a rajatabla, como en las cruzadas, sino que en verdad está compuesta de dos partes: un votante convencido, que comparte sus ideas; y un votante más bien circunstancial, de mal menor, que hasta podría haber preferido no votar. Para aceptar eso de verdad se necesita una cabeza muy fuerte.

Quien domina el espectro -la suma de los que no votaron por los que pasaron a segunda vuelta- es un votante sin la ideología de un sector ni la fidelidad de un partido, que adelanta sus intereses personales y que no necesita al Estado hasta que lo necesita, y no tiene problema en dar ese giro, brusco o no. Este votante ha aumentado en los últimos años, acaso porque ha crecido el pavor ante el futuro.

Los 16 años de estancamiento en el crecimiento de la economía se traducen políticamente de esta manera: más desapego, más agudeza, más oportunismo, más ingenio, más volatilidad, más liquidez. No importa si los elegidos fueron de derecha o izquierda, lo que importa es que fueron elegidos por un pueblo dispuesto a cambiar de opinión a la próxima.

Es un poco ridículo que, en este panorama, los parlamentarios de la izquierda se trencen en una riña por demostrar quién es más duro, quién es más opositor y quién dialoga menos con el gobierno. Todo eso demuestra su ortodoxia, pero no su inteligencia. Esa izquierda, ya muy diferente de la izquierda de la transición, dice creer, cada vez con menos ambages, que su proyecto se realiza mejor con un Estado clientelista. O, como sentenció otra senadora, esta vez socialista, un Estado “que da beneficios a mis electores”.

El espejo parlamentario exige que la derecha imite los mismos gestos, y entonces se tiene a un partido, la UDI, que critica a otro, RN (doble socio en Chile Vamos y en el gobierno de Kast), porque su militante y presidenta del Senado dialoga con la izquierda, como si esa fuese una puerta al infierno. Toda esta vigilancia tendría sentido si los militantes fuesen muchos. Pero ni siquiera. ¿No estarán apuntando a votantes diferentes de los que efectivamente deciden las elecciones en el Chile de hoy?

NEWSLETTER

NewsletterOpiniónSábado, AMIdeas en tensión, miradas contrapuestas y un análisis claro: elementos para develar los temas que dividen opiniones y marcarán la agenda.

Al suscribirte estás aceptando los Términos y Condiciones y las Políticas de Privacidad de La Tercera.