16 de julio, 2026 - 06h00
Una breve incursión por un noticiero, un chat o las redes sociales, la lectura de un periódico, incluso algunos diálogos, dejan la impresión de que el país es un escenario de interminables enfrentamientos. En efecto, prosperan las afirmaciones terminantes, sin matiz ni resquicio, predominan las descalificaciones rotundas, los estilos que no admiten réplica, los escándalos que se repiten, los memes y las malas bromas, y las suposiciones maliciosas, cuando no el insulto.
Queda la impresión de que la democracia es conflicto y bofetada. Populismo.
Queda la impresión de que estamos socavando la convivencia y empeorando las cosas, y de que hemos elegido el estilo del ceño torvo y el puño cerrado, de que vivimos entre enemigos y que la desconfianza es la única posibilidad.
Queda la sensación de que la cultura es espacio para muy pocos, antigüedad que inspira a unos cuantos y palabra rara encerrada en las academias.
Parecería que la reflexión no es desafío intelectual, sino agudeza para descalificar, que la calma pasó de moda y el respeto es, apenas, un rezago, una palabra insustancial.
Estas apreciaciones están avaladas por la realidad.
Una breve apreciación de lo que ocurre confirma mi temor de que estamos perdiendo dos virtudes esenciales: la tolerancia y la inteligencia, ambas virtudes necesarias para incorporar a la vida pública la idea de que la democracia es una larga conversación que comienza en desacuerdos y que debería terminar en consensos, como dijo alguna vez Irene Vallejo, la escritora española, en un librito esencial, que se llama Manifiesto por la lectura.
El país debería ser parte esencial de esa conversación, y de cómo sus gentes lo ven y entienden. Cómo miran sus problemas y sugieren soluciones.
Eso implica lo que alguien dijo alguna vez: hay que “desarmar las conciencias”. Y digo yo: hay que apostar al sentido común y a la generosidad.
Semejantes sueños suponen algo difícil, pero no imposible: hablar con la calma que la enormidad de los temas impone, saber escuchar y concederle al otro la razón que podría tener, aprender a discrepar, bloquear la tendencia a la descalificación, enterrar, aunque fuese momentáneamente, las rivalidades, archivar las suspicacias y decir cada verdad con oportunidad e inteligencia. Sin gritar.
No hay otra forma de ser demócratas, de civilizar la política, de distinguir la firmeza del desplante, de asumir que, de la suerte del espacio en que vivimos, que llamamos país, depende el porvenir de todos, pese a que la violencia predominante y los radicalismos de todos los colores nos confundan y nos envenenen aún más.
El desaliento, con frecuencia justificado, la poca funcionalidad del Estado, el desfile de escándalos y la mala calidad de las instituciones nos han convencido de que hablar desde la buena fe y la serenidad es infructuoso.
Pese a todo, existe esa opción, siempre que el diálogo descarte a los corruptos y a los extremistas, y se admita que la República no es esto que vemos y sufrimos, que es posible imaginar algo distinto. Y por cierto algo mejor. (O)