Javier Milei volvió a repetir lo que lo hizo conocido en la televisión acerca de su ideología y de sus formas para expresarla.
Puede que hasta ahora se lo haya tratado como un mandatario liberal y republicano, pero no lo es ni lo quiere ser.
Milei es un anarcocapitalista confeso que, en su objetivo final para destruir el Estado, acepta una transición minarquista que le vaya sacando a la gente la “mochila estatal”. Alguien que, además, desdeña la democracia (“una dictadura de las mayorías”, la llama) y el relacionamiento respetuoso que de ella debería derivar.
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Dejó su aislamiento en Olivos para reiterar los insultos a empresarios, economistas y...
El jueves volvió a repetir sus fondos y sus formas ante empresarios en el Council of the Americas.
Les dijo en la cara que su gobierno no está para preocuparse por el cierre de sus empresas, de la misma forma que no piensa intermediar en la crisis que involucra a seis millones de argentinos que no pueden pagar sus deudas al sistema financiero.
Es el coherente mensaje del primer libertario en llegar al poder en un país: no esperen que el Estado meta sus narices en los asuntos privados, porque cualquier intervención traería consecuencias peores.
Incluso sugirió que en una pandemia como la del covid, lo mejor sería que el Estado se abstuviera de intervenir.
Es el paraíso anarquista al que Milei siempre aspiró.
La principal noticia. En la cita en el hotel Alvear, reiteró los hits de su patología hiperbólica. Repitió que encabeza el mejor gobierno de la historia, el que hizo el mayor ajuste de la historia de la humanidad, el de un crecimiento económico jamás visto y el que consiguió que la Argentina se encamine a ser el país más grande del mundo.
En su particular estilo para demostrar equilibrio emocional, confianza y previsibilidad, insultó a los “empresaurios”, a los economistas “imbéciles” y a los periodistas “operadores”.
Sorprendió al decir que entendía a aquellos que lo odiaban porque “hay algunas cosas por las que me odio a mí mismo” y volvió a criticar a dos de los empresarios más importantes, Paolo Rocca y Javier Madanes Quintanilla. Instó a continuar con “la batalla cultural por la gente que le guste laburar y no rascarse” y prometió que cuando sea reelecto terminará de abrir las fronteras para que ingresen más productos extranjeros para competir con los nacionales.
Anticipó que los empresarios que no lo entiendan “van a ir a la quiebra” porque “así como aparecen empresas desaparecen empresas”. Les recomendó que “si piensan hacer un commodity con una escalita de 48 millones de argentinos, frente a otros que producen pensando en 8 mil millones, no les va a ir bien”. Les pidió que no sean hipócritas, “¿qué es lo que quieren con sus competidores? ¡Hacerlos desaparecer!”. Y concluyó con un motivador “los hijos de putas prebendarios tienen que quebrar”.
Lo habitual en estos eventos es que los empresarios acompañen los dichos presidenciales con sonrisas, aplausos y alguna que otra ovación. Es lo que pasó hasta ahora en cada cita con Milei, incluso cuando se escuchaban barbaridades similares o peores. Pero esta vez, todas las crónicas reportaron aplausos aislados y tibios, en general iniciados por los funcionarios presentes.
Se podría decir que esa es la principal noticia que dejó el encuentro. El cambio de humor con que se recibieron los mismos insultos y argumentos ideológicos. No es una novedad menor.
¿Qué cambió? Lo que cambió es que pasaron 33 meses desde que Milei llegó al poder y la economía argentina sigue sin subir “como pedo de buzo” (frente a un crecimiento del 5% previsto en el Presupuesto 2026, las expectativas del Banco Central apenas proyectan la mitad). Y la inflación minorista (la que desde el principio Milei prometió que tendría un cero adelante) sigue en 2% mensual, acumulando a julio un aumento del doble de lo anunciado por el Gobierno para todo el año.
... periodistas. En cierto círculo aparece una preocupación tardía sobre qué le pasa.
Cambió que en la era Milei se perdieron 30 mil empresas (la diferencia entre las que abrieron y cerraron) y hay un récord de pedidos de quiebra que supera el del pico de la pandemia. Consiguientemente, la desocupación trepó un 37% desde que comenzó el Gobierno (pasó del 5,7% al 7,8%) y los salarios reales están por debajo de los devaluados salarios de noviembre de 2023. Solo en el último año, los sueldos privados perdieron 2,9% con respecto a la inflación y los sueldos públicos un 7,4%. Y el nivel de consumo, según la Cámara Argentina de Comercio, cayó un 3,5 frente al annus horribilis 2023.
Cambió que el boom de inversiones previsto no se estaría produciendo. El último informe de la Fundación Capital, de Martín Redrado, proyecta para este año un descenso de la inversión del 5,6%.
Pero cambiaron más cosas. No se trata solo de índices económicos por debajo de las expectativas que en ciertos sectores había despertado esta administración.
Preocupación tardía. El cambio de clima en la parte del círculo rojo que más lo había aplaudido también se relaciona con la permanente reiteración de sus violentos impulsos y otras oscuridades.
Antes se toleraban las agresiones bajo la consigna “Javier es así”, pero la acumulación a través de estos años empieza a agotar. En especial, porque los ataques son dirigidos hacia miembros prominentes del empresariado, a algunas de las cámaras que los agrupan y a reconocidos economistas y periodistas especializados que trabajan en ese entorno.
Esa creciente desconfianza dentro del círculo rojo guarda relación con el aumento de la imagen negativa del Presidente a nivel general que, en el promedio de las encuestas, ronda el 65%.
Lo mismo que refleja el tradicional Índice de Confianza de la Universidad Di Tella, muy observado por estos sectores, que el último mes marcó 1,94 puntos en una escala de 0 a 5. Una caída del 6,5% respecto al mes anterior y un 21% menos que un año atrás. El mayor descenso de la confianza se dio en hombres y en el rango etario de entre los 18 y los 29 años, que eran los que al principio más apoyaban al Gobierno.
A esa desconfianza creciente sobre su eficiencia de gestión y al malestar por sus recurrentes groserías se le sumó esta semana un nuevo hecho delictivo que vuelve a arrojar dudas sobre el tipo de personas vinculadas al entorno de los Milei.
La denuncia contra el exasesor presidencial Fernando Cerimedo por intento de asesinato revivió temas delicados: las coimas de Andis que salpican a la hermana menor, el trasfondo de los servicios de Inteligencia y las operaciones sucias del aparato oficialista en las redes sociales.
Como broche de oro, mientras la Justicia de Bolivia dictó la prisión de Cerimedo en base a las pruebas y los testimonios recogidos, el Presidente promocionó mensajes en X dando por cierto que el intento de asesinato contra la expareja del consultor era una simple “opereta”.
En las últimas semanas, en el círculo rojo se comenzó a hablar con preocupación sobre el aislamiento de un presidente que dejó de ir a la Casa Rosada y casi no recibe a nadie en Olivos, y sobre el protagonismo excluyente de su hermana en el control del poder.
El aislamiento de Milei y sus discursos explosivos en el Alvear y en la Bolsa de Rosario volvieron a poner en el tapete las declaraciones de la vicepresidenta Victoria Villarruel sobre la “preocupación por su estado y por las persecuciones imaginarias que replica”.
Quizá lo verdaderamente preocupante es que debió pasar demasiado tiempo para que los que siempre conocieron a Javier y a Karina Milei empezaran a preocuparse.